jueves, 18 de septiembre de 2008







Imprevisto e impredecible

Raúl Hernández Viveros

por Omar Piña

Así es Raúl Hernández Viveros, imprevisto como impredecible. Hace ya años que le conozco (¿siete, ocho?) y lo trato, que me soporta y lo atosigo, que me invita a cenar a su casa y en la sobremesa me enseña literatura... o al menos me habla de libros y cuando los vasos están casi por olvidar lo que contenían, exclama su clásico “Qué barbaridad” y su pulso vuelve a escanciar agua simple y un chorrín de güisqui. Siempre en vasos pequeños porque, dice, que así bebemos como si fuéramos apenas niños.

Viste con una sencillez apabullante. Pocas veces he percibido que huela a perfume, aunque una vez me dijo que el agua de Vétiver es su favorita. Y me aturde estar a su lado porque jamás ha presumido de su formación académica y cuando un despistado suele llamarle “doctor”, con su ironía siempre responde que sí, que la noche anterior soñó que la Divina Providencia se le aparecía para avisarle que al otro día iba a dejar de ser un “don nadie” para convertirse en profesor de toga y birrete, tan serio como los que salen en los periódicos (cuando él es uno de los pioneros que en Veracruz llevaron la divulgación literaria del aula a la prensa, y lo sigue haciendo, pero en un medio de “la competencia”). Y luego, para ese incauto que apenas lo trata, le da por inventar las historias más descabelladas, pero como nunca se ríe, todo se lo toman en serio.

Se llama Raúl Hernández Viveros y nació en Santa Rosa de Lima (o el “de Lima” me lo inventé yo) hace ya muchos años; hoy aquel sitio se conoce como Ciudad Camerino Z. Mendoza, o “Ciudad Mendoza”, para ser más breves. Dice que fue a la escuela superior de Letras y que de vez en cuando le daba por estudiar y en una de tantas llegó a las europas para seguir quemándose las pestañas... en Varsovia no siguió pero luego lo enviaron a Turín, donde si no aprendió literatura, al menos se trajo recetas envidiables de la pasta con la que recibe a sus amigos, dice él. Porque es un cocinero excelente que hace competir a su apetito literario con las fragancias últimas con que aromatiza sus guisos. Pero más hace sentir conocidos a los que sienta a su mesa.

Raúl Hernández Viveros, después de mí, es uno de los seres más impuntuales con los que he tratado. No le gustan las agendas y es más sencillo que recuerde la ficha bibliográfica de un libro editado en 1907 que un número telefónico que recién le han dado. Lo pierde todo. Durante la presentación de uno de sus libros, cuando él cerraba el acto literario dijo a la concurrencia:

Qué barbaridad, hasta me dio miedo todo lo que han dicho de mí. Por eso mejor les voy a leer un cuento que no aparece en este libro, porque cuando lo terminé de escribir, este texto se me perdió. Y hace rato, cuando iba a tirar una pila de periódicos viejos, ¿qué creen? Me encontré con este cuento, y por eso mejor se los voy a leer, ya que en el libro no aparece.

Leyó, aplaudimos y luego dijo:

Yo creo que el vino de honor hay que servirlo antes de la presentación, para que todos se pongan cuetes y salgan diciendo maravillas de este libro.

El escritor, editor y amigo entrañable, Raúl Hernández Viveros nos convida a la presentación de la continuidad de su proyecto, la revista literaria Cultura de VeracruZ, que con todo lo que se diga, ha sido el “alma mater” de la mayoría de los escritores veracruzanos, jóvenes, actuales. Yo tengo más de treinta, pero cuando su colección me publicó la primera vez, como escritor y no como periodista, yo le rasgaba apenas veintitrés años al calendario. A Raúl Hernández Viveros le debo cariño y apoyo, música, libros, ensoñaciones y también carcajadas. ®




Carta desde Almería

por Pedro M. Domene

Decía Jules Renard que a lo largo de nuestra vida nunca encontramos amigos, sino momentos de amistad. No comparto, en buena parte, el sentido completo de semejante afirmación que el erudito le otorga a esta palabra, aunque sí encierra, algo de verdad, dicha sentencia porque, en realidad y volviendo a parafrasear de nuevo a otro ilustre, Alphonse Karr, a propósito de la amistad, éste afirmaba, que los amigos son aquellos individuos elegidos a voluntad. Quiero subrayar desde el comienzo que comparto, mucho más, esta última afirmación y aseguro con toda convicción que, Raúl Hemández Viveros, escritor veracruzano, nacido en Ciudad Mendoza (9 de diciembre de 1944), es mi amigo, mi hermano allende de los mares, ese desconocido a quien un buen día y a través de la literatura conocí para suerte, creo a estas alturas, de ambos. Desde entonces, una ya lejana y emblemática década de los 70, tanto en su país corno en el mío, nuestra amistad, la hermandad nacida de ese mutuo sentimiento, no ha hecho sino crecer con el paso del tiempo. Iniciamos entonces una correspondencia afortunada y una colaboración literaria en ambos sentidos, compartimos gustos y autores de la literatura universal y nos interesamos por la solidaridad y la paz en el mundo. Raúl Hernández Viveros me ha proporcionado durante estos años una abundante bibliografía sobre la literatura mexicana más reciente, concretamente, sobre el cuento mexicano contemporáneo de tanto interés para mí y para mis desvelos literarios. De igual modo, los intereses de Raúl acerca de la literatura española contemporánea se dirigían en este mismo sentido y nuestra colaboración ha cristalizado en un importante ensayo que Raúl publicaba después de más de cinco años de estudio y dedicación a la narrativa breve española titulado Relato español actual, Fondo de Cultura Económica, 2003. Se trata de una excelente aportación al género para los estudiosos de ambos lados del Atlántico.

En igual proporción he visto crecer, con el paso de los años, su propia producción desde La invasión de los chinos (1975), pasando por Los otros alquimistas (1978), Los tlaconetes (1980) o su novela policíaca, Entre la pena y la nada (1984), un relato que aparecía justo en el momento en que yo viajaba hasta México para conocemos personalmente. Después se han sucedido nuevas colecciones de cuentos, El secuestro de una musa (1982), Una mujer canta amorosamente (1984) o Los días de otoño (1999). Durante los últimos veinticinco años, ya es un número considerable como para apostar por esa amistad vituperada por Renard o ensalzada por Karr, nuestros encuentros en mi patria y en la suya se han sucedido de una manera fluida y cordial. Nos hemos ofrecido nuestra mutua hospitalidad: yo he visitado su hermosa casa en Azueta, ubicada en la hermosa ciudad de Jalapa, en el estado de Veracruz, México y él me ha correspondido visitando el Paraje de la Estación, en mi pequeña Huércal Overa, en el Sur de España. Él ha disfrutado de mis amigos y lo mismo he hecho yo con respecto a los suyos. Visitar Jalapa supone p ara mí vivir esa otra hermandad que me ofrecen los veracruzanos cuando me acerco hasta sus casas, sus calles o sus plazas. He recorrido con él buena parte del Estado y en el puerto de Veracruz a la sombra de los recuerdos de los primeros españoles que llegaron hasta tan hermoso lugar, en los soportales de sus plazas y sus cantinas, hemos tornado café y tequila disfrutando de nuestra mutua amistad. Así que cuando tengo ocasión vuelvo siempre hasta la ciudad donde vive mi buen amigo Raúl Hernández Viveros, un hombre afable donde los haya, cordial, amable, animador cultural en las Últimas décadas de su literatura, dedicado desde la dirección de revistas como Cosmos o La Palabra y el Hombre a difundir la magnitud de su amplia cultura y a ensayar desde sus páginas la versatilidad de una literatura universal que él conoce excelentemente, Pavese, Gombrowicz, Pasolini, Casey, Rulfo, Faulkner y un largo etcétera.

Durante los recientes años nuestra correspondencia se ha ido espaciando. Raúl Hernández Viveros suele tener ciertas crisis de identidad o de afianzamiento humano que se traducen después en una nueva obra literaria. No me importa, pues, sostener durante meses o durante años, su silencio siempre que me sorprenda con una nueva entrega literaria, esos cuentos que él perfila y estructura primorosamente. Así que siempre espero paciente a que supere, con esa dignidad que lo caracteriza, ese vacío existencial del que emerge con nueva potencia. Hay que pensar que Alberto, su hijo mayor, a quien yo conocí con apenas unos cuantos años, lo ha hecho abuelo y eso debe dolerle en las entretelas, puesto que ya es un abuelito. Pero cuando volvemos a vemos Raúl, mi amigo Raúl, sigue siendo el mismo: un hombre conversador, sabio, que conoce los resortes de la literatura de aquí y de allá, que está repleto de proyectos, que sigue editando y poniendo en librerías su Cultura de VeracruZ junto con Alberto tan primorosamente editado como nació el proyecto y me dice una y otra vez que, pese a todo, va bien y que su vida se desarrolla “entre la pena y la nada” y que sus “días de otoño” no empañan los múltiples proyectos que aún nos quedan por realizar juntos. Mucho me temo que pese a este homenaje todavía nos queda tanto de Raúl Hernández Viveros escritor como del Raúl amigo, porque como bien ha escrito nuestro común Enrique Vila-Matas, querido amigo, te recuerdo en Jalapa en la Navidad de 1984, te recuerdo en Huércal Overa en la Navidad de 1990, de nuevo en Jalapa en el verano de 1997, en Huércal Overa en la primavera de 1998, y de nuevo en Jalapa en el otoño del 2002.¦

Huércal Overa, Almería, España







Alma mexicana

por José Ortega.

Universidad de Granada

Hace una década, en el número 5 (septiembre, 1996) de la revista Cultura de VeracruZ, se recogió una serie de relatos breves del escritor veracruzano Raúl Hernández Viveros. Todos los cuentos se desarrollan en México y tienen como protagonista al pueblo, sujeto de la creación imaginativa a través del cual se indaga en la problemática del alma mexicana y en los males sociales que vienen aquejando a este país. Sólo en relato "Las memorias de Corín", tiene como referencia una corta temporada de Raúl Hernández Viveros en Cadaqués, España.

En "La ciudad de las flores", se nos relata el origen mítico de la ciudad de Xalapa y el simbolismo espacial de su construcción representado por la flor, imagen de la fecundidad, la belleza y el amor: Al principio los colonizadores eligieron el lugar exacto, y proyectaron el plano donde iba a quedar la iglesia, el palacio del gobierno, la guarnición militar, la escuela y el gobierno... Luego los viajeros aceptaron que se trataba de un lugar ideal como escala obligatoria para el descanso en el transporte de mercancías.

Las bellezas naturales encantaron a los recién llegados. No pudieron olvidar el perfume de las flores, y cautivados decidieron construir sus residencias sobre esta "sombra del paraíso". A la milagrosa creación de la ciudad se asocia el secreto de la confección de unos dulces con figuras que celosamente guardan el secreto de hacerlas unas monjas. La iglesia condena a las monjas por su negativa a desvelar la fórmula de los dulces, y el milagro se produce cuando el arzobispo en el momento de darle la comunión a las religiosas, las rosas se convierten en rosas, anturios y orquídeas. La flor, una vez más, ha obrado el milagro, transformando el odio en amor.

La venganza constituye el motivo principal de "El Santo Niño Milagroso", cuento en el que nos enfrentamos a la venganza justiciera del joven que mata al asesino de su padre. En "Los demonios", se examina la alucinación que sufre un personaje que se debate entre la indiferencia de su esposa y el atractivo erótico que ejerce la mujer imaginada en la pared. Destruida su casa por un ataque terrorista, se encuentra perdido en la ciudad donde le sigue persiguiendo el rostro de la pared. Unido a las víctimas del cataclismo cuando se despierta en un horno crematorio, encuentra su salvación y libertad evocando la cama desde donde lograba sonreírles a las dos mujeres. En este juego realidad-fantasía, el autor trata de ampliar la experiencia humana de la destrucción y la esperanza fuera de un estrecho racionalismo.

Para concluir la lectura de estos textos de Raúl Hernández Viveros, en los relatos "La pasión de la escritura", "Las memorias de Corín" y "El cumpleaños" se nos revelan las funestas consecuencias provocadas por la envidia, la soledad y el desamor.


El regreso del hombre invisible


Hace unos días pude reconciliarme con algunas partes de la realidad. Sentí la necesidad de recordar cada uno de los hechos construidos en los pilares de aquella historia de encuentros y rechazos, ilusiones y esperanzas. Después de muchos años tuve que finalizar las relaciones con algunas personas involucradas dentro de mis más finos y agresivos sentimientos. Al mismo tiempo, escribí la lista del número de cosas con sus olores, amores y odios. Para no equivocarme organicé minuciosamente cada lugar en el espacio y tiempo de mi vida.

Con las tres mujeres mantuve el mismo esquema familiar. Me programé para procrear, al mismo tiempo, el idéntico número de herederos, de igual forma le puse el análogo nombre a cada uno de mis hijos; fue bastante fácil atinar la organización de mis relaciones con dichas compañeras. Pero esta mala costumbre de amarlas me llevó a buscar un lugar, en donde cada noche tuviera la oportunidad de reflexionar algunos instantes sobre el mundo que me rodeaba.

No pudo complicarse el acto de tejer los hilos de la trama. Daba igual saber que a pesar de mis triunfos amorosos, me sentía el hombre más solitario, principalmente por no sentir nada hacia nadie en ninguna parte de mi existencia, como si las emociones y los afectos no tuvieran ya cabida en mi pensamiento. Sin embargo, tuve que desarmar cada historia y capítulo; analizar los engranajes que habían dejado de funcionar en la maquinaria de mi realidad.

En aquel instante, mi pensamiento descubrió que las cosas funcionaban al revés, es decir en sentido contrario y viceversa hacia las propuestas de la lógica, y era el momento de hacer una parada en el camino. Un poco para tener el tiempo de mirar hacia atrás, como la sentencia africana, de frenarse a observar si alguien va detrás de uno, en particular descubrir a las fieras asesinas sedientas de sangre y carne, las cuales desde la distancia olfatean y acechan a sus victimas.

Pero no quise ser obsesivo y obstinado en estas reflexiones. Me hubiera gustado la exactitud de un gol de Ronaldino. Entonces decidí mis conclusiones, y apareció el proyecto de escaparme de la trampa. Pensé que todo era ocasionado por el tedio y el vacío de mi trabajo, y del hecho de lo aburrido y repetitivo de tener tres casas iguales. No supe cuándo me di cuenta de que uno tenía ahora que pagar altos intereses por prestar algún dinero. También me preocupó el no volver a ser, en lugar de ser, y permanecer a la luz pública, mientras emergía de la oscuridad. Por otra parte, cada día empobrecer y enriquecer a los demás.

Creo que la lista no llegó a interesarme. En mi lugar brotó la conciencia limpia de reconocer que fui demasiado feliz. Aunque el misterio de la ley de morir, era lo que me permitía aproximarme al conocimiento de las personas, y particularmente aquella que intentaba vivir dentro de mi cuerpo. Muy pronto llegué a reflexionar en el día de mi desaparición, entonces como en un pizarrón alguien va a borrarme del mapa y seré parte de la invisibilidad.

De aquel espacio en que no hay posibilidad de que alguien pueda reconocernos, o siquiera recordar nuestros nombres. Las otras personas sólo anhelaban sobrevivir sin importarles la mínima presencia de alguien parecido a mí. En este espacio de desconocimiento, la ignorancia las llevó a cometer errores que nunca lograrían un poco aceptarlos. Fue cuando una de las mujeres se atrevió a preguntarme:

-¿No crees que es hora de irnos a la casa?

Casi en forma ingenua respondí:

-¿Cuál de las casas?

-Bueno, si quieres nos vamos a un hotel.

Me entraron ganas de mandarlas al infierno, pero recurrí al esfuerzo de la tranquilidad que mostraron con el movimiento de sus cabezas las otras dos mujeres que estaban agachadas encima de la mesa, entre vasos medios llenos de agua mineral, y pintados de esencia de malta. Por fortuna no le hice caso a la que balbuceaba sin pena ni gloria, sin ton ni son, porque emitía sonidos ya incomprensibles.

Pagué la cuenta y salí del bar, con la seguridad de aceptar que tenía tres casas en el cielo, en donde me esperaban mis esposas con sus hijos, todos con sus mismos nombres, iguales vestidos, zapatos idénticos, y hasta con el idéntico tono de sus palabras en sus conversaciones. Creo que pude un poco aceptar que había llegado demasiado lejos en comprender que las leyes divinas eran naturales. Las abandoné, y nunca volví a encontrarlas en la vida.


El arcoiris


A un lado del centro de Santa Rosa, se fundó hace muchos años el barrio de Los Cuartos. Ahí vivían hacinados miles de hombres, mujeres, niños y animales. Desde la construcción de las galeras, las personas fueron, inadvertidamente, conquistando metro a metro, cada uno de los terrenos baldíos.

Al principio, algunos ancianos protestaron porque trabajaban día y noche. A pesar de esto, muchos se desmayaban y después eran colocados en el lugar de los cachivaches, cerca de los baúles llenos de recuerdos, acontecimientos y hechos históricos en la vida de Santa Rosa. Hay que reconocerlo: los más viejos ayudaron al levantamiento de los cimientos de algunas casas, tenían restos de la fuerza de su juventud, y los más fuertes también pudieron participar en las luchas obreras contra la dictadura de Porfirio Díaz.

Durante muchos años, transportaron las piedras en carretillas que iban y venían desde la orilla del río Blanco hasta el lugar de las barracas. Por su parte, los chiquillos colaboraron haciendo cadenas humanas que transportaban de mano en mano los miles de ladrillos; cargaban cubetas con agua y también revolvían la mezcla de arena, cal y cemento.

Los años transcurrieron sin que sucediera nada interesante. De modo que una mañana lluviosa, los sorprendió el arco iris. Fueron los presagios que auguraban buenas noticias. Unas señoras comentaron sobre la posibilidad de descubrir cofres llenos de oro y plata, en los lugares elegidos por los tricolores rasgos y sombras de vapor. Y mientras la gente conversaba sobre el origen de este fenómeno, apareció un niño pequeño y gordo, quien en forma amable les prometió que él iría a buscar el tesoro.

Bajo un cielo gris, el chiquillo se adentró en los matorrales y entre las raíces de los árboles, sin más provisiones que unas tortillas y un garrafón de agua. Luego de más de quince noches rasgadas por las estrellas, regresó sucio y enflaquecido; era difícil entender sus palabras. En medio de balbuceos, no pudo ubicar el nacimiento y el ocaso del arco iris, y tampoco pudo descubrir ningún tesoro, pero confesó haber hallado a una Santa Virgen.

Después de pronunciar estas palabras cayó dormido en los brazos de su padre, quien nerviosamente en su mente intentaba detener su enojo, pues apenas al llegar a su casa se había enterado de la ausencia del hijo. Se puede decir a los lectores lo que muchos vecinos sabían: este señor estaba todo el tiempo en la cantina “Las Morenas”, llamada así porque funcionaba como mesón donde se protegían varios burros que al sentir la presencia de hermosas acémilas, mostraban su poderío de machos, y por esto la taberna era famosa por el nombre de “Las Morenas”.

Era el único lugar capaz de albergar la convivencia entre indios y obreros de la fábrica textil de Santa Rosa. Por lo menos en los fines de semana, algunos maestros de primaria aparecían para continuar con la misión de rescatar a los pobres ignorantes. A pesar de estas divagaciones, al padre del niño le brillaron los ojos amarillos de tanta cerveza y mezcal; tambaleándose se hizo de valor, y…¿era necesario decirlo a todos? Claro que no.

Precisaba hacer planes, aprovechar la situación y salir de su desdichado puesto de velador de las bodegas de telas. Como un pájaro herido regresó aleteando con los brazos el aire de la noche. Al amanecer, el niño despertó hambriento, saltó de la cama y corrió a buscar a su madre, quien hacía con las manos tortillas, colocándolas sobre un comal caliente.

El olor de la leña, la cal quemada y el maíz rancio, alegraron al pequeño, mientras saboreaba ya la suma de ocho tortillas con sal. Luego ya con la panza llena le contó la historia. Más tarde, la mujer fue a vender las tortillas al mercado, y a contarles el milagro a sus comadres. Por supuesto, el marido continuaba con sus fuertes ronquidos derrumbado en el sucio catre.

Al domingo siguiente, los habitantes de esta parte del pueblo fueron a confesarse con el padre Valiente, quien celebraba la misa de las ocho de la mañana. Más tarde, el párroco, incapaz de aceptar la versión inverosímil del niño; aceptó ir a testificar. Y juntos, con el sacerdote a la cabeza, los fieles siguieron al niño entre las piedras y la hierba del monte. Durante casi una hora ascendieron la montaña. A las diez de la mañana divisaron la explanada verde, en donde destacaba el árbol de guayabas. Entonces el chiquillo saltó alegremente y les gritó: -¡Aquí es! ¡Aquí es!-

Exactamente en el tronco del árbol se dibujaba un rostro femenino. El padre Valiente la analizó muchas veces, entonces sentenció que era una señora. Por su parte la mamá del niño exclamó: -¡Virgen Santísima, es la madre nuestra, es la virgen de Guadalupe!¡Vean su cara divina y angelical!

Todos se arrodillaron cuando el cura comenzó a ofrecer una misa larga y silenciosa, que culminó con la comunión. El niño ya vestido de monaguillo roció con agua bendita las raíces del árbol, sobre las extrañas formas que sobresalían de la tierra. El sacerdote suplicó la paciencia de guardar el secreto, porque él tendría que viajar a la capital a consultar con el arzobispado sobre los pasos a seguir.

Entre tanto, los ancianos repitieron la historia a sus hijos y nietos. En cada boca aumentó la repetición que creció, especialmente entre los diálogos de los habitantes de Los Cuartos. La Virgen había revelado sus penas, preocupaciones y necesidades: particularmente de que sus hijos terrenales se portaran bien; agregó que pronto bajaría a bendecir a los habitantes de esta parte de la población.

El chamaco terminó con la descripción de los besos que la Virgen le había plantado en su frente. En muchos meses, sin importarles las críticas de los miembros de otras sectas religiosas, no se habló más que del milagro. Y así dio inicio en Los Cuartos la persecución hacia las personas ajenas a la religión encarnada en la Virgen. La desunión y el odio dividieron a familias enteras. Muchos ciudadanos tuvieron que abandonar Los Cuartos, se fueron lejos a otros pueblos. Por su parte, en el arzobispado echaron tierra en el asunto, lo incluyeron en el mundo de las carpetas y archivos, ordenándole al padre Valiente evitar todo tipo de falsos rumores y malas interpretaciones.

El camino del Señor fue largo y doloroso. Nadie se sometió a las instrucciones dictadas por el párroco. Las peregrinaciones continuaron. Los domingos organizaron misas y rosarios alrededor del árbol de guayaba. Cuando dio sus frutos, los fieles coleccionaron varios cientos de recuerdos que el borracho vendió en cajas a precios increíbles. Por lo cual, el padre del niño empezó a sentirse bien en la vida. Le encantó el sentimiento de seguridad provocado por el dinero en sus manos. Y se le ocurrió la idea de hacer una carretera hasta el santuario. Por la fe y esperanza, las personas harían cualquier cosa. Prometiéndoles el paraíso, convenció a los ciudadanos de empedrar el camino.

En seis meses, los diez kilómetros quedaron bajo un perfecto aplanado, dispuestos al tránsito de automóviles y camiones de carga. Días después, uno de los líderes obreros compró cinco autobuses de pasaje. Las autoridades de Santa Rosa tomaron cartas en el asunto, distribuyeron la tierra y repartieron a precios módicos los lotes que sirvieron en el levantamiento de un caserío llamado La Alameda. También construyeron unos juegos de sube y baja, columpios y resbaladillas, en donde los niños se recreaban, mientras sus padres reflexionaban en la proximidad de las puertas del cielo.

Y claro está, el padre del niño explorador, se fue a vivir a un lado del árbol de guayaba que consideraba ya su propiedad. Desde lugares lejanos llegaban las peregrinaciones: arribaban en camiones de carga, urbanos, mulas, burros o a pie. Cantaban y oraban por la felicidad del mundo. Frente a esta serie de peregrinaciones, una noche la madre se puso nerviosa porque su hijo comenzó a hablar con voz femenina. Trató de comprender las palabras, pero le resultaron extraños sonidos. Y el sueño acabó derribándola en el instante que deseaba levantarse a observar el rostro infantil.

Sin embargo, un lucero enorme apareció en el firmamento de la mañana. Horas más tarde, en la cantina el hombre de ojos amarillos, les aseguró a sus amigos que el niño, por las noches, conversaba con la Virgen, asegurándoles la posibilidad de pedirle lo que quisieran a través de las charlas nocturnas. A partir de aquel día, se pusieron de acuerdo, y un sábado a las dos de la madrugada se colocaron a un costado de la casa de madera. Esperaron, sentados sobre la tierra, el momento en que la Inmaculada apareciera para darles un mensaje importante.

Soñaban en colores, cuando aquellos hombres sintieron el rumor de los sonidos. El padre tuvo impulsos de proteger a su hijo, y sólo pudo acariciarle sus mejillas. Entonces su compadre le dijo al oído:-Déjalo dormido. Nazario sabrá qué hacer. Además, es la Virgen la que va a hablar con él.

El niño dejó de agitarse en el catre; recitando en diversos idiomas pudo llegar al castellano. Una voz suave, dulce y agradable -ellos imaginaron a una hermosa niña- les habló de las alegrías y esperanzas del paraíso. Además, les relató que en este lugar habían casado a Hernán Cortés en su viaje a la capital azteca, y la Malinche tuvo que aceptar a un fiel colaborador y consejero de su amado. Ante los ruidos provenientes de uno de los hombres que no logró controlar los sonoros estallidos de gases provocados por tanta cerveza en sus intestinos, el niño se despidió diciéndoles que se iba a otra parte en donde comprendieran los sentimientos de la Virgen.

En silencio, los hombres sellaron el pacto de que no contarían a nadie la decisión de la Virgen de abandonarlos. Entristecidos abrieron una botella de mezcal y amanecieron a un lado del árbol de guayaba. Al mediodía, el escándalo era tal que los peregrinos pensaron en la fiesta del bautizo del niño. La madre bailó durante varias horas en compañía de su compadre y los demás amigos del borracho celebraron a carcajadas y gritos la noticia.

El niño se fue a jugar con sus amigos dejándolos en el ritmo de una música caliente y alegre. La mujer bebió tragos enormes de mezcal. No había duda, el lubricante líquido acaloró su cuerpo, la fuerza de la presión de la sangre aumentó en las venas; y ella se desvaneció mientras algunos de los invitados inclinaron sus cabezas en dirección de las cubetas de agua, que al poco rato sirvieron para apagar las llamas de aquel infierno.

Yo fui aquel niño, quien descubrió la seductora inspiración de estos recuerdos y escenas acontecidas durante la aparición de la Virgen y la construcción de la fábrica textil de Santa Rosa, hace muchos años.




La ciudad de las flores

Durante cierto periodo de sus vidas, algunos hombres y mujeres tuvieron la posibilidad de vivir sus respectivos sueños. Los primeros habitantes descubrieron las manantiales rodeados de flores y arbustos, y entre las montañas comprendieron que soñaban. Las escenas en colores presentaban el paisaje insólito, salvaje e idílico. Por las colinas, las sombras de la vegetación acompañan los hilos de agua transparente que descendían del Pico de Orizaba.

Al principio los colonizadores eligieron el lugar exacto, y proyectaron el plano en donde iban a quedar la iglesia, el Palacio de Gobierno, la guarnición militar, la escuela y el puerto de Veracruz y la capital de México. Luego los viajeros aceptaron que se trata de un lugar ideal en la escuela y el puerto de Veracruz y la capital de México. Luego los viajeros aceptaron que se trataba de un lugar ideal en la escala obligatoria para el descanso en el transporte de mercancías. Las bellezas naturales encantaron a los recién llegados; no pudieron olvidar el perfume de las flores y, cautivadas, decidieron construir sus residencias sobre esta sombra del paraíso.

Como en un centro ceremonial, acostumbraban pasear por los senderos y ascender encima de la pirámide del cerro de Macuiltepetl. Desde allí podían observar el valle, que en pocos años se llenó de edificios coloniales y casas de madera. Con el lamento de las ramas de los pinos brotaron los caseríos. Al paso del tiempo organizaron una de las más importantes ferias nacionales, en la cual se mostraban y difundían los productos manufacturados por la industria local. Igualmente se presentaron las novedades de Europa, África, Oriente y Asia, al público asistente.

También estaba la exhibición de plantas y flores regionales, y el amor por estas tierras aumentó a través del tiempo. Por otra parte, existía el orgullo de ser los inventores de la extraordinario purga, brebaje que compraban directamente los boticarios europeos. No obstante, grupos de expedicionarios abordaron los límites de la ciudad, en búsqueda de la fórmula del purgante y de los materiales empleados en los dulces elaborados por las manos benditas de las monjas del convento de las Madres Superioras.

Se trataba de figuras perfectas de frutas, que eran la delicia del paladar de reyes, príncipes, duques y demás miembros de la aristocracia española, italiana, francesa y austriaca. Las monjas trabajaron en secreto; escondidas entre el humo de la cocina, y en los laberintos del convento. El misterio rodeó los movimientos de las túnicas. Y de esta manera, la promesa del silencio sepulcral demostró la firme disciplina y la superstición de irse al infierno, en caso de hablar de más. El juramento iluminó el esfuerzo de brazos y manos femeninas que batían la masa y daban forma a los dulces.

La fama de Jalapa corrió por todos los rincones del mundo. Se puso de moda servir en bandejas de plata estas piezas de dulces que simulaban ser verdaderas piñas, plátanos, naranjas, higos, fresas, mangos y manzanas; productos originarios y sembrados en el nuevo mundo. La palabra “delicioso” encontró el equivalente para el término dessert: signo de alcurnia y elegantes modales de la sociedad europea. No faltaban los dulces de las monjas, en el seno de las familias de sangre azul, y en otras que por lo menos respetaras y conservaran la memoria del árbol genealógico.

Los parientes próximos a los zares de Rusia pagaron en oro la importación e cajas de dulces de las monjas. Se contrataron selectos grupos de mercenarios, especializados en facilitar y vigilar los embarques en el puerto de Veracruz. Estos llegarán en buenas condiciones a Cádiz, Barcelona, Génova, Atenas. Desde los barcos piratas irrumpieron las expediciones de bandidos y maleantes a robarse, a como diera lugar el secreto divino de las monjas.

Decenas de emisarios del pirata inglés Francis Drake fueron aprendidos cuando atacaban los claustros del convento, o en los instantes en que las monjas deseaban y anhelaban obtener la bendición de la hostia. En un atardecer sofocante y abrasador varios piratas abandonaron sus vidas en la soga del patíbulo instalado en el centro de la ciudad, ante la mirada complaciente y resignada de cientos de personas arremolinadas en torno al caldaso. Todo estaba perfectamente coordinado por la sagacidad ingenio y experiencia del verdugo en turno, que a cada rato solicitaba las carretadas de aplausos y monedas.

Sin embargo, unos pocos facinerosos dejaron la semilla de su sangre dentro de muchas monjas, que se vieron forzadas a dejar la dignidad religiosa y la entrega a la fe y pasión de Dios. Dichas mujeres en silencio y amor ofrendaron a los últimos días a la siembra y cosecha de flores, que vendían en fiestas de casamiento, quince años o primera comunión. En casos respetables, adornaron los servicios fúnebres que un valiente patriota transformado en héroe, o bien dieron el ilustre nombre de la Calle Real s la principal de la ciudad.

Los niños rubios se mezclaban en la escuela cantonal, y destacaron por sus rasgos ingleses de honor, justicia y fidelidad en lugar de continuar la tradición de valentía de sus padres aventureros. Con su flema británica asimilaron pacientemente los episodios de la revolución, y aplaudieron el paso de los nuevos ídolos que vestían uniformes de variados colores, igual que intercambiaban mujeres, amores y causas ajenas. Esto influyó posiblemente en el nacimiento de la raza criolla, que originó la creación de personalidades brillantes y valiosas en el ámbito nacional.

Aquellos hombres estuvieron a cargo de los destinos de la nación, y encabezaron los movimientos en el viraje hacia los tiempos de modernización. Dentro de los cambios que hubo en las capitales europeas, creció el prestigio de los dulces de las monjas, y decayó la popularidad de los chiles jalapeños, la importancia del café, el tráfico del tabaco, al adquisición de cacao y el empleo del azúcar de caña.

El vientre de esta tierra cautivaba con sus frutos a cualquier pueblo de Europa. Hasta China llegó la noticia de los dulces de las monjas. Cierto emperador contaba a sus descendientes que ni siquiera su extraordinario cocinero acompañado del más sabio de su corte, lograron separar y descifrar los ingredientes de la masa de harina y dulce. El emperador enrojeció de vergüenza cuando tuvo que pagar demasiado con tal de recibir su dotación semestral de caja de dulces de las monjas.

Obligadas por el juramento, varias generaciones de estas mujeres se llevaron el secreto a la tumba. En vano los agentes extranjeros y espías profesionales buscaron sacar a la luz pública la receta de estos formidables bocadillos. Con ruidosas palabras fue pregonado el rumor sobre el conocimiento de las hierbas que integraban la fórmula del purgante. Las botellas patentadas en diferentes países, inundaron los estantes de las boticas de París, Roma y Madrid.

Los fabricantes de la ciudad, aturdidos y vejados por los gritos de burla y risas irónicas, decidieron cerrar su negocio. Todavía sobreviven los restos de los muros de la fábrica en el Paseo de los Lagos. Lo irrefrenable ola de rumores impulsó a la muerte al heredero, que se dejó llevar por la tristeza de no haber logrado ir a conocer el escenario del éxito de los falsificados purgantes europeos.

De golpe las tardes se envolvieron en la neblina de otoño, y con las fiestas de Navidad y Año Nuevo prosiguió la exportación de los dulces de las monjas. Como si se tratara de un manjar de los dioses, su consumo volvió a traspasar las fronteras. En la Casa Blanca devoraron estos postres en la cena de Acción de Gracias. Se integró una comisión en la Santa Rota de El Vaticano, que tuvo como objetivo convencer a las monjas de que confesaran la fórmula.

Por parte de su Santidad resultó un fiasco y enojo el hermetismo y silencio de ls monjas; delante de sus ojos, en la magnitud de los lentes de aumento, los dulces semejaban frutas de verdad, que de inmediato daban ganas de acariciar, devorar y sentir entre la lengua y los dientes. A todos los invitados de la Santa Sede se les regalaban pequeñas cajas con nuestras de los dulces de la monjas. De preferencia a los embajadores, enviados de potencias del primer mundo, otorgaban recipientes con una docena de frutas. A los demás conocidos y recomendados, cajas con media docena.

El dulce no podía ser otra cosa que un regalo de Dios. El sueño de la inmortalidad anunciaba el umbral de la realidad, gracias a la sabiduría y genialidad de las manos de las mujeres que ofrendaban su talento y virginidad a la fe divina y sagrada. Los ojos de las monjas brillaban a la hora de estar arrodilladas en el instante de la elevación. Ellas disfrutaban con la intensidad, disciplina y veneración de que es capaz el ser humano por dar plena satisfacción, y se murmuraba que cedían a los instintos de la gula, la envidia y los celos.

Como en el fondo de un imprevisible y misterioso sueño, el poder de la grandeza y la eternidad de la arte, recargaban en los dulces de las monjas. La lealtad hacia el secreto de confesión fue investigada y analizaba por una comisión de cardenales. En los días siguientes, de Roma partieron los sacerdotes a clausurar el convento. Los delegados apostólicos cumplieron al pie de la letra las instrucciones. En los alrededores, la pena e indignación cruzaron el rostro de los vecinos.

Nadie pudo creer que fueran declaradas culpables de vivir en pecado mortal e involucradas en ritos satánicos y perversos. La venganza cruel fue subrayada en la lectura de la condena. El edicto marcaba el emparedamiento a cal, arena y piedras, tanto de las ventanas con de las puertas. En el aire flotó por las calles el cero femenino de de canciones que alababan y suplicaban el perdón de Dios. Con las manos entrelazadas, las monjas apretaban los rosarios, y durante varios años se entregaron a la expiación de sus almas.

Los cantos amenizaron todos los días., De las ciudades inmediatas del castigo divino. Las monjas, hundidas hasta el cuello en piedras y argamasa, seguían cantando. Los visitantes regresaban a su lugar de origen, porque había comenzado a correr el rumor de que la tierra estaba a punto de abrirse. El frío mortal laceraba la piel de los viajeros, impidiéndoles lamentarse y pedir auxilio. La garra dolorosa sujetaba los cuellos, y en las gargantas se dibujaban los agujeros del miedo.

Pero no hizo falta esperar mucho. Aquella mañana de abril, el terremoto derribó algunos edificios coloniales, y en los escombros parecieron cientos de personas. De pronto, en medio de las ruinas, el arzobispo impecable y perfecta del convento. Desde la puerta principal, las monjas a señas, le ofrecieron charolas que exhibían las frutas de dulce. El fulgor del sol iluminó cada una de las tonalidades del coro de mujeres.

Y sobre la ciudad empezó a caer la pausada lluvia de flores; y la fragancia perfumó las casas y edificios. Pasaron los días de llanto y perdón en el vendaval de la memoria. El sueño acompañaba el camino hacia el recuerdo. A la mañana siguiente, la capilla del convento funcionó de recinto de la misa. El arzobispo confesó en público el milagro de haberse encontrado a sí mismo, en la música nunca oída y la dulzura de los cantos de las mujeres.

Casi con desdén y temor contribuyó las hostias a las monjas quienes, apenas obtenían el don divino, se transformaba en rosas, anturios y orquídeas que abarrotaban el espacio de la casa de Dios, los corredores, escaleras y huecos del convento. Más allá, por las banquetas, en las entradas de las casas, en los barandales de las terrazas y balcones, las flores despertaron radiantes de felicidad.

El viejo arzobispo sonrió porque no podía rechazar o negarse a morder las frutas de dulce que permanecían en el interior del cáliz. Luego dirigió el rostro en dirección a lo alto de la cruz del altar, y en silencio alargó su lengua sobre la piel inmaculada del higo y la manzana que brillaban bajo la luz del cielo. Tuvo una sensación de vacío que apenas pudo controlar, y comprendió el significado inescrutable de la juventud.






La pasión por la escritura


El éxito que tuve hace un montón de años por la edición de cinco libros de cuentos y una novela, me hizo soportar la vida posterior. Todavía recuerdo con nostalgia el cúmulo de reseñas y comentarios sobre mi obra literaria. Fue mi instante glorioso. Contesté varias entrevistas en diarios, revistas y noticieros de televisión. Algunos de mis relatos fueron seleccionados para formar parte de diversas antologías de la narrativa nacional e hispanoamericana.

El talento, la dedicación y el oficio iban a la perfección con mi carrera literaria. No obstante, un día mi suegra llegó a visitarnos, y se quedó un año a gastar su tiempo en la lectura de mis libros. Cierta mañana, en el desayuno, exclamó que yo que yo no era escritor, sini más bien su yerno favorito. Inútil describir el desaliento y el terror que invadieron mis reflexiones. Me sentí un real y contundente farsante. Más aún cuando mi mujer dijo:

-Estoy de acuerdo, mamá, Federico es un buen amo de casa. pero pésimo esposo y escritor.

Poco tiempo depués, al encontrarme inmerso en la lectura de los ensayos de Carlos Fuentes, brotó la inspiración de escribir algo parecido sobre la narrativa y la poesía de mi tierra natal. Revisé decenas de libros, estudié las raíces y los estilos de los autores elegidos; armé las fichas bibliográficas. De golpe, un fin de semana, terminé el volumen de ensayos que dejé abandonado en la mesa del corredor.

Por la mañana, descubrí las hojas con anotaciones al márgen de los textos. Sorprendido, observe la letra, y reconocí la escritura de mi suegra. Con resignación acepté el hecho de que las sugerencias representaban aportes el hecho de que las sugerencias representaban aportes del análisis e interpretación de mis estudios. No le dije nada a mi esposa. Al despertar, me atreví a preguntarle sobre los motivos de la prolongada visita de mi suegra. Me explicó que de pronto se le había metido la idea de pasar el resto de sus días en nuestra casa.

-¡Y es tan terca como yo! Creo que es parte de la herencia. Somos iguales. ¡Ni modo, es mi madre!

Me consoló la esperanza de que la anciana no podía pasar más allá de dos o tres razonamientos mediante dignos de atención. Y mi tranquilidad fue mayor cuando la vi absorta todas las tardes, en las pasionales imágenes de las telenovelas.

Mi volumen de ensayos se convirtió en un libro de texto obligatorio en la Universidad. Obtuve una importante aportación económica gracias al tributo de la experiencia académica. No les conté nada al par de mujeres, y tampoco a mis hijos. Bajo el pretexto de adelantar el aniversario de bodas, nos fuimos a celebrar a uno de los restarurantes de lujo de la ciudad-

Tarde o temprano, la anciana debería superar la arrojancia y la falta de respeto a mi inteligencia. Por las noches instalé mi refugio en el cuerto de los trabajos. Coloqué mis libros, acomodé miles de suplementos y revistas literarias. En un lugar destacado puse las Obras Completas de Octavio Paz, como una clara muestra de amor y predilección por el ensayista y poeta. Cada medianoche acostumbraba leer en voz alta trozos de Piedra del sol.

En el oía posteriores fragmentos del mencionado poema. Pensé que había equivocado la profesión de ama de casa. Se me pusieron los pelos de punta al oir los versos:

cuando dos se besan

el mundo cambia.

Era una especie de Berta Singerman de barrio. No pude creerlo y menos aguantarlo. Le comenté a mi esposa delante de los muchachos que era el colmo de la pedantería. Mis hijos estuvieron riéndose de ella y de m, naturalmente. Mi mujer mordiéndose la lengua no soltó la carcajada. Yo abrí la puerta de la calle, y subí al autobus, que en pocos minutos me llevó a dar las clases de literatura en la Univerisidad.

Después de soportar a cinco grupos de cuarenta estudiantes, intenté respirar un poco de oxígeno en la entrada del salón. Creí ver, en primer piso, a mi suegra, portando un portafolios de ejecutivo. Sentí que el corazón me palpitaba como un borracho dando tumbos contra las costillas.

Huí del centro de estudios, y decidí ir a tomarme unos tragos en un bar cercano a la Alameda Central. Me senté lejos, en un rincón de la penumbra. Abrí el periódico. En la sección cultural sobresalía enmarcada la convocatoria de un concurso hispanoamericano de cuento. Me tomé el trago y supe que yo era un genio literario. Saqué febrilmente mis cuentos, mi pluma Montblanc, el único privilegio que me había permitido, pedí una botella de tequila y...¿ Tengo que decirlo?

Tres horas después mi obra descansaba sobre la mesa. Me dolían los dedos de la mano derecha. No supe cómo llegué a mi casa, o la forma en que abrí la puerta. Me desvestí en la habitación a un costado de la mujer dormida que roncaba,y resoplaba con la boca abierta. Al amanecer, todo el cuerpo me dolía. Me sentí empujado a desalojar los restos de las bebidas y la comida. Reconstruí los pasos nocturnos. Nada más recordé el momento de pagar la cuenta, deejar una buena propina, y salir del bar.

Lo único que pude hacer esa mañana fue empaquetar mi cuento, echarle la bendición y ponerlo en el correo. Al regresar a casa, me di cuenta por primera vez del agradable y reconfortable silencio, del placer de la soledad. No se movía ni una hoja de papel. Me puse a soñar, sonreí, logré analizar el vuelo de las moscas. Observé la hora en mi reloj de pulso. Me volví a dormir en el sofá. El despertador sonó a la una de la tarde. Escapé a la carrera, y llegué a la universidad.

En lugar de dictar clases coloqué los pies encima del escritorio, cerré los ojos y dejé que ardiera Troya. Al paso de las semanas, mis ojos fueron los únicos valientes que osaron romper el hielo del silencio, al que me condenaron suegra y esposa. La necesidad del dinero representó la presión mortal que destruyó la solidaridad con las brujas.

Cierta noche de octubre, mi esposa entró al cuarto de los libros, me miró a los ojos, sus manos torpemente bajaron mis pantalones y me violó contra la montaña de revistas y periódicos. En el instante de la entrega total, consiguió taparme la boca; en voz baja dijo que no lanzara el rutinario grito de lujuria y perversidad, que había yo aprendido en una película de indios y vaqueros, porque despertaría a su santa madre.

Aquella misma noche, gracias a los efectos del amor, escribí otro cuento, pensando que un concurso no bastaría que debía tirarle a dos para pegarle a uno. En la casa, lo olvidé entre los recibos de la luz y el teléfono. A la mañana siguiente, le anoté entre los recibos de la luz y el teléfono. A la mañana siguiente, le anoté el seudónimo: “El de la triste figura”, y lo metí en un sobre amarillo. En cara aparte aparte escribí los datos personales.

Los días pasaron en la monptonía de las juntas académicas. La separeción o aislamiento en el hogar eran rotas por los pedidos monetarios de mis hijos. Ellas prosiguieron empecinadas en su actitud agresiva y despectiva hacia mi presencia.

Un martes por la tarde repiqueteó el timbre del telèfono. Mi suegra alzó la bocina, y vertiginosamente gritó que buscaban a la Caperucita Roja. Me acordé del apodo el que bautizaron a mi esposa en los días de Movimiento Estudiantil de rebeldía, protestas y matanzas de Tlatelolco. La época en que nos hicimos novios. Al colgar el teléfono, ella nos informó del premio que acababan de otorgarle por un cuento de diez cuartillas.

-¡Usted ganó, Usted ganó un concurso de cuentos! -exclamé, al borde de la esquizofrenía.

Y ella respondió enseguida:

-Sí, mi querido Federico. Me aburría tanto por las tardes que decidí apagar un hora la tele. Me puse a escribir, y mira. ¡Diez mil dólares!

Luego descubrí que no había sido ella, sino mi adorable esposa la autora del cuento, es decir, la Caperucita Roja.

-Con el dinero -dijo mi mujer bajando la mirada hacia los movimientos de sus manos-, Voy a arreglar la habitación de mamá. También compraré libreros, impresora láser, fax, computadora, y prosesador Pentium III MMX 632mhz, que instalaré en el cuerto de servicio. ¡Ah, y le compraré una televisión panorámica de 110 pugadas a mi mamá para que no invada mi territorio! Contigo no sé qué hacer...

En pocos meses aquello se volvió una empresa. Mi suegra le ayudaba a corregir los cuentos y novelas. Le pasaba en limpio los materiales de creación literaria. Un añ después de su novela Los abismos del alma, fue un éxito de librerías, y en la versión cinematográfica tuvo excelente aceptación a nivel internacional.

Enfrente de la barra del bar, le platicaba a Pancho, mi cantinero personal, acerca de los libros que se compraban en las mesas de betsellers, con fotografías en colores de la famosa autora, o bien de las traducciones al inglés, alemán y fránces.

Consumía mi cuota de cinco cubas campechaneadas a base de suficiente agua mineral, Coca Cola y una buena dosis de ron. Leía en voz baja las líneas de las tarjetas postales. que enviaba mi mujer en sus giras, cursos, conferencias y presentaciones en el extranjero.

¡Caray, nadie me creería, sí dijera que mi esposa iba a llegar a tanto! Los viernes, Pancho chocaba su vaso con el mío. Las semanas siguientes seguí con la rutina de ir y venir las clases aburridas, frustado por no tener siquiera uno o dos estudiantes capaces de sentir un poco de amor por la literatura. ¿Yo, qué podía esperar? Acaso acomodar una fotografía de ella, con nostalgia, luciendo su autográfo, como trofeo al lado de las botellas y espejos de la cantina, en donde me divertía con las miradas profundas de un hipnotizador.


Lejos de Barcelona


Durante aquel verano, miles de ancianos cayeron como moscas sobre la sopa de cualquier restaurante de París. En las orillas del río Sena, los viejos formaban largas filas para intentar limpiarse el sudor con las aguas sucias; otras ancianas mojaban sus vestidos entre la corriente de agua que reflejaba los puentes y edificios.

Al mismo tiempo, en muchas ciudades de España comenzó el exterminio de gente adulta, que cuidaban los pisos y las casas en Madrid, Barcelona o cualquier pueblo escondido en la península ibérica. Mientras que sus familiares gozaban del aire acondicionado y la brisa del mar en hoteles de la costa Brava, y los más ricos alejados en Las Canarias.

Sin embargo, hubo una especie de preocupación de parte de los hijos, y demás familiares, por dejar las heladeras repletas de comida, y en muchos casos de bebidas apreciadas como botellas de agua mineral, cervezas y sobre todo cientos de cubitos de hielo. La esperanza duró muy poco frente a la aparición de una tormenta de arenilla procedente de África. En aquel verano, Madrid oscureció al medio día en pleno centro, y los granos de arena sonaban repiqueteando en los techos y azoteas de muchas ciudades europeas.

El bochorno despertó en las calles y edificios. Los oídos se me llenaron del ruido infernal de autobuses y automóviles que a toda carrera escapaban por la avenida Balmes. Abrí los ojos bañados en sudor. Necesité todo mi esfuerzo para llegar hasta la ducha. Abrí la llave del agua fría, y un prolongado suspiro me hizo comprender que el líquido vital ya no llegaba a la casa.

Desde las ventanas observé las casas vecinas, sentí la piel chamuscada por la sequía del día anterior, y advertí en mis manos la resequedad. Las manchas oscuras recorrían mis brazos. Me asomé en un espejo, de inmediato descubrí el rostro de otra persona. Era alguien idéntico a mi padre, cuando falleció en mis brazos.

El calor recorría todos los rincones de mi habitación. Estaba yo solo con la tanga blanca, y creí que me encontraba dentro de un baño turco. El vapor abrió mis poros, por todos lados sudaba como si estuviera bajo los efectos de la resaca. No obstante, sentí la conciencia de cada uno de mis actos y pensamientos, una mueca de dolor y asco se dibujó en mi rostro.

Entonces acepté que Barcelona dejaba de ser la ciudad que respiraba la brisa del mar. Intenté moverme poco para no quemar más calorías. La humedad que protegía mis ojos, me obligó a llorar. Por fortuna pude llegar a la cocina para abrir varias botellas de vino. Fue una verdadera transfusión que alegró un poco mi espíritu.

¿Quizás debería soportar mucho más la sequía bajo la protección de mi casa, o bien sería mejor viajar hasta Las Ramblas a contemplar a las esculturas humanas? Supe que nunca contestaría esta propuesta, porque realmente me encontraba demasiado lejos de Barcelona. ¿Hacía dónde tenía que escapar para defenderme de la canícula? No podía equivocarme, menos dejar de ser lo más lúcido posible frente a este fenómeno natural. Sin pensarlo agoté varias botellas de vino. Después enfrente una serie de vasos llenos de whisky con suficiente hielo. En esta desintegración pude súbitamente contemplarme en el vientre de mi madre. Inmerso en aquel paraíso acuático escuchaba las palpitaciones del corazón maternal. Igual a un vídeo mis gritos permanecieron congelados en el tiempo. Entre la diversidad de los recuerdos acepté la sensación de no haber existido. Mi origen pertenecía al pasado.

No sé la hora y el día en que perdí el conocimiento. El calor recorría mis manos y temblé de emoción en el instante que volví a abrir los ojos. Era difícil aprobar que todos vamos a morir. A veces la muerte se presentaba encantadora, y ni siquiera permitía a uno reflexionar en las últimas actividades. Siempre acostumbraba llegar de sorpresa, nadie es capaz de cerrarle la puerta, porque ella tiene la llave maestra que puede abrir todo tipo de cerradura. De todas maneras logré intentar evadirla y esquivar sus movimientos silenciosos y exactos en el campo de batalla, en donde nadie tiene siquiera la mínima posibilidad de derrotarla, pero me agradó sentir su presencia fría y sin vida.

Luego mi cuerpo recuperó su temperatura normal, cuando logré evadirme de la soledad y el vacío de un espejismo en el desierto. De inmediato supe que me alejaba de aquel infierno. Emocionado escuché los timbrazos en la puerta, era alguien que anunciaba el final de esta historia. Fue cuando apareció en el umbral, la figura imaginada de Enrique Vila-Matas para anunciarme que era yo otro explorador del abismo. Entonces me dijo que lo acompañara a ser testigo de la muerte de las estatuas humanas que agonizaban aplastadas y sofocadas por el intenso calor. Al salir de la casa, sentí que había yo bajado de peso, en la piel me acariciaron las primeras gotas de la lluvia. Sin pensarlo, Enrique Vila-Matas me susurró al oído que le plagiaba el título de su libro Lejos de Veracruz. Y por supuesto le agradecí que me reconociera y aceptara como otro explorador del abismo.

Casi puedo asegurar que fue ayer el viaje que hicimos juntos. Carlos Trías al volante, a su lado Cristina, mientras iba yo medio dormido en la parte trasera. Resultó un fin semana inolvidable. Hasta ahora no he podido borrar las escenas de hace casi cuatro décadas, la figura espigada y firme acompañaba a su compañera de radiante mirada. Formaban parte ya de los recuerdos.

Años antes, lejos de Barcelona, ellos pasaron varios días en mi ciudad. Todo se pintó de alegría. Experimentamos noches enteras, instalados en lugares como “El rincón de los artistas”, donde existía una pasarela de viejos cantantes de tangos y boleros. Entre la apoteosis de la fiesta, cantaron y fumaron sin descanso. Desde aquel día llegué a creer que nos conocíamos desde tiempos inmemorables. Entonces me propusieron que fuera a visitarlos a Barcelona. Al mismo tiempo planeamos un viaje a Polonia. Sus palabras sensatas me empujaron a prometerles que sin falta a la primera oportunidad pasaría una temporada en su buhardilla de la avenida Balmes.

No sé cómo en ese instante recuperé las imágenes de alguna parte del pasado. Logré bucear en las profundidades abismales. En pleno día rescaté los instantes, que gracias a ellos, conocí a Julián Ríos cuando presentaba su novela Larva. También llegaron a mi mente los días que estuve refugiado en el departamento de Carlos Trías y Cristina Fernández Cubas. Después me trasladaron a un hermoso refugio en Cadaqués, propiedad de Beatriz Tusquets. Lo recuerdo porque fue la primera vez que comenzó a subir la temperatura, pero nada comparable con el calentamiento global.

No importa tampoco cómo me enteré de la desaparición de Carlos Trías. Cumplía una década que pude hablar con él. Fue durante un salto relámpago a Barcelona. Creo que intentaba yo conocer a Jorge Herralde, me perdí muchas veces en búsqueda de la dirección de Anagrama. Fue un triunfo el haber llegado antes del medio día. La mujer que me atendió en la entrada se esmeró en disculparse, porque el director se encontraba en un congreso mundial de editores. Como despedida me obsequió las obras de Quin Monzó.

Me instalé en un céntrico hotel. Desde la habitación marqué el número de Carlos Trías. La voz metálica me pidió dejar el mensaje. Al día siguiente, al abandonar la habitación, una encargada gritó que había una llamada para mí. Carlos Trías me dijo que iba a pasar en la noche a recogerme, pero yo le hice ver que ya estaba con un pie en el avión, y en pocas horas regresaría a mi lugar de origen. Fue la última vez que sentí su voz.

A partir del lunes de la semana pasada, me entristeció la noticia de su muerte. Enfrenté la melancolía del fin de los sueños, en donde viajábamos por varios lugares del mundo. Murió el año pasado. No recordaba su novela El juego del lagarto, que desde hacía cuatro décadas la conservaba. En la oscuridad de mi biblioteca el azar hizo que apareciera otra vez su libro. A la media noche terminé de leerla, y en ese instante mis ojos descubrieron la hoja de papel doblada. El hallazgo de algo perteneciente a la eternidad, extraído de algún modo de la analogía. La reminiscencia era indispensable incluirla en esta narración. Me distrajo la idea de aquel mar de felicidad que nos bañó, tejiendo la pasión de una historia con nombres propios, a pesar de la creciente oscuridad que impedía las imágenes del recuerdo.

A lo lejos el golpe de los tambores africanos, y entre la selva las sombras danzaban frenéticamente, entonces el fuego consumió todos los laberintos de mi pensamiento. Al fin imaginaba la destrucción del abismo. Sin desearlo regresé al presente. La ligera sonrisa clonada de Enrique Vila-Matas, acompañó sus palabras:

-Te voy a llevar a mirar el precipicio que se puede contemplar desde el Palacio de Versalles, con esto se arreglará tu desmejoramiento.

Este viaje significaba emprender otra etapa de mi vida, y sin opción entramos al automóvil. Me senté resignado a lado de Enrique, el chofer sin decir nada se enfiló rumbo a la autovía. Aún me sentía desconcertado, sin la fuerza necesaria para tomar decisiones, cerré los ojos al percibir la velocidad en la carretera. Pude conciliar el sueño. Caí desconcertado en el desfiladero oscuro y misterioso. Seguramente soñaba yo que el doble, la copia, el otro, el autor falsificado, bajo los efectos de la clonación duplicaba su imagen y voz, y recitó en voz alta, reproduciendo la voz de Oscar Wilde:

-La ambición es la última etapa del fracaso.

Con bastante atención lo escuché, porque pretendía refutarle aquella sentencia, pero brotó un halo de misterio, y advertí que su figura se transformaba. En pocos segundos, de reojo admiré el rostro de uno de los más famosos escritores de Inglaterra. Aquel personaje formaba parte de las mejores leyendas de las letras universales. Sin pensarlo mucho, llegué a la conclusión de que significaba el contundente enigma de los recuerdos enmarañados entre la penumbra del olvido.

Y gesticulando continuó, magistralmente, su intervención, sin apenas poder acomodar cada una de las citas que recitó de memoria. Después de un largo rato caí en un profundo sueño, agobiado por las sorprendentes historias que pertenecían ya al pasado.