viernes 20 de noviembre de 2009

JOSÉ EMILIO PACHECO Y SU PLUMA SHEAFFERS




Raúl Hernández Viveros



Cuando apareció mi primer libro de relatos La invasión de los chinos, en 1972, con una nota de presentación de Jorge Rufinelli, le envié por correo postal un ejemplar a José Emilio Pacheco. Hasta este instante, no puedo olvidar sus comentarios que me hizo por la entonces acostumbrada vía epistolar, con la tinta verde de su pluma fuente Sheaffers. Recuerdo que con su caligrafía me recomendaba la importancia de leer El complot Mongol, de Manuel Bernal, novela de intriga policíaca. A los pocos días de esta lectura, nació en mí el interés por el conocimiento de este tipo de literatura. Hasta nuestros días conservo todavía la hoja amarillenta y el sobre con los timbres postales anulados por la fecha correspondiente, y las líneas de José Emilio Pacheco, porque resultó, efectivamente, para mí el primer respaldo hacia mis aspiraciones literarias.Al poco tiempo, lo invité a participar en el ciclo de lecturas “Aproximación a la poesía mexicana”. Fue hace varias décadas, y José Emilio Pacheco permaneció un fin de semana en nuestra ciudad, donde bastante emocionado compartió varias horas, en las cuales pudo asombrarme, y me sorprendió por su conocimiento de las letras universales. Hubo un largo paréntesis hasta que la Universidad Veracruzana le concedió el Doctorado Honoris Causa, y fundó el Premio de Poesía que lleva su nombre. En el transcurso de estos meses, José Emilio Pacheco celebró sus 70 años, que alcanzó su máximo reconocimiento a su larga trayectoria literaria con el Premio Reina Sofía.Dicho galardón me hizo volver a leer varios de sus libros, porque sentí la necesidad de escribir sobre algunos textos suyos que encontré entre mi biblioteca. Quedé profundamente cautivado por el interesante artículo sobre la relación de trabajo que mantuvo en las postrimerías de su juventud con el maestro Juan José Arreola. Se trata de un texto publicado en el número 93 de la revista Tierra Adentro[1], como homenaje en aquel momento por la conmemoración de los ochenta años del autor de Varia invención, Confabulario, La Feria, Palindroma y Bestiario.José Emilio Pacheco explicó entonces, en su trascendental reflexión, “Amanuense de Arreola”, la historia de cómo ayudó a la escritura de cada fragmento que recogió de las invenciones orales de Juan José Arreola, que armaron las páginas de Bestiario. La inmensa amistad entre ambos creadores, permitió la cercanía que abrió las puertas de la confianza para reconocer al verdadero discípulo, que participaba en sus reuniones editoriales, y reseñaba las aportaciones de sus colegas y miembros participantes en las páginas de la serie los Cuadernos del Unicornio. José Emilio Pacheco, orgullosamente, reconoció su papel de calígrafo de Arreola:“La historia se resume en una frase: Bestiario, obra maestra de la prosa mexicana y española, no es un libro escrito: su autor lo dictó en una semana. Algunos de sus textos, si la memoria no miente, son anteriores a esos días de diciembre de 1958. “Prólogo”, “El sapo”, “Topos”, y quizá haya alguno posterior como “Ajolotes”. Sin embargo, la mayoría resuena en mi interior como los escuché por primera vez, los escribí con pluma Sheaffers de tinta verde y los pasé a una máquina Royal para que Arreola los revisase. “El gran rinoceronte se detiene. Alza la cabeza. Recula un poco. Gira en redondo y dispara su pieza de artillería. Embiste como ariete, con un solo cuerpo de toro blindado, embravecido cegato, en arranque total de filósofo positivista”.[2]Frente a la precoz inteligencia del joven escritor que escuchaba y vigilaba cada una de las palabras y las enseñanzas del maestro, fue cuando José Emilio Pacheco se abrió a la sabiduría de una de las principales voces narrativas y promotores de las letras mexicanas. Por lo tanto, en estos encuentros pueden situarse los cimientos, la estructura y la forma de la escritura del poeta, narrador y crítico literario: José Emilio Pacheco. Por lo cual, conviene subrayar las siguientes líneas:“Tenía quince años cuando descubrí a Arreola en las clases de José Enrique Moreno de Tagle, maestro de tantos escritores mexicanos –recuerdo por ahora a Carlos Fuentes, Jorge Ibargüengoitia, Marco Antonio Montes de Oca– que hemos sido ingratos con él, a diferencia de los alumnos de Erasmo Castellanos Quinto y tantos otros. Moreno de Tagle nos dictaba una página diaria de la mejor prosa y nos incitaba a leer el libro completo. En la lejanísima librería del Fondo, que estaba en el campo entre México y Coyoacán y frente a un paisaje bucólico, adquirí Confabulario y Varia invención, en un solo volumen”.[3]También hace unos días pude ubicar entre mis papeles y textos antiguos su Antología del modernismo 1884-1921, publicada en dos tomos por la UNAM, en 1978. Al revisar el valioso e interesante prefacio, tuve la revelación de que desemboca en un verdadero estudio sobre dicho movimiento literario. Me asombré por la capacidad de enseñarnos no sólo el registro de los principales autores que participaron y promovieron la fuerza de las palabras para hacer que la poesía descendiera de su pedestal casi místico. Del escenario sagrado de los santos y vírgenes frente a las alturas de un Dios todopoderoso, hasta caer a un lado de los seres humanos. Este desenvolvimiento fue revisado como la evolución literaria e histórica, minuciosamente, por las líneas críticas de José Emilio Pacheco. Sin pensarlo recité las líneas de Agustín Lara: “Como un abanicar de pavos reales, / en el jardín azul de tu extravío, / con trémulas angustias musicales, / asoma a tus pupilas el hastío. / Es que quieren volver / tus amores de ayer / a inquietarte…”También fue cuando me vino a la mente el estudio de Arqueles Vela Teoría literaria del modernismo, ediciones Botas, 1949, como punto de partida y referencia obligada sobre la interpretación filosófica, estética y la forma literaria que emplearon los iniciadores de este tipo de lírica, que renovó la estética de las tendencias literarias en América Latina. A través de la lectura de la interesante antología, llegué a comprender la vital importancia de conocer y estudiar a cada uno de lo poetas propuestos por José Emilio Pacheco.No obstante, el crítico literario siempre preocupado y atento por el respeto y bajo la perspectiva de la historia que revisa el pasado para comprender lo actual y contemporáneo. Desde la mirada que impulsaba la observación, José Emilio Pacheco dejó la crónica del paso del siglo XIX al XX, con las constantes inquietudes sobre las vetustas estructuras políticas y falta de un proyecto de cultura moderna, igual como sucede con el desarrollo de México.Para mí otro libro indispensable de José Emilio Pacheco, es José Luis Borges, una invitación a su lectura, ediciones Raya en el agua, 1999. Libro que tuvo un tiraje de cien mil ejemplares. Me parece una joya de la crítica, la investigación literaria y verdadero culto a la imaginación, en donde mediante varios enfoques, el lector obtiene suficiente información bibliográfica sobre los vitales creadores y promotores de la literatura de América Latina, y España, como fueron Pedro Enrique Ureña, Alfonso Reyes, y Jorge Luis Borges.Un estudio de aprendizaje sobre el arte de la escritura; ensayo profundo acerca de los nacimientos de un autor moderno, que advirtió de la trascendencia y la inmortalidad de la literatura. Acto de fe y veneración al creador de misteriosos laberintos de la fantasía y enigmáticos textos. El amor sincero y el reconocimiento al placer de la lectura. Con la suficiente dosis de fina ironía, significa el reencuentro con el humor que persigue y destruye al lugar común de las letras hispanoamericanas.El ejemplo magistral de una asistente doméstica de Jorge Luis Borges, Fani Uveda, quien, entre otras cosas desempeñaba el papel de organizar el horno crematorio que aniquilaba miles de papeles, y materiales inservibles. Esta mucama llegó a quemar alrededor de quince mil libros que leía ella personalmente, porque debido a la ceguera, Jorge Luis Borges no podía ocuparse, y encargaba a la asistente tal menester. Sin embargo, la doméstica puntualmente escribía sus impresiones, que llenaban los informes completos realizados en voz alta delante de Jorge Luis Borges. Misteriosamente, José Emilio Pacheco pudo rescatar lo siguiente:“La sangre de Medusa por J. E. Pacheco. Pobre de El señor con su cauda de imitadores lamentables. Estos cuentitos mexicanos me dieron la impresión de leer la prosa de Borges con acento de Cantinflas."[4]Después de la lectura reciente de las creaciones, de José Emilio Pacheco, citadas anteriormente, vuelve a inquietarme por el hecho de aceptar y obtener aproximaciones y encuentros con la obra de uno de los más importantes poetas de México; narrador consumado sobre algunos aspectos de la esencia mexicana, estudioso de las letras universales, y maestro de varias generaciones de escritores, contemporáneo. Vale la pena insistir en la didáctica que se desprenden en algunas líneas de su discurso:“Como escribió Vicente Aleixandre, lo mejor que puede afirmarse acerca de uno cuando ya no esté aquí es: “Recogió la herencia del pasado y la trasmitió hacia el porvenir.” Una vez más la Universidad Veracruzana me honra sin medida al poner mi nombre al Premio Universitario de Poesía. El Honor es tanto más grande cuanto que acompaño en este privilegio a Carlos Fuentes y a Sergio Pitol, quienes han sido a lo largo de tantos años mis amigos y mis maestros”.[5]Debo rescatar y comentar algunas de sus recientes colaboraciones en la Revista de la Universidad de México:[6] “Un cuento en cinco actos y en verso”, o “Poemas inéditos”, porque insisten en recordar las enseñanzas de Pedro Henríquez Ureña, relacionada con “la práctica constante de un prosa cada vez más simple, fluida y exacta”. Al mismo tiempo que coincide con la visión y la estructura narrativa de su novela Morirás lejos[7]. Por lo cual es conveniente citar estas líneas:“Y eme, como se dijo, preferiría continuar indefinidamente jugando con las posibilidades de un hecho muy simple: A vigila sentado en la banca de un parque, B lo observa tras las persianas; pues sabe que desde antes de Scherezada las ficciones son un medio de postergar la sentencia de muerte[8]”.También destacar que en la brevedad de cada uno de sus versos, José Emilio Pacheco diseña la interpretación de su universo literario, define que “El mundo es teatro por un breve espacio/ Representamos nuestra farsa trágica”, como un espectáculo de la realidad de México. En donde existe sólo la posibilidad de encontrar: “El consuelo único/ De estar aquí/ Condenados sin culpa alguna/ A cadena perpetua en el zoológico”. Estos versos forman parte de su nuevo libro Como la lluvia.Dentro del misterio de la orfandad, a cada instante, José Emilio Pacheco enfrenta las dudas y preocupaciones de nuestro destino. La idiosincrasia del ser mexicano que oculta sus terribles dudas hacia el encuentro con aquella parte que se enfrenta hacia el interior de cada uno de nosotros. Las batallas perdidas de antemano frente a la fatalidad de nuestro propio, y único destino. Extraviados en el desierto de la aniquilación, la frustración y la impotencia que el escritor descubre por medio de la literatura en su lugar de origen. Con sus poemas, relatos y ensayos, José Emilio Pacheco representa, utiliza, e interpreta las características para identificar y especificar los vasos comunicantes, o las señas de identidad que definen y enfatizan las diferencias de la cultura mexicana.[1] Agosto-septiembre de 1998.[2] Revista Cit., p. 4[3] Revista Cit., p 4[4]Op. Cit., José Luis Borges, una invitación a su lectura, ediciones Raya en el agua, México, 1999.[5] La Palabra y el Hombre, enero-marzo 2005, no. 133, p. 151-152[6] Núm. 59, enero 2009. Núm. 64, junio 2009.[7] Joaquín Mortiz, México, 1968[8] Pacheco, José Emilio, Morirás lejos. SEP y Joaquín Mortiz, Lecturas Mexicanas, Segunda Serie, No. 65, México, 1986, pp. 48-49.
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lunes 12 de octubre de 2009

Rafael Delgado





Raúl Hernández Viveros


Recuerdo que hace muchos años, tuve la oportunidad de asistir casi todas las tardes, como estudiante a la Escuela Secundaria y de Bachilleres Nocturna de Orizaba, Veracruz. Nunca pude olvidar la fotografía sepia de Rafael Delgado que se distinguía enganchada a la entrada de la biblioteca con el nombre del autor de La Calandria. Para mí resultó un verdadero misterio, el tratar de investigar algunos datos sobre aquel rostro con bigote, ojos iluminados y frente ancha que advertía sobre la firmeza de una vital y terrible inteligencia. Desde luego, Rafael Delgado impartió cátedras en el entonces llamado Colegio Preparatorio de Orizaba, donde se desempeñó como director y promotor de varias generaciones de estudiantes, en sus aulas fomentó la divulgación de autores universales.
Al poco tiempo, me enteré de que a la ciudad, la bautizó como Pluviosilla. En aquella época, cuando éramos jóvenes, nos referíamos a ella como el pueblo de las aguas alegres, por sus lagunas y ríos todavía transparentes. Después, entre los libros de la biblioteca descubrí varios ejemplares de la revista trimestral “Universidad Veracruzana”. En el número 2, Año II, Abril-junio de 1953, me aproximé por primera vez a la lectura y conocimiento de un cuento; género literario que hasta la fecha representa una de mis vitales preocupaciones frente a la creación que me agobia cada día, en mi trabajo cotidiano de narrador.
Tal vez en aquel instante nació mi decisión por entregarme a la creación literaria. Leí varias veces el cuento “La chachalaca”. Entre lagrimas y sollozos llegué al final de las descripciones bajo la cita seleccionada por Rafael Delgado: “El pensamiento humano, / como el mar, sus cadáveres arroja.” Sin duda alguna, la comprensión de cada párrafo me llevó a enfrentarme con la experiencia juvenil, la inocencia infantil, el interés o curiosidad más bien por los asuntos de la vida, delante de la perversidad que a cada instante brota en los seres humanos.
La desgracia de navegar entre la vida de los adultos y el papel del frágil paso de la infancia a la adolescencia, me hizo descubrir las verdaderas delicias del interés por las mujeres, los libros y las aguas alegres elaboradas en la cervecería Moctezuma. No puedo olvidar el final de aquella pequeña obra maestra de la narrativa mexicana: “Esta es la historia, amigo mío. Cuando la recuerdo, y la recuerdo todos los días, y siempre con dolor y remordimientos crueles, me pregunto: -¿Qué sentirá el asesino cuando le ponen delante de su victima?”.
En otra ocasión, revisé el sumario del número siguiente de “Universidad Veracruzana”. Mi asombro llegó a alturas infinitas, al encontrar páginas dedicadas en homenaje a Rafael Delgado; fue una revelación hacia el amor por el autor de Los parientes ricos, Historia vulgar, y Angelina. En dicha monografía se recogieron excelentes ensayos que estudiaron la obra literaria, con motivo de la celebración centenario de este autor, quien nació en Córdoba, 1853, y murió en Orizaba, 1914. Por lo cual se organizaron eventos culturales, y concursos literarios a nivel internacional. También la Universidad Veracruzana editó las Obras completas, de Rafael Delgado, con los volúmenes: “Poesías”, “Conversaciones literarias”, “Estudios literarios”, “Discursos”, y “Lecciones de literatura”, (en dos tomos).
Fue para mi trascendental la ubicación de las líneas de Federico Gamboa: “…un caballero de buen pergeño oscuro, de poblado mostacho de mirar hondo y expresivo, de voz opaca y tarda, parco en ademanes y sonrisas, armada la diestra de cigarrillo de papel cuya lumbre adquiría relieve y cuerpo en las crecientes y tercas agonías crepusculares…” Por su parte, Amado Nervo hizo la extraordinaria descripción: “Delgado era un hombre de mediano estatura, de regulares carnes, de inteligente cabeza, coronada por cabellos ligeramente rubios y en la cual se advertía insipiente calvicie, ojos de sincera mirada, correcta nariz y boca de expresión bondadosa”.
Toda esta información actuó en mi espíritu, un conocimiento para abrir las puertas a la imaginación, y aceptar el mundo de la fantasía. Ahora me pregunto qué aconteció si mis días adolescentes, hubieran pertenecido a otra historia. Existía la necesidad de comunicarme con experiencias fuera de la vida provinciana, y me llamó la atención que a pesar de la pequeñez en el ambiente provinciano, Rafael Delgado logró su propia y original trascendencia a través de sus libros.
En un rincón de la biblioteca, muy cerca de los libros de textos preparatorianos, con bastante asombro pude alcanzar el libro Lecciones de Litera­tura (Estilo y composición), obra editada por la imprenta del Gobierno del Estado de Veracruz, en 1904. Comencé el recorrido por el análisis y estudio del estilo y la composición, propuesto por el autor de La Calandria. Para mi representó una enciclopedia sobre el arte de la escritura, desde el punto de vista de un verdadero escritor, y un mentor que transmitía su experiencia literaria, mediante la lectura crítica de sus autores preferidos y admirados.
Se trataba de apuntes que Rafael Delgado dictaba a sus alumnos en la Escuela Preparatoria de Xalapa, los cuales fueron posteriormente recogidos en el mencionado un libro. Comprendí que significaron el proyecto de escribir bien porque con ello se identificaban el talento, el alma y el gusto literario. Con suficientes fragmentos y citas de sus autores seleccionados, Rafael Delgado demostró que fue un contemporáneo de los escritores de su tiempo, y además manifestó su amor por el contacto con otros idiomas, en diversas traducciones suyas Desgraciadamente, la segunda parte “Retórica y Poética”, no pudo salir a la luz pública, y sólo permanecieron algunas hojas amarillentas de sus apuntes, olvidadas en un rincón de la biblioteca de Orizaba.
Sin embargo, la lectura de Lecciones de Litera­tura (Estilo y composición), me permitió aproximarme al arte de escribir, a buscar la técnica del estilo literario, que se puede aprender y perfeccionar. Mi encuentro con las obras de Rafael Delgado, lentamente abrió las posibilidades del recurso a la descripción; de cómo se puede escribir para rescatar infinidad de recuerdos o historias inolvidables, amores imposibles y derrotas sentimentales, como lo advirtió Rafael Delgado en estos versos: “ella empieza a vivir y nada sabe! / él sabe todo y a olvidarlo empieza!”.
Este autor veracruzano se llegó a incluir y considerar como parte de una trilogía de novelistas realistas, al lado de Emilio Rabasa y José López Portillo y Rojas. Puede consultarse la nota crítica de Carlos González Peña, en su Historia de la literatura mexicana, Editorial Porrúa, 1928. Escribió poemas, cuentos, novelas y breves obras de teatro. Fue apreciado como un amante que describió el paisaje maravilloso y real de su lugar de origen, en el centro del estado de Veracruz.
También destacó como uno de los creadores e impulsores de las formas del realismo literario, en base a la observación profunda y minuciosa de las relaciones humanas, y principalmente por su amor a cada una de las cosas de su lugar de origen o vivencias dentro de la exuberante naturaleza veracruzana. Del romanticismo enlaza a un costumbrismo que es ampliamente superado en la concepción directa de los conflictos y ambiciones; planteó y proyecto la conciencia de los seres humanos arraigados en la tranquilidad, falsa ingenuidad y cinismo de la vida provinciana.
Toda esta experiencia del hecho de vivir, lo impulsó hacia las meditaciones retrospectivas de personajes agobiados por su profunda cimentación religiosa frente a la preocupación de las cosas materiales, las mujeres y las bebidas alegres de Pluviosilla. Rafael Delgado obtuvo el impulso de la comprensión y análisis de escritores que le fueron contemporáneos, y ahondó en las fuentes extraordinarias de las propuestas literarias de Cervantes, Shakespeare y Flaubert. Por lo tanto, su escritura exploró diversos temas, vivencias y hechos significativos entre las frustraciones y victorias del espíritu creador.
A su muerte, Salvador Díaz Mirón escribió: “El alto varón murió en la fuerza de la edad, consumido por su genio como un cirio por su llama”. Luego de realizar un recorrido en caballo de Jalapa a Orizaba, falleció al intentar imitar a su personaje Gabriel, quien “pretendía ser muy hábil en su oficio, y se preciaba de consumado jinete”, p.44, en La Calandria, cuarta edición, “Clásicos mexicanos agotados, 1931”. Pocas veces la palabra escritor se logró unificar con la de maestro. Un poeta por obra y gracia de la naturaleza. Un narrador con un misticismo persistente, pero alejado de los dogmas, y arraigado en el escenario provinciano, amor y respeto por el paisaje veracruzano.



jueves 17 de septiembre de 2009

Los atributos del sacrificio




¿Acaso habrán de desbaratarse, acaso habrán de deshacerse?
Fragmento de oración a Tezcatlipoca

Para Paul Ricoeur,[1] la metáfora tiene las posibilidades de “sugerir algo distinto de lo que se afirma”, y “lo contrario de lo que se dice”. Dentro de esta perspectiva, conviene analizar el papel de las diversas significaciones propias y representativas que se registran en la creación y registro de los mitos. De acuerdo con C. G. Jung,[2] los “esfuerzos para reducir a unas pocas unidades los arquetipos que según su multiplicación politeísta y sus divisiones hallábanse desparramados en innumerables variantes y personificados en dioses aislados.” Por lo que Luis Barjau[3] reunió valiosas interpretaciones sobre Tezcatlipoca, sus nombres, representaciones y atributos, en una breve y notable investigación.
Enrique Florescano[4] advirtió sobre el “enfrentamiento prodigioso entre el malévolo Tezcatlipoca y el sabio y pacífico Quetzacóatl”, hasta conseguir que “este reino feliz fue destruido por una combinación de catástrofes dirigidas por el perverso Tezcatlipoca (Espejo Humeante), un poder negativo que diseminó pestes, hambre, terror y conflictos entre los toltecas”. Con su poder mágico pudo transformarse en un anciano, que encantó a Quetzalcóatl, ofreciéndole la bebida de la inmortalidad. Al embriagarlo, perdió la dignidad y la compostura, con esto lo expulsó para siempre de su hermoso palacio en Tula. Christian Duverger[5] reconoció que “La única bebida alcohólica de los aztecas que se conoce es el octli, el jugo del ágave fermentado”. Sólo podían emborracharse los enfermos, los viejos, o mujeres antes del parto y después para la crianza. Afirmó Duverger que “dicho de otra manera, cada quien tiene una ebriedad diferente, cada quien vive, en cada ocasión, una experiencia de embriaguez particular”.
Según Ometéotl, padre y madre del universo, principio dual, masculino y femenino, tuvo cuatro hijos: Xipe, Tezcatlipoca negro, Quetzalcóatl, y Huitzilopochtli. La imagen del Espejo Humeante, significaba el poder observar entre las tinieblas del pensamiento, el verdadero rostro y el espíritu de cada persona. Un viaje retrospectivo al encuentro con uno mismo, para comprender la existencia de los demás. La representación del lado oscuro, más allá de los límites entre la realidad y la inconsciencia. Detrás de la noche, la luna y las estrellas, acompañaban el llamado del dios supremo, al que todos eran sus esclavos. El creador, tirano y caballero de luto. El que inventaba a la gente; disponía lo que debían de hacer, y se burlaba de todo. El de la eterna juventud que utilizaba el desdoblamiento de muchas personalidades.
Tezcatlipoca volvió a trasmutarse en un joven vendedor de chiles, y con el fin de desprestigiar la grandeza de Tula, y al rey Huémac. Cuando su hija visitó el mercado descubrió el miembro viril del extranjero, “antójesele”. Al verla enferma, su padre mandó a traer al muchacho. Después de bañarlo y raparlo, Huémac se lo entregó a su hija, quien luego de copular, sanó, y se convirtió en su yerno. “Este parentesco enojó tanto a los toltecas que la mayor parte de ellos, muy disgustados del sitio preponderante dado al extranjero Tobeyo, se revelaron contra Huémac”[6].
Tezcatlipoca ilusionaba a todos los que lo veían, era el intermediario, que decidía y mandaba, el señor de las tinieblas, el dios de la noche, la perversidad y la intriga. Siempre invisible, por la que era omnipresente. Tenía la habilidad de conocer los sentimientos, y manipular la conducta de las personas. En su iconografía, las imágenes destacaban por los colores brillantes en su vestimenta, y el rostro escondido bajo una franja oscura, misteriosa por su amenazante peligro de castigos, sacrificios y traiciones. En su pecho resaltaba el espejo de obsidiana, en el cual quien se asomaba descubría sus imperfecciones y maldades, y se tenía que disciplinar a la obediencia del servilismo dogmático religioso.
Su nombre también significaba enemigo, y al mismo tiempo era el maestro hechicero, que controlaba las fuerzas de la destrucción. Tezcatlipoca mantuvo el equilibrio de la creación del aire con el ritmo de la música. Perfeccionó el empleo del arco y las flechas, con el encantamiento, daba y quitaba la riqueza, y otorgaba un trato digno a los esclavos. Sin embargo, Tezcatlipoca negro se identificaba con el lado norte del universo, donde estaba Mictlán, región de los descarnados que es el mundo de los muertos. El norte era una región árida por donde soplaban los vientos fríos de la muerte, igual que en Comala, de Juan Rulfo.
Patrono de guerreros y príncipes; todopoderoso, inmutable, representante de las tinieblas. Guardián del cielo y de la tierra, fuente de vida y muerte, amparo del hombre, origen del poder y la felicidad. Dueño de las batallas, invencible e incorpóreo. Entre los toltecas, fue un protector que descendió del cielo con la ayuda de una telaraña. Los sacrificios en honor a Tezcatlipoca, eran como la resurrección. En estas fiestas se elegía a un joven apuesto para vivir un año de lujuria y placer. Luego se le disfrazada de Tezcatlipoca, recorría las calles tocando la flauta; subía a lo alto del templo, donde rompía cuatro flautas que señalaban los puntos cardinales, y entonces se le extraía el corazón. J. M. G., Le Clézio[7] analizó el papel del tirano cruel e injusto, el que manejaba las discordias, enemistades y guerras, un demonio que irradiaba infinita crueldad. El espíritu que susurraba entre el viento nocturno, detrás de las sombras de la noche, siempre al lado de las deidades de la muerte, epidemias, miseria y pobreza, maldad o destrucción. El culto protector de los hechiceros, malhechores y corruptos. Aparecía cuando el sol se ocultaba en el horizonte, y brotaba el señor de la noche.
El hechicero aparecía encarnado en un tigre que vigilaba los manantiales. Desde el corazón de la montaña llegaban sus nahuales, seres sobrenaturales involucrados con la metamorfosis y transfiguración; al desprenderse de la piel, tomaban diversas formas de animales, o seres humanos. Por las noches se convertía en guajolote, era la serpiente que atravesaba las nubes, y provocaba las tormentas. En los amaneceres era el dios de los cazadores, y al atardecer se mostraba como la estrella de la tarde.
En 1508, algunos “pescadores del lago capturaron con la red un gran pájaro ceniciento, parecido a una grulla, símbolo del pueblo azteca. Se lo llevaron a Moctezuma. El pájaro tenía en la cabeza un espejo esférico, ahumado y perforado en el medio: el espejo del gran dios Tezcatlipoca. Allí aparecía una noche de profunda oscuridad…”[8] Con esta premonición comenzó la destrucción de la memoria histórica de los indios de México, la imposición de otros dioses en los grupos étnicos de México. A partir de este instante, Tezcatlipoca reencarnó en la imagen de Cristo martirizado en la cruz, y en la sangre que resbala del cuerpo sacrificado de Jesucristo. “Toda mimésis, incluso creadora, sobre todo creadora, se sitúa en el horizonte de un ser en el mundo…”[9]. Desde la región de los muertos, Tezcatlipoca se burla y ríe del mundo de los vivos inmersos en la incertidumbre, violencia, corrupción, trampas, hambrunas, desprecio por el sufrimiento, y los sacrificios actuales del pueblo mexicano.
[1] Paul Ricoeur, La metáfora viva, Editorial Trota, Madrid, 2001.
[2] C. G. Jung, Símbolos de transformación, Paidós, Barcelona, 1992.
[3] Luis Barjau, Tezcatlipoca, UNAM, México, 1991.
[4] Enrique Florescano, Memoria indígena, Taurus, México 1999.
[5] Christian Duverger, La flor letal, Fondo de Cultura Económica, México, 1983.
[6] Ignacio Bernal, Tenochtitlan en una isla, Sepsetentas, México, 1972.
[7] J. M. G., Le Clézio, El sueño mexicano, Fondo de Cultura Económica, México, 2000.
[8] Pietro Citati, La luz de la noche, Seix Barral, Barcelona, 1997.
[9] Paul Ricoeur, Ob Cit. p. 65

jueves 2 de julio de 2009

Estridentismo




Raúl Hernández Viveros
Una razón de estrategia
Desde hace varios años, tuve el proyecto de escribir una serie de retratos en donde pudiera haber hecho la descripción de algunas personalidades literarias que conocí durante el desarrollo de mi existencia. Desde luego, mi propuesta sólo intentaba dejar constancia y tributo sobre algunos de mis maestros más significativos que acompañaron mis años de aprendizaje. Etapa que todavía prosigue hasta que aparezca el instante de extraviarme en los rincones de la memoria, cuando las palabras se escondan detrás de las montañas de libros y revistas.
Por lo tanto, en esta ocasión voy a referirme, con bastante brevedad, sobre un destacado amigo y fuente de inspiración; desaparecido físicamente, pero presente con nosotros a través de la lectura de sus trascendentales investigaciones literarias y enseñanzas sobre el inmenso placer de la literatura. Con el respaldo de Luís Mario Schneider, se abrió la oportunidad de consolidar la compañía de un formidable grupo de la Facultad de Letras de la Universidad Veracruzana. Para mi resultó todo un acontecimiento conocerlo y admirar su elegante figura, el tono argentino en sus conversaciones, y su profundo amor por la literatura. Recuerdo el entusiasmo que inculcó en las aulas universitarias, y principalmente en las reuniones que se prolongaban horas después en su casa de la capital veracruzana. Por supuesto, quedé asombrado por su conocimiento de las letras de Veracruz. Luís Mario Schneider ya había realizado la búsqueda de las obras completas de nuestro poeta veracruzano Jorge Cuesta, al lado de Miguel Capistrán.
No obstante, comenzó a mostrarnos la importancia de leer la literatura realizada por los cronistas, quienes dejaron constancia del descubrimiento, conquista y choque entre dos culturas diferentes. Luego encabezó el deslumbramiento hacia los valores de la literatura mexicana del XIX, posteriormente abarcó un examen crítico con el estudio de las principales aportaciones, que hizo la novela de la Revolución mexicana. Creo que fueron los cimientos de una metodología y la construcción de un marco teórico sobre las profundidades en el conocimiento de las letras mexicanas.
Un acontecimiento importante
Al mismo tiempo, Luís Mario Schneider organizó una serie de actividades culturales para enseñarnos a leer ante el público. Un recital inolvidable fue el que bajo su dirección, estuvo dedicado a la poesía prehispánica y surrealista, lo cual abrió mi pensamiento en dirección a otros rumbos de la fantasía, la estética y la creación literaria. Sin embargo, lo mejor estaba por llegar. Esto lo representó un acontecimiento importante.
Un día en el salón de clases, Luis Mario Schneider comenzó a ofrecernos las posibilidades en el proyecto de estudiar y leer las obras de Rubén Darío. La presencia del creador del Modernismo en tierras veracruzanas, rindió sus frutos con la ubicación de algunas fotografías, como simples recuerdos de su visita a Teocelo y Xalapa. De la capital veracruzana pudieron rescatarse algunos recibos de hoteles y bares, en donde Rubén Darío estampaba su firma que luego iban a cobrarse a la tesorería del Estado.
Posteriormente, vino a informarnos sobre le existencia del movimiento Estridentista, en la capital veracruzana. Fue el descubrimiento, que advirtió una mina de oro de las letras mexicanas. Por lo tanto organizó al grupo de sus estudiantes para que, en primer lugar, hicieran las fichas correspondientes de los libros y documentos, que entonces conservaba el archivo de la editora de Gobierno del Estado de Veracruz. Espacio cultural que aparte de realizar publicaciones oficiales, también editaba obras literarias, y donde hicieron los libros y revistas estridentistas. A mí me tocó hurgar en algunos números y las paginas de la revista Horizonte. Por primera vez leí fascinado un cuento de Antón Chéjov, traducido especialmente para dicha publicación, que tenía el subtitulo de “Revista de actividad contemporánea”. En verdad, fueron contemporáneos de los movimientos literarios a nivel mundial.
Manuel Maple Arces reunió en Xalapa a este puñado de precursores de las letras nacionales, continuadores, cultivadores y promotores del futurismo italiano, y al mismo tiempo de la visión literaria de Vladimir Mayakovsky. Fueron asombrosos sus proyectos que intentaron mostrar el rostro estético del movimiento intelectual posterior a la Revolución mexicana. Indiscutiblemente, fue increíble para mí en aquella parte lejana de mi juventud, el poder tener en mis manos libros, manifiestos, y hasta partituras musicales de otra de las creaciones del Estridentismo, como fue el jazz-danzón. Además de conocer grabados y pinturas de Leopoldo Méndez, Jean Charlot, Roberto Montenegro, y Ramón Alba de la Canal, entre otros artistas gráficos.
En aquellos años estudiantiles, yo visitaba constantemente el taller de Ramón Alba de la Canal, uno de los sobrevivientes del Estridentismo. En cierta ocasión, apareció la figura alta y de piel rosada de Germán List Arzubide. Al lado del cuerpo pequeño de Ramón Alba de la Canal, el autor del libro El estridentismo, resultaba como un gigante. Los comparé con David y Goliat, a quienes imaginé que intentaban enfrentarse en un duelo literario, que les permitiera a los dos comenzar a recordar fragmentos de pasajes y actos culturales realizados en la capital veracruzana.
En aquellos años de efervescencia literaria, planeaban construir una estatua de Manuel Maples Arce, en pleno centro de Xalapa. Años más tarde, luego de la desaparición física de los últimos sobrevivientes estridentistas, se cumplió el proyecto. En pleno centro de la ciudad, inauguraron un torso de bronce con el rostro del poeta de Papantla. Pero casi de inmediato, el busto de Manuel Maples Arce, fue robado, y hasta la fecha en su lugar permanece una enorme caja metálica, en donde se esconde un transformador de la Comisión Federal de Electricidad, como verdadera expresión y ejemplo de la propuesta estridentista.

Andamios interiores
Con nuestras aportaciones realizadas en fichas bibliográficas y resúmenes de lectura, Luis Mario Schneider publicó años más tarde los libros El estridentismo o una literatura de la estrategia, Instituto nacional de Bellas Artes, 1970, y El estridentismo, México 1921-1927, UNAM 1985. En sus páginas estudió y recopiló una fundamental antología de las voces esenciales del movimiento literario más valioso fuera de la capital mexicana en aquellos años. Desde los números de Actual, con los manifiestos hasta la ubicación de textos narrativos, poéticos y de ensayo.
Hay que señalar que el compatriota de Luís Mario Schneider, Jorge Luís Borges, en 1925, hizo una lectura crítica del libro Andamios interiores, el cual Manuel Maples Arce dio a conocer en 1922. Sin duda alguna, este fragmento de Inquisiciones (Editorial Seix Barral, Biblioteca Breve, México, 1994), demostró la inteligencia del autor de El Aleph. Vale la pena volver a revisarlo para darse cuenta del impacto que tuvo el Estridentismo, en aquel periodo, de la vida literaria de América Latina y de España.
En primer lugar, Jorge Luis Borges reconoció cierta, o más bien alguna admiración por Manuel Maples Arce. Por lo tanto, dicho esto consideró indispensable llevar a cabo una crítica sobre el libro Andamios interiores. Entre las acotaciones señaló la variedad de sensaciones logradas, por ejemplo: “En el piano automático / Se va haciendo la noche… Un incendio de aplausos consume las / lunetas… Yo soy un punto muerto en medio de la / hora / equidistante al grito náufrago de una / estrella”. Jorge Luis Borges entonces recordó la rejuvenecida metáfora de Quevedo que dijo a las estrellas: “Vosotras de la sombra voz ardiente”.
Sin embargo, en nuestros días todavía, el Estridentismo no ha provocado le erupción del Popocatépetl, tampoco desbandar a los totoles académicos, y menos urbanizar los gallineros literarios, o construir nuestros propios andamios interiores. Fue un movimiento artístico interdisciplinario que se inició el 31 de diciembre de 1921 en la ciudad de México, tras el lanzamiento del manifiesto Actual Nº1 por Manuel Maples Arce. Participaron Arqueles Vela, Germán List Arzubide, Salvador Gallardo, Germán Cueto, Ramón Alva de la Canal y Leopoldo Méndez, quienes constituirían el grupo estridentista.
En 1925, se establecieron en Xalapa, donde realizaron una gran labor editorial, cultural y educativa bajo los auspicios del gobernador de Veracruz Heriberto Jara, hasta que éste fue depuesto y el grupo se disolvió, en 1927. Como ya se advirtió el Estridentismo enlazaba algunas propuestas del futurismo de Marinetti, con la irreverencia Dadá, y la rebeldía de Mayakovsky. Entre sus revistas, destacaron Ser (1922), Irradiador (1923), Semáforo (1924) y Horizonte (1926-1927).
La presencia vital del grupo Estridentista en la capital veracruzana, representó el impulso creativo de inventar la Atenas, ciudad a donde llevaron el escenario del Café de nadie, las tertulias literarias, y el amor por las ediciones de libros y revistas. La glorificación dramática de inventar otra estética, después del movimiento armado de 1910. Demostrar la sátira y el humor de los lemas extraordinarios desprendidos de sus manifiestos. “¡Viva el mole de Guajolote! ¡Chopin a la silla eléctrica!, o ¡Muera el cura Hidalgo!”. El proyecto de glorificar el espectáculo de la Revolución mexicana, llevar lo cotidiano hacia el espacio de la creación literaria, y ensayar alternativas en las artes plásticas, literatura, o música, en las cuales irradiaron algunas tendencias artísticas fuera de los localismos y fronteras del horizonte hispanoamericano.


miércoles 17 de junio de 2009

LA VIDA OCULTA DE RAÚL HERNÁNDEZ VIVEROS





Marco Tulio Aguilera Garramuño

Raúl Hernández Viveros es un personaje extraño: tiene aspecto de turco y no se dedica al comercio sino a empresas culturales, que como se sabe, nunca reditúan ganancias como no sean las del espíritu satisfecho de quien consigue lo que aparentemente a nadie le importa; es un magnate inmobiliario que posee la mitad del centro de Xalapa, incluyendo lecherías, consultorios dentales, casas, apartamentos y otros locales; debería vivir en un pent hose en Boca del Río o Can Cun con vista a la playa, piscina y jacuzzis y a cambio vive en una modesta y laberíntica casa localizada en la poco cotizada zona de Azueta, rumbo a La Rotonda; podría dedicarse al dolce fare niente y en lugar de ello labora en la Facultad de Antropología de la UV donde nadie sabe a qué se dedica; cumple un horario de director y reparte su bonhomía por donde quiera que vaya; podría disfrutar de las chicas rubias de HugH Heffner y vivir en la Mansión Playboy y en lugar de ello se mantiene fiel a su Aída, que le ha dado dos hijos, uno comerciante en insumos de computadoras y otro brillante estudiante de administración de empresas y adicto a las mujeres que nunca pronuncian una palabra.

Raúl Hernández Viveros montó una imprenta en la que edita libros abstrusos de personajes abstrusos y con ambiciones literarias o académicas; sostiene la revista Cultura de Veracruz que es menospreciada por la élite de los intelectuales y aristas locales y muy apreciada por aquéllos que simplemente se dedican a escribir sin ver comas, puntos y signos de interrogación en ojos ajenos. Recientemente fue nombrado por una misteriosa cofradía de cultureros de la Ciudad de Veracruz como “Editor del año”, lo que cayó como una patada en el hígado a más de media docena de intelectontos jalapeños. (Como los indios tzeltales de Carlo Antonio o como los indígenas caribes, la élite de la cultura local dice Ana kariná róte. Amucón papororo itóto nantó. Sólo nosotros somos gente. Todos los demás son esclavos. Y en la versión tzeltal, ya traducida: Sólo nosotros somos hombres verdaderos. Así dicen los que se llaman a sí mismos verdaderos artistas.

Siendo en Xalapa la guerra tan encarnizada entre los que se dicen artistas verdaderos y aquéllos que simplemente se ocupan de la cuestión artística, propongo que se levante un muro de Berlín cuyo centro preciso sería atravesado por la calle Azueta. No dudo que tal propuesta será fielmente acogida en los medios de gobierno, pues habiendo determinado geográficamente quiénes son artistas verdaderos y quienes fantoches lusitanos, ya no habría rebatinga por las becas, que sin duda alcanzarían para todos los artistas verdaderos. La ciencia de la decadencia del intelectual becado nos llevaría pronto a un mundo feliz: cada beca que se da es un artista verdadero que se pierde. Pronto todos los ex becarios tendrían que pasarse al otro lado del muro de Berlín cuyo nombre podría ser Muro de Raúl Hernández Viveros, por ejemplo, a quien no le preocupa el menosprecio. Él está en lo suyo. Si se fuera a hacer una lista de todo lo que ha editado con su propio dinero y con el ajeno sin duda tendíamos un nuevo volumen que se sumaría a los veinte o treinta que ya tiene con su nombre.

Raúl Hernández Viveros es un personaje extraño. No tengo memoria de la primera vez que lo vi. Sí tengo memoria de muchos momentos compartidos. Recuerdo, por ejemplo, que disfrutábamos de un cubículo en la calle de Zamora, donde ahora está la Escuela para Extranjeros. Allí nos escondíamos tras montañas de libros para poder leer a nuestras anchas y escribir nuestras insensateces. Cuando queríamos comunicarnos simplemente apartábamos unos cuantos volúmenes para formar una ventanita entre él y yo. Recuerdo también que compartimos momentos polvorientos en la misma calle de Zamora. Nuestro trabajo consistía en enfrentarnos a una montaña de libros apilados de cinco metros de alto con un radio de siete metros. Allí estaban almacenados quizás veinte o treinta mil volúmenes, todos cubiertos de polvo, algunos deteriorados por la humedad. Eran los libros de la Editorial de la Universidad, publicados durante décadas y desclasificados por algún impío director editorial cuyo nombre no oso pronunciar porque entre otras cosas no lo sé. De aquella labor enciclopédica en el peor sentido del término salimos Raúl y yo enfermos con estafilococos que, por mi lado, dieron al traste con mi carrera como corredor de fondo –carrera que terminó precisamente en el Malecón de Veracruz, cuando, pasados tres kilómetros de sol, sudor y lágrimas, me dije no puedo más.

Pero eso sí: logramos subir la piedra de Sísifo y dejarla en la cima bien apuntalada: desempolvamos y clasificamos los veinte o treinta mil volúmenes. Creo que esa hazaña nos valió para que ascendiéramos en el escalafón de la universidad, que comenzamos verdaderamente desde abajo. Todo el mundo sabe que la carrera académica de Raúl Hernández Viveros y Mario Muñoz comenzó en Orizaba y Ciudad Mendoza, donde organizaban peleas de perros enmascarados. Luego Raúl comenzó con la costumbre de fundar revistas literarias, cine clubes y ciclos de conferencias con afamados escritores. Se rumora que Raúl tuvo que huir de Orizaba porque una sociedad de padres de familia consideró que sus actividades eran en extremo corrosivas para la buena moral y correcta organización de una ciudad que había hecho de la cerveza el elíxir de la larga vida. Otra versión asegura que Raúl salió de Orizaba por su propia voluntad, pues desarrolló una rara enfermedad que consistía en una urticaria rabiosa que le cubría de ronchas todo el cuerpo cada vez que olía el dulzón y pernicioso aroma de la cerveza. La única curación a esa rara enfermedad era la ingestión de un carísimo whisky de etiqueta azul cuyo precio rebasaba los mil pesos, whisky que no se conseguía en Pluviosilla y sí en Xalapa y cuyo distribuidor secreto era el doctor Roberto Williams García. Entonces podemos decir que no fue la cultura sino el olor del whysky lo que lo trajo a Xalapa. (Si don Gabo tuvo su olor a la guayaba, Raúl tiene el olor al whysky). Una tercera versión se refiere a la sórdida amistad que mantiene Raúl Hernández Viveros con Mario Muñoz. Cuando se conocieron Mario ya tenía ciento cincuenta años y estaba aburrido de vivir. Raúl supo de un médico que tenía la cura milagrosa para la longevidad no deseada y, movido por su espíritu samotracio y samaritano, le dijo a Mario: Vámonos para Xalapa, allí se muere cualquiera de aburrimiento (eran los tiempos en que esta ciudad permanecía hundida en la niebla ocho de cada doce meses, los tiempos en que el único sitio de diversión era La Parroquia y las únicas mujeres guapas las polacas y gringas de la Sinfónica.) Hoy, gracias a Dios, Xalapa ha cambiado. Hay muchos sitios de diversión, pasos a desnivel, universidades, antros, salones de masajes honestos y deshonestos (o al revés), todo ello a cambio de esos estorbosos árboles que fueron fielmente derribados, esas frondas de flores y esos paisajes de ensueño que tan perniciosos son para la vida del espíritu y para los pulmones de los tísicos, que antes eran legión y hoy se cuentan con los dedos de las manos de un manco. Hoy damos gracias que no hay tantos árboles estorbando a los bellos coches. Algo que no ha cambiado es el hecho de que Mario Muñoz sigue vivo y no tiene para cuando descansar de tantos honores como recibe. Mario no murió de aburrimiento ni gracias al tratamiento contra la longevidad no deseada del doctor Kirilov, sino que sigue vivo pues encontró una razón de ser en la importación de damas extranjeras, con las que se casa y descasa fulminantemente. A todas ellas les pone residencia y les dice a adiós, con una generosidad sin par o una cautela muy sagaz (cualquiera sabe que el amor dura a lo máximo quince días y que después viene la venganza de la walkiria.)

Si hablando de Raúl Hernández Viveros de pronto me desvié hacia Mario Muñoz no fue por decisión caprichosa y sin lógica sino por la sospecha de que uno y otro son la misma persona. Nos encontramos ante un caso como el de Doctor Yenkill y Mister Hyde. Y si no, hagan la prueba: fíjense que cuando Raúl aparece, Mario Muñoz no está a la vista y viceversa. Fíjense en estas simetrías: Raúl y Mario fueron directores de La Palabra y el Hombre, Raúl y Mario son editores y críticos; uno y otro tienen la misma piel de turco vendedor de puros; los dos comparten una generosidad de santones orientales; los dos sonríen con timidez, nunca arriesgan una carcajada; los dos habitan casas laberínticas llenas de pasajes ocultos, samovares y objetos de ritos precortesianos.

Si Raúl Hernández Viveros tiene un defecto grave es que sabe ser amigo, que no desprecia a nadie, que es el perfecto anfitrión, que todo le da risa y que es capaz de arriesgar su condición de magnate inmobiliario por publicar un libro de algún joven talento. Y a quienes menosprecian la revista Cultura de VeracruZ les incito a que dejen sus ejemplares sobre la taza del baño y los lean en sus más dulces momentos de defecación. Allí inadvertidamente comenzarán a leer textos en verdad literarios, textos honrados, no bodrios intelectualoides, no pesadas lápidas, encontrarán nombres desconocidos y cuentos en verdad pasmosos. Lo que sí tiene Raúl es un olfato de sabueso para discernir entre lo que vale y lo que no vale. Ese olfato, que sin duda fue desarrollado durante sus peleas de perros en Ciudad Mendoza, hoy está al servicio de la literatura. Que viva por muchos años Raúl y la Cultura de VeracruZ. (Link de Francisco Cenamor)


viernes 29 de mayo de 2009

El espíritu invisible



Raúl Hernández Viveros

Hace unos días pude reconciliarme con algunas partes de la realidad. Sentí la necesidad de recordar cada uno de los hechos construidos en los pilares de aquella historia de encuentros y rechazos, ilusiones y esperanzas. Después de muchos años tuve que finalizar las relaciones con algunas personas involucradas dentro de mis finos y agresivos sentimientos. Al mismo tiempo escribí la lista del número de cosas con sus olores, amores y odios. Para no equivocarme organicé minuciosamente cada lugar en el espacio y tiempo de mi vida.

Con las tres mujeres mantuve el mismo esquema familiar. Me programé para procrear al mismo tiempo el idéntico número de herederos, de igual forma le puse el análogo nombre a cada uno de mis hijos, y fue bastante fácil atinar y armar la organización de mis relaciones con dichas compañeras. Pero la mala costumbre de amarlas me llevó a buscar un lugar, en donde cada noche tuviera la oportunidad de reflexionar algunos instantes sobre el mundo que me rodeaba.

No pudo complicarse el acto de tejer los hilos de la trama. Daba igual saber que a pesar de mis triunfos amorosos, me sentía el hombre más solitario, principalmente por no sentir nada hacia nadie en ningún momento de mi existencia, como si las emociones y los afectos no tuvieran ya cabida en mi pensamiento. Sin embargo, tuve que desarmar cada historia y capítulo; analizar los engranajes que habían dejado de funcionar en la maquinaria de mi realidad.

En aquel instante, mi pensamiento descubrió que las cosas funcionaban al revés, es decir en sentido contrario y viceversa hacia las propuestas de la lógica y era el momento de hacer una parada en el camino. Un poco para tener el tiempo de mirar hacia atrás, como la sentencia africana, de frenarse a observar si alguien va detrás de uno, en particular descubrir a las fieras asesinas sedientas de sangre y carne, las cuales desde la distancia olfatean y acechan a sus victimas.

Pero no quise ser obsesivo y obstinado en estas reflexiones. Me hubiera gustado la exactitud de un gol de Ronaldino. Entonces escribí mis conclusiones. Pensé que todo era ocasionado por el tedio y el vacío de mi trabajo, y del hecho de lo aburrido y repetitivo de tener tres casas iguales. No supe cuándo me di cuenta de que uno tenía ahora que pagar altos intereses como al pedir suministrado algún dinero. También me preocupó el no volver a ser el mismo, en lugar de transformarme, y permanecer sin ser visto a la luz pública, mientras emergía de la oscuridad. Por otra parte, cada día empobrecer, al costo del sacrificio de los demás.

Creo que la lista no llegó a interesarme. En mi lugar brotó la conciencia limpia de reconocer que fui demasiado feliz. Aunque el misterio de la ley de morir, era lo que me permitía aproximarme al conocimiento de las personas y particularmente a la que intentaba renacer dentro de mi cuerpo.

Cuando me quedé solo, muy lejos de la ciudad decidí escapar hacia las montañas en búsqueda de la inevitable ausencia de cada una de mis familias. Por suerte, transcurrieron los meses y nadie advirtió la desaparición. Creo que fueron radiantes al saber que yo no pertenecía ya a nadie y sin pensarlo me deje caer en las profundidades de mi soledad.

miércoles 22 de abril de 2009

Aniversarios y lecturas imprescindibles


Raúl Hernández Viveros

HACE un cuarto de siglo que murió Julio Cortázar. Ahora, con motivo de su aniversario, aparecieron algunos materiales que permanecían inéditos. Cultura de VeracruZ, en su número de febrero, dedicó una parte a recordar al autor de Rayuela, quien estuvo invitado por la Universidad Veracruzana, varias décadas atrás, en la capital veracruzana. Desde luego vino invitado por Jorge Ruffinelli, y pude conocerlo en la lectura de algunos de sus inolvidables textos literarios.

Otra conmemoración fue el aniversario del nacimiento de Carlos Darwin (1809-82), conocido por su teoría de la evolución de las especies, quien llevó a cabo un viaje en el barco "Beagle", durante cinco años de estudio en el Pacífico sur, y recopiló investigaciones en torno al archipiélago Galápagos. En dicho lustro, estudió la flora y fauna, para su máxima aportación en su libro "El origen de las especies por su selección natural".

En el presente mes se celebran 70 años de la muerte de Antonio Machado, en enero de 1939 se exilió al pueblo francés de Colliure, donde murió en febrero. Al mismo tiempo que el 70 aniversario de la llegada a México de los refugiados españoles republicanos a quienes nuestro país les abrió fraternalmente las puertas, con la finalidad de ofrecerles asilo. Entre los ilustres intelectuales hay que mencionar sólo ahora varios escritores como Max Aub, Juan Rejano, Pedro Garfias, Eulalio Ferrer, Emilio Prados, Ramón Xirau, José Gaos, entre otros distinguidos refugiados españoles en México. Guillermo Landa ofrece en estas páginas de Cultura de VeracruZ, no. 42, su poema “Réquien por Pedro Garfias”.

No obstante, hay que recordar en forma digna a Antonio Machado por sus trascendentales aportaciones al campo de la poesía y dentro de la reflexión sobre sus búsquedas estéticas. En 1931 redactó los bocetos de un discurso que Antonio Machado preparaba con motivo de su ingreso a la Academia Española. Fue publicado en la Revista Hispánica Moderna, que se editaba en Nueva York, y luego se recogió por la editorial Losada en el libro Los complementarios.

Al final de sus palabras recomendaba: “hay que hacer las cosas bien; por otra, a veces, es mejor no intentar siquiera hacerlas; pero lo abominable, es hacerlas mal. Entre la búsqueda hacia el encuentro con la verdadera obra de arte, Antonio Machado insistió en "decir algo de lo que a mí me parece actual en poesía, por si pudiera alcanzar un poco de lo que pueda ser su porvenir. Comprendo que el oficio profeta es, como se dice, arduo de suyo, y en nuestros días más que nunca aventurado y expuesto al error.

Sin embargo, hoy como ayer, la misión de los ojos -los ojos de la cara y los del espíritu- es ver. Mas como toda visión requiere distancia, lo verdaderamente difícil no es distinguir lo que viene hacia nosotros o aquello que de nosotros se aleja, sino precisamente lo que se nos encima y nos envuelve. El gran problema de la crítica es siempre el análisis de lo presente y de lo cercano". Cortázar, Darwin y Machado continúan inmersos y contemporáneos en cada lectura actual.

Eulalio Ferrer Rodríguez se encuentra en el cielo, rodeado de sus amigos y colegas que se le adelantaron, particularmente con aquellos miembros de la Bohemia insuperable de los años 50 del siglo XX, en la ciudad de México; también acompañado de sus inseparables Paco Ignacio Taibo I y Roberto Williams García, quiero referirme a la presencia valiosa y trascendental de uno de los refugiados españoles que fue rescatado de un campo de concentración en Francia para encontrar la libertad en su amado y venerado México. Eulalio Ferrer falleció en la ciudad de México.

Hay que destacar su pasión por la publicidad. Creo que sin sus enseñanzas en esta materia, las cosas en el campo de la propaganda no serían lo que son en la actualidad. Participó en muchos proyectos de difusión de productos, y principalmente en la promoción de México hacia cualquier parte del mundo. Todavía están por aparecer a la luz pública miles de páginas autobiográficas, entre ellas sus memorias en la prisión y campos de concentración del general Franco: "Entre alambradas". Por otra parte, permanecen inéditos fragmentos de sus recuerdos de la Bohemia de los años cincuenta en México.

Por fortuna, la Revista de la Universidad de México dio a conocer algunos capítulos deliciosos de dichos recuerdos. Por ejemplo, sus notas sobre Agustín Lara y María Félix, o bien la veneración que tenía por Tata Nacho. Todo esto, producto de su asesoramiento a varios programas en la televisión mexicana. Gracias a su empresa Publicidad Ferrer, fundó importantes espacios en el canal 2, cuando en la escena aparecían los principales compositores y cantantes de aquellos años. Se debe reconocer su enorme amistad con los personajes esenciales de la Bohemia mexicana.

Gracias a Eulalio Ferrer existe una versión de la canción Broadway de Agustín Lara "... muchacha rubia, de ojos azules/ sin corazón/. ¿Quién se robó la sonrisa más bella del mundo? Broadway, adiós, yo ya me voy". En otro aspecto, sobresale su actitud de mecenas, porque Eulalio Ferrer se propuso obtener la fundamental colección de obras de Miguel de Cervantes Saavedra. Diversas ediciones en castellano y en otros idiomas. A veces a sus más cercanos amigos les mostraba una de las primeras ediciones de "Don Quijote de la Mancha"; uno de los 262 ejemplares que, a bordo del "Espíritu Santo", penetraron por Veracruz a territorio de la Nueva España.

Eulalio Ferrer se consagró como uno de los impulsores del Festival Cervantino en Guanajuato y logró fundar el Museo de Cervantes con el obsequio y entrega de una colección de cuadros con la figura de Miguel de Cervantes Saavedra. Este exiliado español pudo contagiarse de la inspiración de nuestras canciones y compositores, como Tata Nacho, a quien casi lo descubrió en la escritura de "La borrachita", o "Adiós, mi chaparrita". Por supuesto con Agustín Lara, quien llegó iluminado al "Rincón bohemio", y delante de las cámaras, sacó su ánfora, y ante la audiencia nacional, dijo: "brindemos con un buen coñac y no con las porquerías que anuncian en este programa". Sin lugar a dudas, Eulalio Ferrer fue un impulsor de la promoción de los vinos en México, procedentes de los extraordinarios viñedos españoles, y también promovió la pasión quijotesca de nuestro tiempo.