lunes, 4 de diciembre de 2017

XXI ANIVERSARIO: Cultura de VeracruZ

Jesús Miguel Montes

 

Por su trayectoria de varias décadas, dentro de la creación literaria y la labor editorial, en el estado de Veracruz, Raúl Hernández Viveros ocupa un lugar fundamental. Con el buril de su pluma, se ha hecho de un espacio donde ha construido su universo narrativo. Heredero de la tradición editorial de Sergio Galindo, Juan Vicente Melo, Emilio Carballido y Sergio Pitol, Raúl Hernández Viveros se involucra y sumerge en el estudio y la tradición de promover las letras veracruzanas, donde ubica elementos documentales de su historia literaria.
Detrás de la magia, a veces picaresca, de su obra literaria, se encuentra la experiencia de un lector que dialoga con los libros para crear su propia obra. Su trabajo incursiona en la reflexión crítica, con aquellos fragmentos de la investigación que integran su valiosa perspectiva y la originalidad del gusto y el placer de recordar sus experiencias y sus peripecias, como buen caballero andante, por Europa.
Raúl Hernández Viveros es un escritor que experimenta la lucha que se expande cuando logra confrontar al hombre con su destino. En cada uno de sus libros se registran recuerdos que forman parte de la permanencia y recuperación de una memoria literaria. De ahí surgen los frutos del árbol.
Desde su fundación, hace XXI años, la revista Cultura de VeracruZ ha impulsado a narradores nacidos en la capital de Veracruz: Irving Ramírez, Carlos Manuel Cruz Meza, Magali Velasco Vargas, Juan Pablo Rojas Texon, Armando Ortiz, Jaime Renán González Pérez, Omar Piña, Fernando N. Winfield Reyes, y Alberto Hernández Vásquez, entre otros. En sus páginas se promovieron las antologías Narradores de México, Muestra de los narradores veracruzanos, y Escritores del puerto de Veracruz. Ediciones Cultura de VeracruZ publicó libros de novela, cuentos y poesías. En julio del presente año, se publicó Amor puro, puro amor, de E. Pablo Zamora P.
El estudio Ficción y poesía, salido de su pluma, está dedicado a Sergio Pitol, quien es el instigador para animarlo a vivir algunos años la hermosa experiencia europea, sueño de todo inquieto escritor. Por su parte, Mario Muñoz, en La Palabra y el Hombre, este año reflexionó sobre “La primera estancia de Sergio Pitol en Xalapa”, donde asienta y rememora: “Y el flujo de los recuerdos me trae ahora las reuniones de Sergio con nuestro grupo de los años sesenta, cuando nos disponíamos a emprender otras rutas que para algunos han concluido. Lorenzo falleció hace seis años, Jaime dejó de publicar hace mucho, Raúl edita la revista Cultura de VeracruZ, y yo, como siempre, sigo aquí, sin saber a dónde voy.”
Tú sabes, finalmente, mi querido Raúl, que siempre habrá anaqueles donde se guarde la memoria de unos aventureros osados, que decidieron invertir sus energías para que ese elemento humano, demasiado humano, que llamamos Cultura, se expandiera vigoroso en tierras veracruzanas, y en el que tú has dejado un fruto fecundo y gran impronta.

martes, 14 de noviembre de 2017

UNA PROPUESTA LITERARIA DE SEVERINO SALAZAR MURO





Raúl Hernández Viveros




Foto: Hugo Cano Salazar


Una propuesta literaria de Severino Salazar Muro
Raúl Hernández Viveros

Severino Salazar Muro, 1947-2005, autor de Donde deben de estar las catedrales, 1984, (Premio Juan Rulfo para Primera Novela); El mundo es un lugar extraño, 1989; Desiertos intactos, 1990; Tres noveletas de amor imposible; además de Las aguas derramadas, Universidad Veracruzana 1987 y Cuentos de Navidad, Daga, México, 1997. Licenciado en Letras Inglesas por la UNAM y fue profesor titular de tiempo completo en la UAM, se distinguió por ser el narrador contemporáneo más importante de Zacatecas. Parte de su trabajo cuentistero ha sido traducido al inglés, francés e italiano.
Fue el narrador contemporáneo más importante de Zacatecas. Supo lo difícil que resulta superar moldes y estilos. Realizar un texto con base a una obra anterior sería peligroso porque se puede caer en la parodia o caricatura. Su trabajo literario Donde deben estar las catedrales, (1984): un proyecto ambicioso que reflexionó sobre los mecanismos  de William   Faulkner, con la estructura  de Las palmeras salvajes.
Severino Salazar Muro estudió minuciosamente  el  modelo  faullmeriano:   lo desarmó   y  volvió  armar   para  entroncar  en una vertiente original.   Demostró la existencia de una crisis en la novela. Narró historias de su lugar  natal.  Rescató un mundo  de  leyendas, crónicas y pláticas de ancianos.   Evocó situaciones y testimonios de un pasado de personajes; fantasmas que entran y salen de la escritura fina; texto desgarrado   por   sugerencias poéticas. Las relaciones humanas giran bajo  el intento de restauración de la fachada de la catedral de Zacatecas.
Esta obra comienza casi igual que Pedro  Paramo: "Bajé  del camión  que me trajo  desde la ciudad.  Estoy parado a media plaza.  Vine a reconstruir ese suceso que tuvo lugar cuando yo era un chiquillo” (p. 13); después las voces del pueblo desparraman   deshilvanadas   una   serie   de anécdotas; lentamente Ia madeja de frases oprime las vueltas del hilo conductor.  Los personajes toman la palabra y el autor deja que discutan en un diálogo, o monólogo intenso y reflexivo sobre la muerte.  El paso del tiempo, y la existencia de las palomas, hará mella al edificio colonial. La propuesta de Severino Salazar Muro correspondió al rescate de un lenguaje denso y cerrado; trascendió las influencias literarias. No importan las meditaciones de carácter rulfiano, o la nostalgia de los escenarios de Al filo del agua, de Yáñez,  ni el homenaje directo al maestro  Faulkner, porque  la escritura  de Donde  deben estar las catedrales  señaló  un camino en la narrativa mexicana  contemporánea.
En 1986, Con las aguas derramadas se reivindicó el prestigio de la serie Ficción de la Universidad Veracruzana. Por Vicente Francisco Torres lo conocí. Su conversación de sus lecturas y proyectos literarios. Sus viajes: "Me di cuenta que la geografía, el lugar de origen, implicaba una forma de ver el mundo. Que implicaba una cosmovisión. Que uno nacía marcado por el pedazo de tierra donde había caído al mundo, donde había vivido sus primeros años. Que en ese lugar estaba su cultura, toda su tradición; el lugar era la lente desde donde se observa la vida”. Colaboró en de la revista Cultura de VeracruZ, No. 6, oct.-dic. 2005.
Mario Calderón me aclaró que: “En 1999 que estaba de coordinadora de la maestría la Doctora Dolores Bravo y yo era secretario académico hubo un ciclo de conferencias (Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP), que se llamó Los narradores y su poética, asistieron Herminio Martínez, Renato Prada Oropeza y Severino Salazar. Estos autores hablaron de su trabajo y leyeron un cuento. Dejaron sus textos para una posible publicación pero no hubo dinero para la misma. Esa es la razón por que tengo el texto de Severino Salazar, y leyó el cuento “Los guajolotes”, que se encuentra en el libro Cuentos de navidad, editado por editorial Daga”. Esta nota se publicó en el número 6, de la revista Cultura de VeracruZ, octubre / diciembre  de 2005.
Entonces Severino Salazar entregó su propuesta literaria: I “Nací en una casa de adobes y cantera en uno de los muchos ranchos perdidos por los rincones del estado de Zacatecas. Ahí habían nacido mi padre y mi madre, y más atrás sus abuelos. El rancho estaba en el fondo de uno de los columpios de un valle. Por alguna razón la casa no tenía ventanas, sólo puertas. Pero desde el patio de mi casa se miraba al valle ondulante y lleno de colores, que como un tapete se desenrollaba hacía los cuatro puntos cardinales, hasta que se volvía azul marino, azul cielo desaparecía. De niño aprendí a otear grandes distancias, pues  de mi patio se contemplaba todo el mundo, y en medio de éste,  bien plantada, estaba la capilla y su austera torre, y luego el camposanto como un jardín descuidado, vigilante voraz.
El viento llegaba de diferentes rumbos durante todo el año y pronto aprendí lo que traía o lo que significaba para nuestras vidas. Mi padre me enseñó los nombres de las plantas, de los lugares y el uso de los animales, como a él se lo había enseñado mi abuelo, y a mi abuelo su padre, y así… La vida pasada, la que se la había llevado a cabo antes de que yo viniera al mundo también me fue dicha. Se me puso al corriente sobre la vida de mis vecinos para que yo las siguiera junto con la mía, para que se entretejieran todas juntas. Y en las noches escuché las leyendas y los orígenes de nuestro mundo. Estaba seguro del lugar donde estaba parado junto con mis semejantes. Sabía que nuestro lugar se encontraba entre la tierra y el cielo y que ese espacio no albergaba ningún misterio.
Pero a principios de los años sesenta desperté a una pesadilla en un suburbio de la ciudad de México. En la colonia Tlacotal. Habitaba en dos cuartos de tabiques pelones que daban a una calle lodosa en verano y a un terregal en los meses de sequía. Me di cuenta que ahí no había estaciones, que el viento, la lluvia, el sol y la tierra me eran desconocidos y hostiles, ya no guardaban ningún significado. La naturaleza se había vuelto onerosa. Mientras una ciudad crecía y se amontonaba a nuestro derredor. Nos oprimía.
Y después, tuvieron que pasar diez largos años para que con sorpresa y amargura me diera cuenta que yo era parte de ese éxodo del campo rumbo a la gran ciudad, que había comenzado en los sesentas y que todavía no termina, que yo como millones de seres humanos habíamos dejado nuestra tierra, nuestro espacio, para volar como las termitas, atraídas por la luz, tras el brillo de la metrópoli, para morir en ella, para quedar ciegos, tal vez.
Y años después, yo como ellos, ya no podía con la carga de nostalgia. Supe que mi condición era la nostalgia, el recuerdo, la añoranza. Que había sufrido una pérdida, y que hasta ahora reparaba en ello. Que ya me había alejado bastante para regresar a buscar lo perdido. Se había hecho tarde.
Y después de algún vagabundear, me senté a escribir mi primera novela, Donde deben estar las catedrales.
Porque debía contestarme muchas preguntas. Pues sentí que había perdido mi lugar en el mundo, no me era familia el pedazo de tierra donde estaba parado, ni sabía por qué me encontraba ahí.
            Salieron las preguntas, pero nunca llegaron las respuestas. El precio que tuve que pagar por aprender lo que era la literatura fue muy caro, para aprender a describir con añoranza mi lugar; para aprender las estrategias para comunicarlo tuve que pagar este alto precio que fue, a saber, dejado, abandonado.  Y una vez afuera, no hay forma de regresar, porque en el viaje se había perdido la inocencia, y el paraíso, por ende, desapareció.
            Ahora lo visito, pero ya no es el mismo lugar, está hueco. Aunque nada ha cambiado, el aire es el mismo, como los árboles, el río, las montañas y las nubes. Todo es igual, pero yo no.
La única forma de visitar ese lugar y que ninguno de los dos haya sufrido cambios, ahora es por medio de la escritura, de la reconstrucción de aquellos tiempos idos.
II: Ahora contaré cómo surgió lo que yo llamo mi proyecto literario, mi deseo de escribir el medio rural, la provincia mexicana. Después de la secundaria y de la preparatoria estudié Letras Inglesas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ahí tomó forma, se pulió mi vocación por la literatura. Tuve Maestros como Margo Glantz en Shakespeare, Luisa Josefina Hernández en Literatura comparada, Rosario Castellanos en novela hispanoamericana, J,J, Arreola y el Maestro Augusto Monterroso en cuento, Federico Patán en literatura  norteamericana, Sergio Fernández en Siglo de Oro, etc.,
            Después de haber estado expuesto a las enseñanzas y sabiduría de escritores tan ejemplares uno quería escribir, yo quería escribir.
Pero había un pequeño problema: quería escribir sobre mi tierra, sobre la vida y aconteceres de mi pequeño pueblo, sobre la gente que habitaba las extensas regiones de Zacatecas, sobre el desierto y sobre los frescos valles, donde crece el maíz y los árboles frutales. Y eso no estaba bien visto en los años setenta. No estaba de moda la provincia en la narrativa mexicana. O en la narrativa que producían los jóvenes de aquellas épocas.
La llamada "novela de la ciudad" estaba en su punto de madurez y prodigando sus frutos más jugosos. La novela que había empezado en 1958 con la publicación de La región más transparente de Carlos Fuentes. También lo que se dio en llamar la "Narrativa de la Onda" era netamente urbana. Sus personajes eran chavos de la clase media, preparatorianos y universitarios de algunas regiones y colonias de la Ciudad de México. Hasta dentro del plano de la misma ciudad había discriminación literaria. La centralización entonces era más asfixiante que ahora. Tal parecía que el pavoroso proyecto nacional del gobierno fuera sólo el D.F., como una vez dijo José Joaquín Blanco.
Juan Rulfo, Agustín Yañez, José Rubén Romero, Mauricio Magdaleno, eran como parte de un pasado ya superado. Incluso se les atacaba; aunque ellos habían sido los padres literarios y maestros de la nueva generación. En suma, la provincia estaba en el olvido y en el descrédito. Sin embargo, las ciudades de provincia seguían creciendo al margen. Pero la gran ciudad tenía entretenidos a todos los narradores. Recuerdo la frase que se oía mucho en los talleres literarios de esa época cuando a alguien se le ocurría escribir un texto sobre la provincia: "Ya casi a finales del siglo XX y se te ocurre escribir sobre campesinos o indios. No por favor, eso ya está superado" Frases como ésa le amarraban las manos a quien quisiera aventurarse por los caminos de la provincia mexicana.
Gracias a una beca que me fue concedida por el Consejo Británico tuve la oportunidad de vivir Un buen tiempo en la Gran Bretaña y estudiar un poco de Literatura inglesa in situ.
            Con asombro y alegría descubría --viajando por esos lugares- el hilo negro: que el Condado Wessex inventado por Thomas Hardy en novelas como Tess of the D'Uvervilles o Jude el oscuro, no era otro más que su pequeñísimo pueblo natal Egdon Heath en Dorset. Que cumbres borrascosas había sido escrita e inspirada en un minúsculo pueblo de Yorkshire, al norte de Inglaterra, llamado Haworth, rodeado de pantanos y pastizales flexibles y juguetones, solitarios. Que Isak Dinesen había escrito esa saga maravillosa de Jutlandia y que Jutlandia no era más que una hilera de pueblecitos en los bosques, a la orilla de los lagos entre los pantanos del norte de Dinamarca; donde solamente vivían campesinos alrededor de un castillo, de una capilla o de una catedral, y sobre la tierra que cultivaban para vivir. Me di cuenta que la geografía, el lugar de origen, implicaba una forma de ver el mundo. Que implicaba una cosmovisión. Que uno hacia marcado por el pedazo de tierra donde había caído al mundo, donde había vivido sus primeros años. Que en ese lugar estaba su cultura, toda su tradición; el lugar era la lente desde donde se observa la vida.
            Entonces, ese microcosmos contenía todo el mundo como el Aleph de Borges. El chiste consistía ahora en escucharlo con las herramientas necesarias. Observar de cerca su comportamiento detenidamente, sus historias. Y la vida iba a saltar como las liebres de los matorrales. Llegué a una conclusión obvia; que cualquier ser humano, de cualquier lugar del mundo era tan importante y tan singular que se podía convertir en sujeto literario. Y que las raíces, todo su contexto, estaban enterrados en el pedazo de tierra donde había nacido y vivido los primeros, los definitivos y definitorios años de su vida. Desde ahí, sobre ese lugar, pensaba y, actuaba, sufría y gozaba. O sea que ahí estaban los grandes temas que hacen la literatura, a saber, la vida, el trabajo, el amor, Dios y la muerte
Por analogía con otros lugares, yo había descubierto mi propio lugar.
Afortunadamente, al regresar a México las nuevas voces de la provincia, de la nueva provincia, comenzaban a escucharse otra vez, desde diferentes puntos de nuestro país y desde finales de los setenta y principios de los ochenta. Jesús Gardea en el norte y su mítico Placeres, Gerardo Cornejo en los desiertos del noroeste, Luis Arturo Ramos en su natal Veracruz, Hernán Lara Zavala en su Zitilchén de la Península de Yucatán, Daniel Sada en las fronteras del norte, de Mexicali. Y muchos otros más. Todos ellos revisitando la provincia, la nueva provincia, encontrándola cambiada, reivindicándola. Una provincia que ya no se parece a la de Yañez o a la de Rulfo. Una provincia que había despertado a la modernidad.
Y Rulfo, Yañez, Magdaleno, Romero, seguían teniendo razón: había que ser regional, local provinciano. Pero viéndolo bien, toda la literatura es local. Como una vez le oí decir a Eraclio Zepeda: No hay nada más regional que una novela que sucede en un departamento de la Colonia del Valle, o un relato de las calles de Tepito, o la Zona Rosa. Toda la literatura está cuadriculada en regiones, afortunadamente.
Con estas enseñanzas, con estos descubrimientos, comencé a escribir novelitas y cuentos sobre Zacatecas. Y de esta manera la experiencia mexicana y europea contribuyó a que descubriera mi tierra y sus posibilidades literarias.”
                 Severino Salazar Muro nació en Tepetongo, Zacatecas, el 12 de junio de 1947, y murió en la ciudad de México, el 7 de agosto de 2005. Todavía tengo la imagen de su sonrisa, la alegría por compartir los días sinceros de amistad que se transformaron en proyectos literarios, conversaciones sobre autores y obras magistrales. Imágenes que permanecen en el hemisferio izquierdo de mi pensamiento. Gracias a Vicente Francisco Torres algunos fines de semana conversamos hasta la llegada del nuevo día. En estos vasos comunicantes también agradezco a Mario Calderón la amistad que hizo posible recibir la propuesta literaria de Severino Salazar Muro, de su participación en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP, 1999. En 2013, Alberto Paredes coordinó la edición de Obras reunidas de Severino Salazar, Once volúmenes, Manuel Felguérez, ilustraciones de Portada, México, Juan Pablos-INBA.




jueves, 9 de noviembre de 2017

Luis Arturo Ramos: compañero de viaje






Luis Arturo Ramos nació en Minatitlán, Ver., 1947. Estudio Letras Españolas en la Universidad Veracruzana. Fue becario del Centro Mexicano de Escritores 1972-73. Ha publicado cuentos y ensayos en suplementos   y revistas del país y del extranjero; incluido en varias antologías de relatos y recomendado para su publicación por el jurado del Premio Casa de las Américas en 1974. Libros de relatos: Del tiempo y otros lugares y Los viejos asesinos. Novelas: Violeta Perú, (que resultó seleccionada por el jurado del premio INBA-Colima como la mejor novela publicada en 1980) Intramuros, 1983, y Domingo junto al paisaje, (1987), La casa del ahorcado, (1993), La Mujer Que Quiso Ser Dios, (2000), Este era un gato, (1988), Ricochet, o, Los derechos de autor, (2007), Los argentinos no existen (2005), Mickey y sus amigos, (2010). También incursionó en el relato infantil con los libros Zilli el unicornio (1980). La noche que desapareció la luna (1986). Ensayos: Direcciones y digresiones: crónicas de libreta, (2010), Crónicas desde el país vecino, (1998),
En la “Aproximación a Luis Arturo Ramos”, entrevista realizada por Juan B. Zilli y Guillermo Villar, Cosmos, No. 16 julio 1975, sobre los cimientos de su trabajo literario aceptó: “Fui sometido a una crítica tremenda que me afectaba incluso la salud. Pero aguanté.  Un fogueo duro ¡Críticas de Juan Rulfo!: Creo que me metieron mucho miedo.  Salvador Elizondo no escatimaba elogio ni vituperio y se podía dialogar con él. De todos modos eso fue una gran experiencia. “
María Guadalupe Flores Grajales editó en 2011: Hacia  una  poética  de  la  desolación:  “La  construcción  del  sujeto femenino  en las  novelas de Luis Arturo  Ramos”.  Vicente Francisco Torres escribió en la selección y nota introductoria de Material de lectura, Cuento contemporáneo: “Con Intramuros (Universidad Veracruzana, 1983), Luis Arturo Ramos se lanzó a la novela extensa y de personajes.” En la Editorial Amate, 1979; ofrecí a Luis Arturo Ramos la aparición de su libro Del tiempo y otros lugares. Premio Nacional de Ensayo Literario José Revueltas 1989, por Melomanías: la ritualización del universo. Una lectura de la obra de Juan Vicente Melo.
La Revista Bellas Artes, No. 4, en 1982, con las reflexiones de Juan Rulfo “Una verdad aparente”, definió su escritura: “Todo escritor que crea es un mentiroso, la literatura es mentira, pero de esa mentira sale una recreación de la realidad; recrear la realidad es, pues, uno de los principios fundamentales de la creación.” Juan Rulfo concluyó: “se trabaja con imaginación, intuición y una verdad aparente; cuando esto se consigue, entonces se logra la historia que uno quiere dar a conocer. Creo que eso es, en principio, la base de todo cuento, de toda historia que se quiera contar”. Luis Arturo Ramos en su 70 aniversario prosigue, asediado por las enseñanzas magistrales de Sergio Galindo Márquez y el inolvidable Juan Vicente Melo, en la aventura de la creación literaria.
Ofreció  textos de lectura infantil, por ejemplo Cuentiario, con el personaje Unicornio. Luis Arturo Ramos en sus líneas de presentación advirtió a los lectores: “Necesitamos inventar y Zili  es producto  de esa necesidad. Por su parte Telésforo es habitante de todos los países y vive en casi todos los momentos   de nuestra vida. Pero no por eso debe quedarse como está.  De nosotros   depende ponerle cara y nombre e inventarle historias.  Aquí,   en este  libro, sólo aparece una  de ellas.”
Prosiguió con sus recomendaciones: “La máquina   y el   personaje   fantástico son dos extremos   de nuestra   imaginación.  Y ésta una estrella de tantas puntas como tú desees que tenga. Cuando   leas estas historias    darás voz  a Zili  y a Telésforo.   Los harás caminar   por las páginas   del libro y podrás hacer que   sigan    caminando   mucho después de que  hayas terminado.   Zili   y Telésforo, fantástico  uno y cotidiano    el   otro,   coinciden en las  páginas   de  este  libro   y  me  gustaría   que  lo hicieran  más adelante   en los muchos  libros  de tu imaginación.
Ahora   todo   depende   de ti.  Yo  me  conformo con  que  después  de leer este  Cuentiario,  puedas ver en cualquier  cuadrúpedo  la  posibilidad de un unicornio,  y en  todo  teléfono     la  cercanía    de esa otra  voz que  nos habla  desde  el  fondo  de nuestro silencio. Espero cumplir...”
Mario Muñoz en la nota de Recuento de cuentos veracruzanos; 1991,  comenzó por la ubicación de Luis Arturo Ramos: “Pertenece a la generación que  la crítica  ha denominado  narradores de  fin de  siglo  y en  la  que  destacan   nombres  como   los  de  Jesús Gardea,  Hernán Lar a Zavala,  Severino  Salazar y  Luis Zapata,   entre otros.  Su obra  ha merecido   la atención  de los críticos  dentro  y fuera del  país por la solidez que hay en ella desde los primeros  cuentos  que reúne  en  1974 en una  plaqueta titulada  Siete veces el sueño, Desde muy joven comenzó a publicar ficción y reseñas en la página cultural de La Nación y en el suplemento El Tianguis de la Cultura de El Dictamen. Ya como alumno  de la Facultad de Letras Españolas de la  Universidad  Veracruzana,  participa  en  la revista Juglar y colabora  en publicaciones  culturales  de Xalapa  como El  Gato y Cosmos. En 1972 es becario del Centro Mexicano de Escritores, y en 1976 obtiene la licenciatura con la tesis "Lo grotesco en dos textos de José Revueltas". Ese mismo año viaja a San Antonio, Texas, para impartir cursos de literatura mexicana e hispanoamericana   en la Escuela de Extensión dependiente de la UNAM. En 1979 ingresa como docente en la Facultad de Letras Españolas y en la de Idiomas, donde permanece hasta 1985. Al año siguiente la Universidad de Missouri lo invita en calidad de maestro y escritor residente.”
Sobre su proyecto literario, Mario Muñoz advirtió acerca de: “Dentro de  la variedad   de  temas   que  abarca   la  narrativa  de Arturo   Ramos,   el de las oposiciones es quizás  el que  aparece mayor  frecuencia  por la diversidad  de términos   que  se contraponen y por  el amplio  registro   de significados   que  entran   en juego. Estas unidades  sémicas   sufren  revestimientos    formales  en el desarrollo de este sistema,  pero  básicamente   entrañan   una polaridad   cuyos enunciados  oscilan  entre  lo real  y lo imaginario,    el sueño  y la vigilia, pasado  y el presente,   la inocencia  y la contaminación,    el grupo  y el individuo,   la  tierra   natal   y el  exilio,  la juventud y la vejez...  Sin embargo,   esta relación  de contrarios   no es una mecánica  simplificación   de  la  realidad    literaria    como   lo  planteaba  el  tendencioso maniqueísmo   romántico   en la tradición  de la narrativa   mexicana  del siglo  XIX,   y que  lo  ha  explotado    hasta   la  saciedad    la  televisión comercial   a través  de las telenovelas.   En Luis Arturo   la propuesta   es dialéctica  y crítica  en la medida  en que estas  unidades se interpenetran  para  complementar   y enriquecer   sus respectivos   significados,  y provocar  así la  sensación  de  ambigüedad  que  es  la señal  más persistente   de  la  literatura   contemporánea.”
En el número 16 de la revista Cultura de VeracruZ, correspondiente a febrero 2007. Luis Arturo Ramos colaboró en la muestra, “Narradores Veracruzanos”, con su relato “La muchacha y su patrona”, donde describe los laberintos del drama de la soledad. Este texto fue incluido en su volumen Cuentos (casi) completos, que el IVEC editó en el 2004. La escritura sorprendente de Luis Arturo Ramos navega en el ámbito de la calidad al balancear la realidad con las fantasías de los seres humanos. Sin embargo, la parte trágica de las relaciones humanas brota en las líneas finales de este interesante relato.
En 1987, Luis Arturo Ramos me obsequió un ejemplar de Domingo junto al paisaje. Lo ubiqué, después de tres décadas entre los anaqueles de mi biblioteca. Mi sorpresa fue el descubrimiento de las letras con su mano y letra: “Para Raúl Hernández, compañero de viaje y de trifulcas”. Luego de tantos años reflexioné sobre este enigma que debería aclarar al leerlo por primera vez. Recordé que en el siglo XX, nuestro entonces editor Marco Antonio Jiménez Higueras organizó una presentación en la ciudad de México, de las recientes obras de Leega Literaria. Un evento divertido porque yo me hice pasar por Marco Tulio Aguilera Garramuño, se presentó como si fuera Luis Arturo Ramos, quien concluyó la velada literaria con la descripción de un autor que siempre se escondió lejos de las luces del reconocimiento, un compañero del viaje literario.
  

miércoles, 8 de noviembre de 2017

CUMPLEAÑOS DE LUIS ARTURO RAMOS





Nació en Minatitlán, Veracruz, el 9 de noviembre de 1947. Narrador y ensayista. Estudió letras españolas en la Universidad Veracruzana. Ha sido maestro de la UNAM y la Universidad de Texas en El Paso; director de la colección Cuadernos del Caballo Verde; director de publicaciones de la UV; director de La Palabra y El Hombre, colaboró en revista Cosmos :
Muy agradecidos, compartimos con ustedes el video que Tele UV realizó para La Palabra y el Hombre con motivo de su 60 aniversario. En él podrán apreciar la evolución de nuestra revista a partir de su fundación.
Circulando cultura desde 1957.
  

sábado, 4 de noviembre de 2017



José Antonio Alvarado: en su casa sin muros
Por Raúl Hernández Viveros




El historiador Manuel Bautista Mercado me dio la noticia del fallecimiento de José Antonio Alvarado 4 de abril de 1943, Zacapu, Michoacán, el 27 de octubre de 2017, Xalapa, Ver. Colaboró en Diario de Xalapa, y La Palabra y el Hombre. Habitó en la esquina de Altamirano y Clavijero, en un edificio donde vivieron: Mario Muñoz, Jaime Turrent, Luis Arturo Ramos, Marco Tulio Aguilera Garramuno, Fernando Ruiz Granados, y el poeta polaco Edward Stachura. José Antonio Alvarado siempre caminaba por el centro de Xalapa, con dos o tres libros bajo su brazo izquierdo, y en su mano derecha mantenía su acostumbrado cigarro. Participó Manuel Acuña Rivadeneyra, en el Centro Cultural “El sotano”, colaboró en el “El gato”, y con las presentaciones de libros y autores. Cada tarde llegaba a ofrecer ejemplares de su primer libro Habitación sin muros, mientras conversábamos de nuestros proyectos relacionados con la creación literaria, casi todas las tardes en la cafetería “La Parroquia”, frente al pórtico de la iglesia El Beaterio.
Comparto su poema: “Algo ha quedado roto desde entonces” / Algo que se interrumpe siempre entre el papel y la pluma / y que creí encontrar en las cuerdas de la guitarra / cuando entonabas tu canción argentina / y llorabas por los hijos perdidos desde siempre / Después creías saberlo todo / y te daba por llamarme hijo / y llevar en vilo tu incesto por los bares / del Paseo de la Reforma / Y terminabas la noche o empezabas el día / untándoles en la cara a los taxistas / tu credencial de periodista / pero nada era cierto / habíamos sido señalados por el vuelo de un ave nocturna / Todo era así desde el principio / lo supe mientras cruzabas el antiguo portón/ y tus ojos esa hidrografía inconquistable recorrían / línea a línea a Lucrecio / cuando discutíamos la idea cartesiana de la historia / Lo sabía / como lo sabía tu pelo cuando la ternura / nos sellaba los labios / y entre tu mano y mi mano / y tu cuerpo y mi cuerpo no había espacio.”
En abril de 2013 José Antonio Alvarado, con motivo de su 70 aniversario, se le dedicó del Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor. Participaron en la lectura de su poesía Luis Gerardo Méndez, y Lucía Rivadeneyra, Raúl Eduardo González, Gaspar Aguilera Díaz, Ernesto Hernández Doblas, Rafael Calderón y José Mendoza Lara, analizaron su obra poética.  José Antonio Alvarado Zavala, estudió Filosofía en la Facultad de Altos Estudios Melchor Ocampo de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH) y en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Entre sus libros: Habitación sin muros; Para la hora del té; Algo ha quedado roto desde entonces; Ejercicios del sueño; Interrogatorio de barandillas y otros textículos; La pequeña Frankestein; El cangrejo y el mar; Las palabras cansadas de volar solamente nombran; y El dragón en el espejo. Realizó estudios sobre Concha Urquiza y Ramón Martínez Ocaranza.
El 14 mayo de 1983, en las páginas de Proceso apareció el comentario de Francisco Prieto: “sobre su libro Algo ha quedado roto desde entonces (Ediciones de la Universidad Michoacana de San Nicolás Hidalgo) libro de poemas de José Antonio Alvarado cuyo sugestivo título corresponde también al poema más logrado del volumen y remite en tres sentidos a la experiencia poética originante, a saber: 1 El descubrimiento aterrador del yo en tanto yo-otro. 2 La ruptura de la existencia concreta al revelarse la vida imaginaria. 3 El reencuentro del pasado como una experiencia que siendo la misma es ahora otra y la transmutación del dolor goce por la presencia de la amada. Dice el poeta:
“El presente y aquello que fuiste se sientan a mi mesa / El día es barbado pero el sol resplandece como lo harías / tú misma / Estoy en el otro extremo no es vanagloria / Dialogan y su risa entra destruyendo mis tímpanos / Tomo una copa de coñac y el aroma del café me / embriaga / Hoy quisiera escribir trazando la silueta de tu rostro / Y no sabes cuánto se me niega tu labio / Efímero como un deslumbramiento / Y me detengo sobre mi pasado como quien encuentra / ocupada su tumba / Bajo el hervazal antiguo alguien respira / Alguien que se ha ocupado de vivierme. “/
Y es que en la poesía de Alvarado hay una constante transubstanciación de la amada-mujer en la poesía como basamento último y radical de la existencia: “Hay que saber mirarte / Prendido por el pico de un pájaro entre la realidad / y el mundo / Saber que tu voz es el aire que sostiene las / habitaciones dispuestas al amor después de la / catástrofe.”
Poeta nacido en 1943, José Antonio Alvarado sabe de la muerte y del otoño de la esperanza: “Hoy no es octubre / Y sentimos una extraña vocación por la muerte / Un deseo de ser caricia / O espada a la altura de las sienes / De ser mármol / O amor / Mano estrechada un instante / O bien una sonrisa.“
Alvarado, que sostiene una ambigüedad aparente, en realidad un complejo juego de espejos, pertenece a esa raza de poetas sutiles que como Ungaretti exigen más de una lectura Segunda lectura que hacemos movidos por un extraño encantamiento”