lunes 6 de febrero de 2012

El ser mexicano



















Por Raúl Hernández Viveros

La mayor parte de los pensadores de México, siempre se han cuestionado sobre la esencia de nuestras raíces. El estudio del origen como árbol genealógico se refiere al rechazo de un pasado que se desprende actualmente entre los mestizos y los criollos. Somos y no reconocemos a los ancestros, y rechazamos constantemente la realidad de que la población está dividida en tres grandes grupos. Los grupos indígenas que al principio formaban parte, durante bastante más de la tercera parte de la población total, y actualmente representan la cantidad de más de doce millones de habitantes que el indígena vive marginado de la vida política y social.
En 1917, un equipo de arqueólogos y antropólogos llevó a cabo una investigación en la zona de San Juan Teotihuacan y, sobre todo, para limpiar y restaurar el antiguo centro ceremonial. El Templo de Quetzalcóatl, fue restaurado. Teotihuacan, se convirtió en el principal monumento público de México, con sus monumentos impresionantes que invitaban a la comparación con el antiguo Egipto. La civilización mesoamericana se estableció así como fundamento de la historia mexicana.
La cultura mexicana del siglo XX inventó un ser nacional cuya identidad, a pesar de ser poco concreta y cambiante, sirvió como importante presencia imaginaria en la constitución de un poder político nacional: al plantear la configuración de un modelo nacionalista y revolucionario de “lo mexicano”, la identidad se transformó en mecanismo legitimidad.
El pueblo mexicano imaginó un ser, que es el resultado de una mezcla de razas y costumbres muy ajenas a lo que en realidad es un verdadero mexicano. Los mexicanos sufrimos ese complejo de ser seres inferiores a otros por el simple hecho de haber nacido en México. A veces el sarcasmo lleva a nombrar adjetivos perversos para describir la idiosincrasia, por ejemplo señalar con desprecio a los “taranacos”.
Aquellos individuos sojuzgados por su origen y nulo poder de exigir siquiera un poco de respeto, y que constantemente son objeto de burla por su lentitud de participar en actos cívicos. Casi pasan desapercibidos e invisibles frente a la realidad nacional. Nada más forman parte de estadísticas y obtienen su identidad a través de la credencial de elector, que canjean en jornadas electorales por becas, despensas o regalos institucionales.
La religiosidad del mexicano no fue básicamente afectada ni por el liberalismo, ni por el positivismo. La reflexión filosófica acerca de México y lo mexicano se perfila en la década de los cincuenta: Leopoldo Zea, Emilio Uranga, Jorge Portilla, Salvador Reyes Nevares, entre otros, tratan de aplicar el método fenomenológico para descubrir "esencias" del mexicano y lo mexicano. Hasta ahora el ser mexicano continúa inmerso en la lentitud de su propia historia y el rechazo a los valores como el respeto, la seguridad, el bienestar, la paz dentro del Estado de Derecho.

El cosmos náhuatl.
Para aproximarse al conocimiento de nuestro pasado prehispánico es conveniente revisar cada una de las versiones del sacerdote humanista, filólogo e historiador
Ángel María Garibay Kintana (1892-1967). Canónigo lectoral de la Basílica de Guadalupe, por sus estudios de cultura náhuatl fue designado Doctor Honoris Causa de la Universidad Nacional. Catedrático en la facultad de Filosofía y Letras y Director del Seminario de Cultura Náhuatl.
Preparó la edición de Historia general de las cosas de Nueva España, de fray Bernardino de Sahún. Relación de las cosas de Yucatán, de fray de Landa; Historia de los indios de Nueva España e islas de tierra firme, de fray Diego Durán, Historia antigua y de la conquista de México, de Manuel Orozco y Berra. También realizó la Historia de la literatura náhuatl y Poesía náhuatl, en tres tomos. Visión de los vencidos, La llave del náhuatl, Panorama literario de los pueblos náhuatl e identidad.
Su trabajo de investigador y traductor, principalmente heredó un profundo conocimiento del pensamiento prehispánico. Un ejemplo sustancioso corresponde a la filosofía que se encuentra en los Cantares mexicanos. Hasta nuestra actualidad corresponde la vigencia el “Enigma de vivir”, Anónimo de Chalco: “No es verdad que vivimos, / no es verdad que duramos / en la tierra. / ¡Yo tengo que dejar las bellas flores, / tengo que ir en busca del sitio del misterio! / Pero por breve tiempo, / hagamos nuestros los hermosos cantos.”
Por otra parte: “ La vida pasa...”: “¡Oh flores que portamos, / oh cantos que llevamos, / nos vamos al Reino del Misterio! / ¡Al menos por un día / estemos juntos, amigos míos! / ¡Debemos dejar nuestros cantos: / y con todo la tierra seguirá permanente! / Amigos míos, gocemos: gocemos, amigos!” Esta herencia cultural pertenece y siempre se le agradecerá a Ángel María Garibay Kintana. Divulgador de textos sagrados, mitos y sabio conocedor de nuestros dioses prehispánicos.
En la colección “Biblioteca del Estudiante Universitario”, pueden consultarse algunas aportaciones sobre el origen del mundo mesoamericano. Fue un extraordinario continuador de la sabiduría mexicana, y nos descubrió el tesoro del pensamiento prehispánico. A través de la literatura náhuatl logró transmitirnos una parte fundamental del mundo prehispánico. La memoria histórica que no pudo ser borrada durante la conquista y la imposición de una lengua y religión ajenas a la creación del Hombre de Maíz.
El amor ancestral por la naturaleza y el cosmos. La vida humana como un bien precioso. El respeto al medio ambiente y el reconocimiento por la pureza del aire y el agua. Las piedras, o el arte de las plumas. La poesía náhuatl en la experiencia del huehuetlatolli. Actualmente los grupos indígenas en México sobreviven frente a la marginación y el abandono. Entre el olvido, la discriminación y la desesperanza de haber sido sometidos y sojuzgados por la vida institucional.

jueves 12 de enero de 2012

HOMENAJE A RAÚL HERNÁNDEZ VIVEROS



Por Marco Aurelio Martínez Sánchez










En sus diversos viajes que realizó a México durante la década de los años 30, Graham Greene retrato con singular colorido su transito del altiplano hacia el puerto de Veracruz y en su paso por Santa Rosa, hoy Ciudad Mendoza, la describió como una población “donde los grandes tulipanes escarlatas están en flor, las rosas y las magnolias en pleno marzo y los brillantes limones amarillos cuelgan de las ramas”. Dos décadas antes el viajero y escritor italiano Adolfo Dollero había quedado impresionado al recorrer la factoría textil a partir de la cual se había edificado el pueblo de Santa Rosa, advirtiendo: “Es una gran fábrica de hilados y tejidos de algodón; con más de 40 000 husos, 1 400 telares y 2 000 obreros. Unos 2 300 caballos de fuerza hidráulica y eléctrica mueven esa inmensa cantidad de máquinas, todas inglesas, las que trabajando día y noche producen lo mejor de la industria algodonera moderna”.
Aquí en este espacio exuberante, cuya vasta riqueza natural y pureza líquida fue aprovechada por los inversionistas franceses, quienes instalaron modernas fábricas en el corredor textil Orizaba-Santa Rosa y por alemanes quienes en 1886 fundaron, para beneplácito del homenajeado y de un servidor, la Cervecería Moctezuma, venerada por la feligresía bacanal de la región.
En este valle prodigioso, vigilado día y noche por el Citlaltépetl, nacieron los descendientes de aquellos tesoneros migrantes que llegaron al entonces llano verde de Santa Rosa Necoxtla, al conocer que la factoría textil les brindaría trabajo a mucha de su gente. Raúl Hernández Viveros diría que Santa Rosa, su lugar de origen, es un pueblo de personas enloquecidas por el viento fuerte y extraño de la surada que viene desde el Golfo de México. Es importante advertir, que en la región de Orizaba los santarrosinos son conocidos como locos.
Raúl Hernández Viveros, no fue hijo obreros textiles, mas eso no significó su indiferencia hacia esta clase trabajadora. Fue el último hijo de una familia acomodada, dedicada al comercio. Don Mario, su padre, trabajó noche y día en su popular tienda de abarrotes “El Trébol”, a la cual el homenajeado asistía ocasionalmente, en sus propias palabras, “solo para pegarle al mudo”, que en la jerga coloquial no es otra cosa que asaltar el cajón de los billetes.
El entonces niño, solitario y relamido, fue amigo desde la infancia del afamado Rubén García Díaz alias el “Pollo”, personaje mendocino de prosapia intelectual y etílica, a quien Raúl Hernández Viveros inmortalizó con un apartado especial en su libro La Generosidad Divina. Otro personaje de quien el autor guarda recuerdos intensos es de Mario Martínez, con quien recorrió los placeres mundanos en las convulsionadas y concurridas tabernas mendocinas, en constante búsqueda del paraíso terrenal.
Raúl Hernández Viveros fue testigo de la época pujante del sindicalismo local, en que las manifestaciones artísticas y culturales celebradas en el majestuoso Teatro Juárez, reflejaban en parte, la fecunda vida cotidiana de esta comunidad de obreros. Testificó el ascenso de personajes locales que sobresalieron en el escenario nacional, como Venus Rey, músico educado en Rochester, virtuoso del trombón de vara; “la pintora de blanco”, Sofía Bassi plasmando sus hermosas acuarelas surrealistas; el periodista Samuel Morales Ferrón mejor conocido como Severo Mirón. Con su canción: “Por tener / la miel a marga de tus besos / hoy se tiene / que arrastrar mi dignidad. / Por piedad, por compasión / no me desprecies; / me moriría sin tu amor / no me abandones. / No por Dios, / no te me vayas te lo ruego; / que en la vida como un perro / pasaré. / Sin hablarte, / sin llorar / sin un reproche, / siempre tirada a tus pies / de día y de noche.”, inspiró a Raúl Hernández Viveros en sus primeros años de estudiante.
El homenajeado y todo jovencito santarrosino anhelaban llegar a ser grandes beisbolistas. Aspiraban a emular las hazañas del Zurdo Lozano, del Tigre Gutiérrez o del Chato Martínez, singulares peloteros nativos de gran linaje beisbolero. Así fue como este chamaco, prospecto de pelotero caro, mecenas y short stop de los Tecolotes de los cuatro focos, novena del barrio que formó para que jugaran él y ocho chicos más, abandonó las canchas a temprana edad, cuando en un partido de liga, una línea violenta se fue a estampar en la zona frontal de su cabeza, lo que, subrayo, posiblemente traería repercusiones exitosas al escritor en ciernes, ya que le propició una lucidez sorprendente y un diáfano resplandor le abrió las puertas de la creación y la imaginación literarias, además que dicha sacudida neuronal desarrolló en él una memoria excepcional.
Ahora apasionado de la vida, procura bajarse las penas cotidianas con un tinto de la Rioja y la buena mesa de los días, la adereza con la acidez característica de su fino humor inteligente. Idealista irremediable, conversador y lector compulsivo, crítico acérrimo, escritor prolífico, amigo fraternal y gourmet de alta escuela, sin lugar a duda tiene un sitio especial en las letras de nuestro tiempo, pero sobre todo tiene un lugar preponderante en el corazón de sus amigos.
María Zambrano diría que la amistad es un acto de frecuentar los mismos lugares del pensamiento, de ir y venir por un mismo sendero, aunque a veces sea con paso distinto. En este handicap de la vida, la bohemia y los libros, el homenajeado nos lleva ventaja de sobra; en donde nos empatamos es en el aprecio que sentimos por las mismas cosas y las mismas causas; y nuestro desprecio irrenunciable continúa siendo para quienes hacen de la estupidez un culto a la vida, me refiero, desde luego, a un amplio sector de la clase política nacional. Vengan más años de estos, Raúl Hernández Viveros, maestro y amigo; tinta y papel; lucidez y pluma; ideales y acciones. Vengan muchos años más.

martes 6 de diciembre de 2011

TRAYECTORIA LITERARIA DE RAÚL HERNÁNDEZ VIVEROS



ENTREVISTA A VASCO Szinetar









Antonio López Ortega*





Cachete con cachete






En un acertado intercambio de roles, un polifacético retratista de escritores es enfrentado al espejo por uno de ellos. Una íntima mirada al álbum personal del fotógrafo venezolano Vasco Szinetar







A la muerte de tu padre suceden otras muertes cercanas. ¿Por qué no me hablas de ellas?





Esas pérdidas las asocio con un período de vida en el que la muerte se me hizo un objeto muy tangible, que podía tocar con mis manos. En 1964 muere mi tío Argimiro, en un frente de guerrillas. Nos toca ir a buscar el cadáver y yo nunca sabré por qué me incorporan en la comisión familiar. Ese es el primer impacto, o la primera imagen: viajar hasta el sitio, reconocer el cadáver, recogerlo y traerlo de vuelta a casa para velarlo y enterrarlo.





Después viene la muerte de mi tío Alirio en 1966. Él también se suicida, y a partir de allí, como por mimetismo, a mí se me hace muy visible la circunstancia del suicido de mi padre. Viéndolo desde una perspectiva más saludable, yo comenzaba a fantasear con el suicidio como esa fatalidad vinculada a la cultura, a la creación, a la vida de tantos poetas y artistas. Y con ese imaginario a cuestas recorrí muchas etapas, hasta que ya más grandecito me dije: “Esto es una necedad”.





¿En qué momento de la adolescencia, tan imbuida en el debate político, comienzas a sentir la pulsión artística? ¿Ambas inquietudes van en paralelo o se dan la mano en algún momento?





Al comienzo iban juntas. Fíjate que en lo que es la izquierda clásica, los temas políticos y culturales van de la mano. Yo comienzo a leer poemas a los 16 años, también a escribirlos, pero la visión de la cultura seguía muy ligada al ámbito político. Con mi tío Edgardo tengo mis primeros diálogos sobre Rilke, sobre Thomas Mann, sobre literatura en general, y comienzo a notar que la escritura es una forma de afirmación personal, un instrumento de seducción, una palanca para ser reconocido. Es decir, algo más o menos igual que la política. Entonces me empiezo a poner unos suéteres “existencialistas”, unos pantalones de pana, todo para acceder muy adolescentemente a una fachada. En el fondo, todas estas cosas las hacía, como las hacemos todos, para que me reconocieran o me quisieran.





Más allá de las influencias intelectuales que provenían del entorno familiar, ¿puedes identificar algún momento en el que conscientemente hayas reconocido tu talante artístico?





Yo venía escribiendo poemas de manera muy consistente, pero a partir de un momento comienzo a ver mucho cine. El cine estaba de moda como expresión, como posibilidad, como vía de desarrollo intelectual y personal. Cuando termino el bachillerato surge la posibilidad de irme al extranjero, pero no sabía muy bien qué estudiar. ¿Qué es lo que está de moda?, me pregunto, y me contesto sin vacilar mucho: el cine. Aunque viéndolo ahora, hubiera preferido estudiar diseño gráfico o fotografía, disciplinas que están más cerca de mi naturaleza, oficios más solitarios, que dependen de menos personas, en los que la relación con el trabajo es más directa y no está sujeta a factores externos. Pero me voy por el cine y termino en Polonia, en la Escuela León Schiller de Lodz, y luego en Inglaterra, en el International Film School. Son estudios que se desarrollan en un ámbito de brumosidad, porque yo nunca he estudiado nada de manera asertiva. La sensación que guardo es que no pasé por ninguna escuela. Nunca fui sistemático en nada. Más bien siempre tuve un gran talento para sortear de manera exitosa todas las escuelas, todos los compromisos educativos que se me presentaban.





Cuando fuiste consciente de la escritura poética o de la fotografía, ¿sentiste alguna plataforma grupal o fue más bien una senda recorrida en solitario?





Yo publiqué mi primer libro en 1975 y todavía no había regresado a Venezuela. Estando en Polonia conozco al escritor mexicano Raúl Hernández Viveros. Nos volvemos muy amigos y nos reunimos en mi casa todo el tiempo. Creamos una suerte de foro a partir de la obra de Gombrowicz, que nos marcó mucho, al punto de que cuando Raúl vuelve a México funda una revista llamada Cosmos, en homenaje al maestro. Raúl se vincula con la Universidad de Jalapa y se convierte en su director de publicaciones. Me pide entonces un manuscrito de poemas y, al tiempo, me manda el libro impreso con un título terrible: Incestando floraciones tardías. Era un libro de poesía muy depurada, muy epigramático, y el título, aunque errado, estaba impregnado de los signos de la época: el hachís, las relaciones incestuosas, la ampliación de los sentidos, etc. Con ese primer libro en la mano regreso a Venezuela en 1976, y allí, gracias sobre todo a mi hermano Miguel, comienzo a vincularme con los escritores venezolanos del momento...





¿Cómo fueron esos primeros años de regreso en el país? ¿Fue por esa época en que te encontraste con la fotografía?





En Inglaterra estalla una crisis fuerte con mi primera esposa, y cuando llego a Venezuela me dedico a la bohemia. Vivo entre Caracas y Mérida, frecuento a los poetas, a los escritores, y participo de ese ambiente en el que la bebida impera. Entonces empiezo a escribir otro libro, envuelto por la convicción de que soy o quiero ser un poeta. También participo en el consejo editorial de la revista Caballito del Diablo, por invitación de mi hermano Miguel...





No recuerdo con claridad, pero es hacia 1976 cuando comienzo a tomar fotos, específicamente de escritores. Gracias a la mediación de Arnaldo Acosta Bello publico mi primera foto, en un reportaje que El Nacional le dedica a Darío Lancini. Eso me abre las puertas del “Papel Literario”, donde lentamente fui construyendo un espacio dedicado a retratar escritores... En algún momento llegué a imaginarme como cineasta, pero esa tonta idea no duró mucho. La vida me fue llevando a lo que yo era, esencialmente un fotógrafo, y asumir ese destino llegó en un momento muy oportuno de mi periplo intelectual. Esas primeras fotografías de Darío Lancini fueron como un disparador, y desde entonces he trabajado sobre todo con escritores. Descubrí de pronto que en el país no había nadie que retratara a los poetas y narradores de una manera sistemática. Había grandes fotógrafos, como siempre los ha habido en Venezuela, pero no había alguien que dijera: “Esto es mío”. Entendí enseguida que ese era mi tema, y a partir de allí empecé a retratar a los escritores no por pauta, sino por vocación testimonial: quería mostrar dónde vivían, dónde se reunían, cómo eran sus sitios de encuentro. Sentía que nadie se daba cuenta de la significación documental de ese proyecto, pero yo lo vi muy claro desde mis comienzos, y sabía que había encontrado un espacio virgen.




















* Nació en Punta Cardón, Venezuela, en 1957. De madre canaria y padre caraqueño, vivió su infancia entre los campos petroleros de Maracaibo y la ciudad holandesa de La Haya. Cursó estudios de Física y Letras en Caracas y luego de Estudios Hispánicos en París. Ha publicado seis libros de narraciones breves, entre los que destacan: Cartas de relación (1982), Calendario (1985), Naturalezas menores (1991) y Lunar (1996). Ha sido fundador de la editorial de poesía Pequeña Venecia en 1989, participante del “International Writing Program" de la Universidad de lowa en 1990 y becario de la Fundación Rockefeller en 1994.










domingo 13 de noviembre de 2011

Renato Prada Oropeza (1937-2011)

Renato Prada Oropeza (1937-2011)
Por Raúl Hernández Viveros


Hace algunas semanas fui invitado a la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, para participar en una serie de conferencias sobre la creación literaria en la Maestría de la Facultad de Filosofía y Letras. Durante este evento, mi inseparable amigo, el poeta Mario Calderón Hernández; entonces me informó que Renato Prada Oropeza se encontraba delicado en un hospital de la capital poblana.
Luego de mi sentida preocupación, también relacionó nuestra amistad con mis primeras aportaciones en el campo de la narrativa mexicana. Además, Mario Calderón Hernández recordó un texto iluminador de Renato Prada Oropeza, publicado en La Palabra y el Hombre. Mis recuerdos viajaron hasta la identificación de un valioso antecedente en mi carrera literaria.
Mario Calderón Hernández acababa de finalizar una antología sobre el cuento indigenista en México, y estaba interesado sobre mi relato “¡Viva Grecia!”. De regreso a la Universidad Veracruzana, pude localizar el ejemplar de La Palabra y el Hombre. Leí por primera vez, el ensayo breve de Renato Prada Oropeza, y se lo envié a Mario Calderón Hernández, acompañado del cuento mío elegido.
Fue un verdadero descubrimiento que, posiblemente debido a mi fundamental pudor, intenté ni siquiera acercarme, y algo misterioso me impidió leerlo en aquellos años juveniles. Tal vez porque me sentí preocupado de los comentarios de otros colegas que en forma irónica señalaban ya la importancia de mi narrativa, considerándola a la altura de Sergio Galindo y Juan Vicente Melo.Ahora con la muerte biológica de Renato Prada Oropeza: es su memoria le agradezco el haberme colocado con el espacio de las letras hispanoamericanas. Al mismo tiempo, rindo homenaje a su aportación valiosa en la dirección de la revista Semiosis. Viene a mi pensamiento que cuando tuve a mi cargo la Editorial de la Universidad Veracruzana, en la Serie Ficción, se incluyó la primera edición de su novela Mientras cae noche. Su herencia cultural permanece con el instrumental metodológico y metalingüístico con la semiótica literaria. Desde el profundo y alto internamiento dentro de a perspectiva constructivista.

Raúl Hernández Viveros: Los otros alquimistas
Por Renato Prada Oropeza


L
a literatura veracruzana contemporánea y, particularmente, la jalapeña, manifiesta en la evolución de su narrativa un fenómeno sumamente interesante que tendrá que ser estudiado tarde o temprano: un cambio del realismo social a una metaliteratura no exenta de un fuerte y marcado interés ''psicológico" que desemboca paulatinamente en la narración política. Los mejores momentos de esta evolución lo constituyen, sin duda, polvos de arroz de Sergio Galindo “El verano de la mariposa” de Juan Vicente Melo, (uno de los mejores cuentos de la literatura hispanoamericana).
Y algunos relatos de Hernández Viveros. Por otra parte, este fenómeno señalado por nosotros parece reflejar, en una especie de muestra particular, lo que viene sucediendo en el ámbito más general de la literatura mexicana y, por supuesto, de la latinoamericana.
Los otros alquimistas*, el segundo volumen de cuentos de Raúl Hernández Viveros (el primero, La invasión de los chinos, publicado en la colección Cuadernos del Caballo Verde) presenta una tensión altamente significativa que podría ser ilustrada tomando como manifestaciones mas precisas y logradas "Luz de fogatas" y "¡Viva Grecia!", por una parte, y "Los otros alquimistas", por otra.
Como los cuentos no son presentados por el autor según un orden en cronológico no podemos atrevernos a lanzar ninguna hipótesis en cuanto a1 origen y evolución histórica de la tensión arriba señalada por nosotros, Sólo trataremos de precisar un hilo de lectura sincrónica. Los dos relatos que citamos en primer término corresponden a una asimilación equilibrada del contenido político a una expresión (lengua y forma expresiva). En el primero, "Luz de fogatas", el narrador resuelve con una economía de medios ponderable la presentación de un "hecho social", una huelga obrera. El relato no presenta, como en las narraciones románticas o realistas de periodos anteriores, el interés por un personaje que vendría a constituirse en el héroe de las acciones (sea este positivo o negativo, según el gusto de la ideología dominante), sino que su interés se hace social: los obreros mismos parecen más bien reservados a un trasfondo durante el relato de las escenas y son las mujeres de estos quienes hacen contrapunto con los políticos corruptos y sus esbirros. La: venalidad de los dirigentes es más bien señalada casi indirectamente y sin hacer ningún énfasis caricaturesco (tentación que no siempre suele evitar Hernández Viveros, por ejemplo, en el cuento "El nacimiento del tercer mundo”). La narración altamente ponderada por el uso de un lenguaje justo tiene su culminación en dos momentos: la escena de la represión violenta lanzada por los esbirros y el final desolado donde pierden los que condenados a perder siempre hasta que la historia nos demuestra lo contrario. “¡Viva Grecia!” toma un tema difícil por lo trillado en cuanto parece ya pertenecer por derecho propio a una escuela que tuvo su gloria y decadencia: la situación de miseria y explotación del indígena. Lo que agrada y sorprende en el manejo del tema es la cautela del narrador en la elección de la lengua (lexemas y construcciones sintácticas) con que se expresan sus personajes. 'Tampoco hay aquí ningún recurso fácil, y par tanto caída en un costumbrismo o localismo que haría el relato pintoresco y le restaría el vigor que mantiene de comienzo a fin.
El narrador elude también el sarcasmo, .anzuelo este última que suele morder en relatos como "E1 boom se fue a la guerra". Si bien el final del relato que comentamos carga un poco a tinta sobre la desgracia del indio José: ni la muerte de su segundo hijo, el párrafo final, por su vigor y resonancia hace olvidar ese dejo de romanticismo indigenista.
El polo de ambos relatas podríamos llamarlo sin temor "político": el tema lo es y la resonancia que deja su lectura no puede ser llamado de otra manera. Estos momentos literarios bien logrados por Hernández Viveros; deberían y tienen que ser repetidos en futuros trabajos.
El otro polo, dijimos, cuenta con su mejor momento en el relato que da nombre al libro que reseñamos, "Los otros alquimistas". En este relato hay una ruptura notable del discurso realista, pues uno de los códigos de éste: la coherencia "geográfica” es alterada: Torreblanca es beneficiado por un robo ocurrido en Lima mientras él se encontraba aprestándose a realizar uno similar frente a nuestro apacible supermercado Chedraui, aquí en Xalapa. La "incongruencia" de este hecho no es aclarada por el narrador y lo que manifiesta que Hernández Viveros sabe narrar, tampoco es cuestionado con mayores detalles.
Esta tensión puesta de manifiesto por nosotros parece ser el común denominador de la literatura nueva, la que se hace sentir, a partir del 68 en México, a1 menos en los buenos narradores como Samperio, Ojeda. Tensión que señala una doble influencia: la de la situación real altamente política y politizada, pese y gracias a los esfuerzos de las clases dominante y del Imperio por desviar la atención de las problemas latentes en toda Latinoamérica, Por una parte, y la de autores cómo Borges y Cortázar, por otra.
EI desafío presentado a la generación a la cual pertenece Hernández Viveros es el de encontrar un lenguaje y por tanto, un nuevo tipo de literatura que no se reduzca a repetir las ingeniosas imaginaciones de la literatura fantástica (aunque bien pudiera hacerlo de vez en cuando como concesión y no como sistema) y a perderle el miedo y el pudor al tema político, cuyo tratamiento hará de él un tema literario como lo fue en su tiempo el religioso y el social.
(Reseña publicada en La Palabra y el Hombre, enero-marzo 1979, no. 29, p. 77-78.)
* Universidad Veracruzana, Xalapa, 1978, 174 p.p.

lunes 20 de junio de 2011

La magia de las flores





Raúl Hernández Viveros


La magia de las flores






Durante cierto periodo de sus vidas, algunos hombres y mujeres tuvieron la posibilidad de vivir sus respectivos sueños. Los primeros habitantes descubrieron los manantiales rodeados de flores y arbustos, y entre las montañas comprendieron que soñaban. Las escenas en colores presentaban el paisaje insólito, salvaje e idílico. Por las colinas, las sombras de la vegetación acompañaban los hilos de agua transparente que descendían del Pico de Orizaba.


Al principio los colonizadores eligieron el lugar exacto. También proyectaron los planos, en donde iban a quedar la iglesia, el Palacio de Gobierno, la guarnición militar, la escuela y el hospital. Antes en el puerto de Veracruz, diseñaron los muros alrededor de las casas de madera. La misma arquitectura que se repitió en el centro de la capital de México.


Luego los viajeros reconocieron que se trataba de un lugar ideal de paso entre el mar y la montaña. Era la escala obligatoria para el descanso en el transporte de mercancías. Las bellezas naturales encantaron a los recién llegados a Jalapa. De inmediato la brisa los envolvía con la fragancia, y no pudieron olvidar el perfume de las flores. Los primeros visitantes cautivados, decidieron construir sus residencias sobre esta sombra del paraíso.


Como en un centro ceremonial, acostumbraban pasear por los senderos y ascender encima de la pirámide del cerro del Macuiltepetl. Desde allí observaban el valle, que en pocos años se llenó de edificios coloniales y casas de madera. Con el lamento de las ramas de los pinos brotaron los caseríos. Al paso del tiempo organizaron una de las más importantes ferias nacionales, en la cual se mostraban y difundían los productos manufacturados por la industria local. Igualmente se presentaron las novedades de Europa, África, Oriente y Asia, al público asistente.


En otra parte de la población, permanecía la exhibición de plantas y flores regionales, y el amor por estas tierras aumentó a través de la memoria. Por otra parte, existía el orgullo de considerarse los inventores de la extraordinaria purga, brebaje que compraban directamente los boticarios europeos. No obstante, varios grupos de expedicionarios abordaron los límites de la ciudad, en búsqueda de la fórmula del purgante y de los materiales empleados en los dulces elaborados por las manos benditas de las monjas del convento de las Madres Superioras.


Se trataba de figuras perfectas de frutas, que eran la delicia del paladar de reyes, príncipes, duques y demás miembros de la aristocracia española, italiana, francesa y austriaca. Las monjas trabajaban en secreto; escondidas entre el humo de la cocina, y en los laberintos del convento. El misterio rodeaba los movimientos de las túnicas. Y de esta manera, la promesa del silencio sepulcral demostró la firme disciplina y la superstición de irse al infierno, en caso de hablar de más, o informar sobre el invento de aquellos dulces. Gracias al juramento se iluminaba el esfuerzo de brazos y manos femeninas que batían la masa y daban forma a los dulces.


La fama de Jalapa invadió todos los rincones del mundo. Se puso de moda servir en bandejas de plata estas piezas de dulces que simulaban ser verdaderas piñas, plátanos, naranjas, higos, fresas, mangos y manzanas; simulados productos originarios y sembrados en el nuevo mundo. La palabra “delicioso” encontró el equivalente para el término dessert: signo de alcurnia y elegantes modales de la sociedad europea. No faltaban los dulces de las monjas en el seno de las familias de sangre azul, y en otras etnias que por lo menos respetaran y conservaran sus usos, costumbres y tradiciones.


Los parientes próximos a los zares de Rusia pagaron en oro la importación de cajas de dulces de las monjas. Se contrataron selectos grupos de mercenarios, especializados en facilitar y vigilar los embarques en el puerto de Veracruz. Dentro de las bodegas de los barcos llegaban en buenas condiciones a Cádiz, Barcelona, Génova, Atenas. En algunas ocasiones, entre la neblina del Atlántico, desde los barcos piratas irrumpieron las expediciones de bandidos y maleantes con la misión de apoderarse, a como diera lugar del manjar divino de las monjas.


Decenas de emisarios del pirata inglés Francis Drake, fueron aprehendidos cuando atacaban los claustros del convento, o en los instantes en que las monjas deseaban y anhelaban obtener la bendición de la hostia. En un atardecer sofocante y abrasador, cientos de piratas abandonaron sus vidas en la soga del patíbulo, instalado en el centro de la ciudad, ante la mirada complaciente y resignada de miles de personas arremolinadas en torno al cadalso. Todo estaba perfectamente coordinado por la sagacidad, ingenio y experiencia del verdugo en turno, que a cada rato solicitaba los prolongados aplausos y monedas, y las carretas para transportar a los difuntos infieles.


Sin embargo, algunos facinerosos dejaron la semilla de su sangre dentro de muchas monjas, que se vieron forzadas a dejar la dignidad religiosa y la entrega a la fe y pasión de Dios. Dichas mujeres en silencio y amor ofrendaron sus últimos días a la siembra y cosecha de flores, que vendían en fiestas de casamiento, quince años o primera comunión. En casos respetables, adornaron los servicios fúnebres que algún valiente patriota transformado en héroe, o bien al final se dio el ilustre nombre a la Calle Real, la principal de la ciudad.


Los niños rubios se mezclaban en la escuela cantonal, y destacaban por sus rasgos ingleses de honor, justicia y fidelidad, en lugar de continuar la tradición de valentía de sus padres aventureros. Con su flema británica asimilaron pacientemente los episodios de la revolución, y aplaudieron el paso de los nuevos ídolos que vestían uniformes de variados colores, igual que intercambiaban mujeres, amores y causas ajenas. Esto influyó posiblemente en el nacimiento de la raza, que originó la creación de personalidades brillantes y valiosas en el ámbito nacional.


Aquellos hombres estuvieron a cargo de los destinos de la nación, y encabezaron los movimientos en el viraje hacia los tiempos de modernización. Dentro de los cambios que hubo en las capitales europeas, creció el prestigio de los dulces de las monjas, y decayó la popularidad de los chiles jalapeños, la importancia del café, el tráfico del tabaco, la adquisición de cacao y el empleo del azúcar de caña.


El vientre de esta tierra cautivaba con sus frutos a cualquier pueblo de Europa. Hasta China llegó la noticia de los dulces de las monjas. Cierto emperador contaba a sus descendientes que ni siquiera su extraordinario cocinero, acompañado del más sabio de su corte, lograron separar y descifrar los ingredientes de la masa de harina y dulce. El emperador enrojeció de vergüenza cuando tuvo que pagar demasiado con tal de recibir su dotación semestral de caja de dulces de las monjas.


Por el juramento, varias generaciones de estas mujeres se llevaron el secreto a la tumba. En vano los agentes extranjeros y espías buscaron sacar a la luz pública la receta de estos formidables bocadillos. Con insolentes palabras fue pregonado el rumor sobre el conocimiento de las hierbas que integraban la fórmula del purgante, que manos expertas se llevaron hasta el viejo continente. Entonces las botellas patentadas en diferentes países, inundaron los estantes de las boticas de Lisboa, París, Roma y Madrid.


Los fabricantes de Jalapa, aturdidos y vejados por los gritos de burla y risas irónicas, decidieron cerrar su negocio. Todavía sobreviven los restos de los muros de la fábrica en el Paseo de los Lagos. Lo irrefrenable ola de rumores impulsó a la muerte al heredero, que se dejó llevar por la tristeza de no haber logrado ir a conocer el escenario del éxito de los falsificados purgantes europeos.


De golpe las tardes se envolvieron en la neblina de otoño, y con las fiestas de Navidad y Año Nuevo prosiguió la exportación de los dulces de las monjas. Como si se tratara de un manjar de los dioses, su consumo volvió a traspasar las fronteras. En la Casa Blanca devoraban estos postres en la cena de Acción de Gracias. El Vaticano integró una comisión en la Santa Rota que tuvo como objetivo convencer a las monjas de que confesaran y dieran a conocer la fórmula.


Por parte de su Santidad resultó un fiasco y enojo el hermetismo y silencio de las monjas; delante de sus ojos, en la magnitud de los lentes de aumento, los dulces semejaban frutas de verdad, que de inmediato daban ganas de acariciar, devorar y sentir entre la lengua y los dientes. A todos los invitados de la Santa Sede se les regalaban pequeñas cajas con nuestras de los dulces de las monjas. De preferencia a los embajadores enviados de potencias de los imperios, otorgaban recipientes de plata con una docena de frutas. A los demás conocidos y recomendados, cajas de madera con media docena.


El dulce no podía ser otra cosa que un regalo de Dios. El sueño de la inmortalidad anunciaba el umbral de la realidad, gracias a la sabiduría y genialidad de las manos de las mujeres que ofrendaban su talento y virginidad a la fe divina y sagrada. Los ojos inquietantes de las monjas brillaban a la hora de estar arrodilladas, en el instante de la elevación. Ellas disfrutaban con la intensidad, disciplina y veneración de que es capaz el ser humano por dar plena satisfacción, y se murmuraba que cedían a los instintos de la gula, la envidia y los celos, en un acto de verdadera fe.


Como en el fondo de un imprevisible y misterioso sueño, el poder de la grandeza y la eternidad del arte, se encantaban con los dulces de las monjas. La lealtad hacia el secreto de confesión fue investigada y analizaba por una comisión de cardenales. En los días siguientes, desde Roma partieron los sacerdotes a clausurar el convento. Los delegados apostólicos cumplieron al pie de la letra las instrucciones. En los alrededores, la pena e indignación cruzaron el rostro de los vecinos.


Nadie pudo creer que fueran declaradas culpables de vivir en pecado mortal, principalmente involucradas en ritos satánicos y perversos. La venganza fue subrayada en la lectura de la condena. El edicto marcaba el emparedamiento a cal, arena y piedras, tanto de las ventanas como de las puertas en cada habitación de las monjas. Desde el convento, en el aire flotó por las calles, el coro femenino de de canciones que alababan y suplicaban el perdón de Dios. Con las manos entrelazadas, las monjas apretaban los rosarios, y durante varios años gracias a la expiación de sus almas, sus cuerpos permanecieron incólumes como si hubieran unas horas recién quedado sin vida.


Los cantos amenizaban todas las mañanas el patio del convento. En las ciudades inmediatas llegaron las noticias del castigo divino. Las monjas, hundidas hasta el cuello en piedras y argamasa, seguían cantando. Los visitantes regresaban a su lugar de origen, porque había comenzado a correr el rumor de que la tierra estaba a punto de abrirse. El frío laceraba la piel de los viajeros, impidiéndoles lamentarse y pedir auxilio. Una garra dolorosamente sujetaba los cuellos, y en los rostros de las mujeres, se dibujaban los agujeros del miedo.


Pero no hizo falta esperar mucho. Aquella mañana de abril, un terremoto derribó algunos edificios coloniales del centro de la ciudad, y bajo los escombros perecieron cientos de personas. De pronto, en medio de las ruinas, el arzobispo con su lujoso ropón, su figura impecable y perfecta apareció frente al convento. Desde la puerta principal, las monjas a señas, le ofrecieron charolas que exhibían las frutas de dulce. El fulgor del sol iluminó cada una de las tonalidades del coro femenino.


Sobre los techos de tejas empezó a caer la pausada lluvia de flores; la fragancia perfumó las paredes de las casas y edificios. Después de tanto tiempo, pasaron los días de llanto y perdón en el vendaval de la memoria. El sueño acompañaba el camino hacia el recuerdo. A la mañana siguiente, la capilla del convento funcionó de recinto de la misa. El arzobispo confesó en público el milagro de haberse encontrado a sí mismo, en la música nunca oída y la dulzura de los cantos de las mujeres que inundaban sus oídos, mientras la muchedumbre se arremolinaba alrededor del altar.


El arzobispo, con desdén y temor, contribuyó a la entrega de hostias a las monjas quienes, apenas obtenían el don divino, se transformaban en rosas, anturios y orquídeas que abarrotaban el espacio de la casa de Dios. Los corredores, escaleras y huecos del convento, se embellecieron con el colorido y la fragancia de la naturaleza. Más allá, por las banquetas, en las entradas de las casas, sobre los barandales de las terrazas y balcones, las flores despertaban radiantes de felicidad.


El arzobispo sonrió porque no tuvo la fortaleza de rechazar o negarse a morder las frutas de dulce que adornaban el interior del cáliz. Luego dirigió el rostro a lo alto de la cruz del altar, y en silencio alargó su lengua sobre la piel inmaculada del higo y la manzana que brillaban bajo la luz del cielo. Tuvo una sensación de vacío que apenas pudo controlar, y comprendió el significado inescrutable de la juventud, al gozar el cuerpo y la sangre de Cristo.


El milagro de la resurrección fue constatado por los feligreses que asistieron a la apertura del convento, que tenía muchos años de haber sido clausurado por instrucciones de la Santa Rota. Entre algunos papeles que fueron utilizados para sellar algunos resquicios de ventanas y puertas, con letra antigua pudieron descifrarse estas palabras:


“Siempre la ética plantea en todo tipo de proceso, en efecto, los intereses individuales y colectivos. Esto puede llevar a las falsedades de lograr una sentencia. Se busca conocer la verdad. La importancia de la conciencia moral hace probable la búsqueda de la verdad. Pueden darse casos en los que se manifieste esa aquiescencia, como un milagro”.&






jueves 10 de marzo de 2011

La trascendencia de Miguel León-Portilla

Por Raúl Hernández Viveros












A la memoria de Mariano Martínez Bautista




Durante el homenaje que la UNAM le rindió a Miguel León-Portilla, el rector José Narro dijo que: “Se trata de un personaje porque trasciende su tiempo, pero pertenece a él; sueña, imagina y piensa que las cosas pueden hacerse mejor, En medio del tropezón, del bache como el que vive México, mantenemos la esperanza y la certeza de salir adelante por gente como él”. Por su parte, Miguel León-Portilla sostuvo que “el país nos duele por sus desigualdades espantosas”. De esta manera se conmemoró el 85 aniversario de su natalicio, el 22 de febrero del presente año. “Se trata de un personaje, porque trasciende su tiempo, pero pertenece a él; sueña, imagina y piensa que las cosas pueden hacerse mejor, pero, al mismo tiempo, hace y construye en favor de la solución de problemas de hoy”, dijo el rector de la UNAM.


Como palabras de agradecimiento, Miguel León-Portilla aseguró que “México nos duele por sus desigualdades espantosas; mientras unas personas tienen miles de millones, otras no tienen para comer y no perciben ni siquiera el salario mínimo, tan ridículo. Pero también por la violencia, que puede estar muy ligada a la inequidad social y económica. La Universidad Nacional es la única que puede guiarnos por caminos de solución a través de la educación superior. Los mexicanos, no podemos quebrantar la esperanza, porque el día que lo hagamos estaremos perdidos.”


“No somos gatos de la historia, somos herederos de dos civilizaciones originarias, la de Mesoamérica y la del Mediterráneo, legados que a veces han estado en conflicto y que esperemos entren en solución para bien nuestro”, fundamentó Miguel León-Portilla, doctor en Historia por la Facultad de Filosofía y Letras y emérito del Sistema Nacional de Investigadores. Estudioso del pensamiento de los antiguos mexicanos, siempre destaca la autonomía de los pueblos indígenas. Nació el 22 de febrero de 1926 en la Ciudad de México. En la Facultad de Filosofía y Letras, se doctoró en filosofía, dirigido por Ángel María Garibay, con la tesis titulada "La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes". Entre su amplia bibliografía pueden citarse algunas obras: Los antiguos mexicanos, La visión de los vencidos. Literaturas indígenas de México, Tonantzin Guadalupe, Quince poetas del mundo náhuatl, y la antología De Teotihuacan a los aztecas.


Durante estas décadas los trabajos de investigación de Miguel León-Portilla, han permitido una profunda aproximación al estudio y conocimiento de la riqueza del mundo prehispánico. Ahora que acaba de celebrar sus 85 años de vida, considero trascendental reflexionar un poco acerca sus importantes versiones sobre los antiguos mexicanos. Sin duda alguna, fue uno de los más valiosos discípulos de Ángel María Garibay Kintana quien fue director del Seminario de Cultura Náhuatl de la UNAM.


Miguel León-Portilla, heredero de estudios fundamentales de su antecesor, conocedor y promotor de la literatura indígena. En 1963, en el volumen publicado en honor al doctor Angel María Garibay K., “Estudios de Cultura Náhuatl”, participó como editor y reunió la Bío-bibliografía hasta ese entonces de su maestro. En su presentación, confesó: “Quienes hemos sido sus discípulos a través de los años, yo lo he sido por más de nueve, en que, semana a semana he pasado a su lado horas que cuento entre las más gratas de mi vida, conocemos bien su rostro sabio y su corazón firmemente enraizado en el pensamiento y en la vida.”


Con motivo de V Centenario de dos mundos, tuvo a su cargo la reproducción facsimilar del libro de Huehuehtlahtoll, en 1988. Tres años después volvió a salir a la luz pública, una edición popular con el estudio introductorio de Miguel León-Portilla, y la transcripción del texto náhuatl y traducción al castellano de Librado Silva Galeana. Se trata de la divulgación de las palabras que describieron los principios y normas del espacio social, político y religioso del pensamiento náhuatl.


Anteriormente tuvo a su cargo la selección, notas e introducción de la versión de textos nahuas de su maestro Ángel María Garibay K. La labor fundamental de Miguel León Portilla resulta de un incalculable valor porque se empeñó siempre en reunir textos que integraron la historia antigua de los mexicanos. En la introducción de su libro Los antiguos mexicanos, destacó que la: “Imagen o visión de una gran cultura, se reflejarán en ella no tanto los hechos se reflejarán en ella no tanto los hechos escuetos, cuanto la interpretación que les dieron los sabios e historiadores nahuas que participaron en ellos. Porque, con matices distintos, pero igualmente humanos, los sabios de Anáhuac, como los de Grecia, supieron también contemplar al mundo y al hombre, creador de cultura, ligando por el simbolismo de las flores y los cantos "lo que existe sobre la tierra" con el mundo misterioso de los dioses y los muertos. De lo que fue su visión maravillosa, casi mágica, el presente libro será tan sólo un trasunto: afanoso intento de repetir "las palabras verdaderas" que dejaron dichas los sabios antiguos.”


Miguel León-Portilla, al lado de su compañera y colega Ascensión, ofreció en 2009, su breve y extraordinario estudio sobre Las primeras gramáticas del Nuevo Mundo, en la colección Centzontle del Fondo de Cultura Económica. Obra dedicada: “A la memoria de Ángel María Garibay, que abrió camino en el estudio de las lenguas mesoamericanas”. Un tributo actual del discípulo al inolvidable maestro; reconocimiento sincero y abierto al impulsor de la sabiduría del estudioso de las crónicas y cantares, o en forma excelsa, del pensamiento y cultura de nuestros antepasados.


En las páginas de Las primeras gramáticas del Nuevo Mundo, se integra la herencia de los primeros estudios de la lengua mexicana. También merece atención la notable la llegada de la imprenta al territorio conquistado por la espada, la pólvora, la imposición de una sola lengua, y una religión. El recorrido minucioso del sometimiento cultural con la aparición del colonialismo, etnocidio, y genocidio en Mesoamérica. Espacio geográfico en donde vivieron 25 millones de personas, que en pocos años fueron sacrificados por los conquistadores hispanos, hasta quedar un poco menos de 5 millones de habitantes.


Por lo cual, Miguel León-Portilla,en el siglo XX respaldó el proyecto de rescatar los testimonios orales de la “Visión de los vencidos”, para que las nuevas generaciones tengan a la mano fragmentos indispensables del pensamiento y la memoria que se transmitió entre los pueblos, comunidades y miembros en cada generación de los indios de México. Frente a una guerra desigual hubo actos de heroísmo que desembocaron en la terrible derrota. Ante las armas rusticas, los cañones, espadas, caballos, arcabuces, y armaduras, se logró la destrucción del imperio azteca. Fue la conciencia histórica que presentó objetivamente la traición y la intriga de convencer a otros pueblos indígenas en colaborar contra los centros más importantes del México antiguo.


Miguel León-Portilla explicó: “No hay que olvidar que los aztecas eran los seguidores del dios de la guerra, Huitzilopochtli; que se consideraban así mismos escogidos del Sol y que hasta entonces habían creído siempre que su misión cósmica y divina era someter a todas las gentes de los cuatro rumbos del universo. Quienes se tenían por invencibles, el pueblo del sol, el más poderoso de la América Media, tuvo que aceptar su derrota. Muertos los dioses, perdido el gobierno y el mando, la fama y la gloria, la experiencia de la conquista, significó algo más que tragedia, quedó clavada en el alma y su recuerdo pasó a ser un trauma”.


Los aztecas no conocían la escritura fonética, y a través de los jeroglíficos, conservaron la memoria de su historia. Estas descripciones o pinturas se conservaron en los códices, y a través de la memoria familiar. Sin embargo se destruyeron infinidad de códices y otros fueron rescatados por los misioneros que aprendieron las lenguas y costumbres de los antiguos mexicanos. Los idiomas y cultos religiosos permanecen hasta nuestros días cómo un testimonio del México profundo.


En 2009, la Revista de la Universidad de México, incluyó un poema bilingüe de Miguel León- Portilla, con su lectura todavía puede contemplarse la relación de los pueblos originarios y el vínculo con la filosofía de nuestros antepasados. La belleza de sus palabras y la admiración por nuestros dioses que se intentó borrar de la historia nacional. Se trata de la poesía náhuatl, de ellos y la mía, como aseguró Miguel León- Portilla, y escribió: “¿Eres tal vez un Tú inabarcable? / Ni te veo, ni te siento, / Pero te busco y quiero encontrarte, / Noche, Viento, ¿eres el mismo / del que hablan la antigua y la nueva palabra”.