martes, 1 de junio de 2021

Revista Cultura de VeracruZ Mayo/Junio 127

 

REVISTA 127 MAYO/JUNIO 2021

 

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Fernando de Villena

José Lupiáñez regresa con una mayor hondura filosófica

 

Sin hiperbolizar afirmo que José Lupiáñez es uno de los poetas más importantes de nuestro tiempo. Desde la aparición en 1975 de su primer poemario hasta el presente se han ido sucediendo títulos suyos, algunos avalados con notables premios. Fue uno de los fundadores de la Poesía de la Diferencia y pertenece a la Academia granadina de las Buenas Letras y a la Academia Hispanoamericana de las Buenas Letras. Hoy ya está en librerías su nuevo libro Las formas del enigma*, un poemario variado, denso, excesivamente grande en este tiempo de minucias y mediocridades, una poesía que se alza como un grial de oro para permanecer y abrir camino a las nuevas voces. En sus páginas hay un predominio casi absoluto de versos alejandrinos que se encabalgan con suavidad y que al tiempo que crean una armoniosa cadencia, se adaptan bien al tono narrativo del libro. Claro que tampoco faltan en el mismo algunos juegos poéticos en versos de arte menor como un romance de tono lorquiano o unas coplas de pie quebrado.

Las formas del enigma es una obra de recuento, vital, elegíaca. “La juventud se ha ido, pero no sé por dónde,/ gastada en los altares de la belleza efímera”, escribe el poeta. Estamos ante una poesía de gran hondura, más filosófica y reflexiva que la de otros textos del autor, aunque no por ello ha desaparecido aquí la sensualidad que le es propia, ese derroche de impresiones táctiles y olfativas características de su percepción de la realidad.

El mar cobra ahora un gran protagonismo. José Lupiáñez lo observa al detalle y ya no es la luz cenital la que centra su atención, sino el amanecer, la naturaleza que despierta y le comunica sus secretos. Nos hallamos ante el paisaje de Motril, su vega y sus playas.

El erotismo, otra de las claves de la lírica del poeta se acentúa en muchos poemas de este libro, un erotismo sutil, elegante, profundo, con metáforas siempre nuevas (Fuera sigue la lluvia repicando y dentro ya de ti/ va mi relámpago”), con una cadencia de minué dieciochesco. En ocasiones, el erotismo aparece desde una perspectiva voyeurista. Así lo vemos en el poema “Bañista”, ejemplo de la fascinación del autor por la belleza.

Hay también en Las formas del enigma varios poemas de viajes con el exotismo oriental (“y en el jardín de jade canta escondido/ el pájaro más sabio su tristeza infinita”). Son poemas casi narrativos, neomodernistas, con guiños y referencias literarias. Neomodernista también es el texto “Fábula profana”, un inquietante relato en verso, de muy subido erotismo, donde la música se logra mediante la bimembración y el acertado uso del asíndeton y el polisíndeton.

Tampoco faltan poemas deliciosos, vividos con intensidad y nostalgia, como los titulados “La trama celeste”, “Rebelión en las aulas” o “La casa encantada”. En estos y otros poemas vivenciales el poeta trasciende sus experiencias con la elegancia verbal. De este modo cuenta y vela su intimidad con metáforas que se encadenan y un léxico siempre escogido. Hay también un hermoso poema de homenaje al poeta amigo Mauricio Gil Cano y otros de índole más espiritual.

Pero en su estructura profunda, Las formas del enigma supone el testimonio de una crisis, de una “desazón/ que es la certeza de una bruma interior”. El libro se encuentra impregnado de dramatismo, de angustia, de oscuros presentimientos, de soledad, de inquietud.

Frente a “los alimentos terrestres” que dominan muchas páginas de la obra, la parte final se hace apocalíptica, existencial, y representa la rebelión del poeta ante su propio destino y el de la Humanidad (posiblemente estos últimos poemas lleguen condicionados por la pandemia). Cierra el libro una desengañada plegaria profana con versos derramados que a veces nos evocan a Aleixandre, y una elegía.

En suma, Las formas del enigma es un poemario para ser subrayado casi por entero, un nuevo hito en la brillante trayectoria de este autor imprescindible.



* Ediciones Carena, España, 2021.

 

miércoles, 5 de mayo de 2021

REVISTA 124 NOVIEMBRE/DICIEMBRE

 

REVISTA 124 Cultura de VeracruZ

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Revista de Literatura Contemporánea

 Director

Raúl Hernández Viveros

Subdirector

Alberto Hernández Vásquez

Administrador

Mario Hernández Vázquez

 REVISTA Cultura de VeracruZ, Año XXIII, No. 124,  Noviembre / Diciembre 2020, es una publicación bimestral.

www.nuevaepoca.blogspot.com / culturadeveracruz@yahoo.com.mx

Editor responsable: Alberto Hernández Vásquez. ISSN, en trámite. Licitud de Título: (en trámite). Número de Licitud de Contenido (en trámite). Impresa por Ediciones Cultura de VeracruZ, Altamirano No. 35, Col. Centro, C.P. 91000, Xalapa, Ver. Este número se terminó de imprimir el 26 de diciembre de 2020, con un tiraje de 1000 ejemplares. 

Las opiniones expresadas por los autores no necesariamente reflejan la postura del editor de la publicación. Queda estrictamente prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos e imágenes de la publicación sin previa autorización del Instituto Nacional del Derecho de Autor. 

 


INDICE

2 Adán Cabral  Sanguino

Dos cuentos

4 Pedro M. Domene

Andalucía era una fiesta

6 Edmundo López Bonilla

Redescubriendo un niño

11 Pichi

12 Carlos Roberto Morán,

Medio siglo con Borges, de

Mario Vargas Llosa

14 El revés de la trama de Graham Greene

16 Marco Antonio Acosta

Rebeldes lamentaciones de Rosarioi Castellanos

19 Ernesto Paz León

De moteles y  otros rincones del deseo

 

 

PICHI

     Edmundo López Bonilla

 

 


 

 

No he podido establecer de qué modo Pichi llegó a la casa. Quizá fue un regalo para Amina; o un deseo cumplido a Renato; o un encaprichamiento de Eliseo. Acaso, Silvina lo admitió como recuerdo de los dos gatitos, que recién casada tuvo en el rancho. A la distancia de los años, me parece que llegó como llegan, traídas por las ráfagas de viento, esas semillitas gráciles desprendidas de aquellas esferas del Diente de León cuyos sutiles pelos la sostienen y la mecen suavemente siguiendo la derrota invisible de las corrientes. Pueden ser cualquiera de esas posibilidades.

Por la razón que fuese, Pichi, desde el primer día, fue dueño de la casa. Paseaba su menuda figura, algunas veces con andares cautelosos, indagando no sé qué; otras, deambulaba con la confianza de quien se sabe poseedor de algo, y ese algo era todo el territorio que descubrían sus ojos:    muebles, las personas.

Algún día no apareció cuando le silbé, pensé que más tarde se presentaría, como muchas veces lo hizo, cuando por fin el sueño lo soltara de su tibio abrazo, que estiraría todos sus músculos mientras bostezaba y el pelo del lomo se le erizaba y aun las minúsculas garras asomarían por entre los colchoncitos de las patas. Porque esa es una de las últimas imágenes que han pervivido a través del tiempo.

Cuando miro las películas en las que sus primos, menudos o enormes, acechan a sus presas en ese sigiloso acoso hecho de silencio, acude a mi mente la otra imagen: la de Pichi, y vuelvo a recordar cómo se deslizaba con cautela, como en una burbuja de silencio; cómo sus ojos no perdían de vista su objetivo; cómo las orejas se movían captando los ruidos; cómo había saltado sobre el escritorio y cómo se había convertido en una peluda estatua que sabía que aquel ruido, ese movimiento se reanudarían, mientras, únicamente se adivinaba la vida en el leve juego de sus pupilas y un casi imperceptible oscilar de la terminación de la cola, y el ataque ocurriría cuando alguno de mis dedos hiciera saltar la primera tecla, y entonces la estatua cobraría vida.

 


 

Ganado por el instinto de la caza, los tibios cojincitos de las patas caían sobre el dedo que fugazmente tocaba una y otra y otra tecla… y así seguiría en ese juego de ruido y movimiento, que interrumpía el juego de mis ideas y su materialización en el papel. Arriba y abajo, a la derecha, a la izquierda,    su  mirada  atenta guiaría  la   pata  que trataba de apresar los dedos que veloces, se desplazaban sobre las letras, para formar las hileras de palabras que finalmente serían el reflejo de mi pensamiento.

El tiempo transformó al cachorrito en gato joven, su adolescencia le hizo cambiar sus hábitos y descubrió que el mundo se extendía fuera de su casa. De una de tantas excursiones no regresó. Nuevos amores o peligros desconocidos lo desterraron del territorio de su cachorrez.

Hoy he podido escribir esto sin interrupción porque hace mucho tiempo ese algo se lo llevó. Pero en la evocación, sigo recordando el vibrar casi eléctrico de su pelaje gris manchado de blanco al iniciar el acecho, los ojos amarillos de mirada inquisitiva, los radares de las orejas orientados al sonido y el salto de minino casi de juguete en afán de atrapar los dedos que se escapaban sobre el teclado de la vieja Olivetti. Pequeñito y ágil… porque así vuelve siempre a mi imaginación.