jueves, 29 de enero de 2026

REVISTA 153 SEPTIEMBRE OCTUBRE 25

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Se comparte la lectura de la Revista de Literatura Contemporánea Cultura de VeracruZ No. 153. Colaboran: Jorge Torrealta / María Rosa Rzepka / Isaac Gasca Mata / Floriano Martins / Carlos Roberto Morán / César Bisso / Gino Raúl De Gasperín Gasperín / Omar Piña/ y Brianda Zareth Huitrón: agradecemos la reproducción de sus obras y texto, en nuestra portada y páginas:



Carricoche
Óleo sobre lienzo
150x100 cm
Año 2025




                                       Alizée

martes, 20 de enero de 2026

REVISTA 152 JULIO AGOSTO 2025

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https://youtu.be/NHGt1v491ng?si=l9BwrFsnAwlSNM_v

Lenina M. Méndez

 Raúl Hernández Viveros:

EL IRREMISIBLE PASO DEL TIEMPO

 

Hay momentos en la vida en los que es necesario detenernos a hacer una reflexión, cuando el peso de los años se nos viene encima y se comienza a sentir una honda nostalgia por el pasado. La madurez, que siempre llega demasiado pronto, muchas veces tiende a ser rechazada por creerse que es un primer paso hacia la decrepitud; sin embargo, hay algunos pocos seres privilegiados que saben convertir la experiencia del tiempo en la cumbre de su existencia y no en su descenso. Eso es lo que pasa con Raúl Hernández Viveros y su libro de cuentos, Los días de otoño*, donde al igual que Borges en sus últimas producciones cuentísticas, como El informe de Brodie o El libro de arena, alcanza el punto máximo de su creación literaria; pues como diría el argentino, a propósito de su inspiración en los relatos breves y directos que Rudyard Kipling escribió en su primera juventud, "lo que ha concebido y ejecutado un muchacho genial puede ser imitado sin inmodestia por un hombre en los lindes de la vejez, que conoce el oficio". Aunque cronológicamente Raúl Hernández Viveros se encuentre aún muy lejos del momento vital en que Borges escribió esta sentencia, su carrera literaria ha logrado acceder ya a esa hora en que la experiencia de múltiples viajes, vivencias, oficios y recuerdos se entremezcla con una capacidad creativa de primer orden, que le permite llenar las páginas de su libro, con narraciones de tremenda fuerza emotiva escritas con la perfección que otorga el trabajo de más de veinte años dentro de los senderos de la literatura.

Los días de otoño reúnen diecisiete cuentos que tienen como fondo común la decadencia de los personajes. Ya sea que el narrador sea una voz impersonal ajena al relato, que mira las debilidades de los raquíticos seres que pueblan sus páginas desde la superioridad del que se encuentra por encima de esas situaciones deleznables, o que sea un narrador protagonista que recuerda, en el marco de su degradación, los momentos juveniles que le hicieron estremecerse, los cuentos que conforman este volumen tienen la particularidad de recordamos que en cualquier momento, y no sólo cuando físicamente empiezan a aparecer los rastros de los años, puede llegarse a la decrepitud. Tan viejo es el miserable anciano de "El negocio redondo y perfecto" tratando de revivir sus hazañas sexuales en la figura de su vecina la desnudista, como la joven recién graduada de "Las memorias de Corín", cuya parsimonia ante la vida y estupefacción ante la muerte, la hacen envejecer espiritualmente en pocas horas lo que cualquiera en varios lustros. La caída puede llegar, entonces, en cualquier momento, en la infancia, en la plenitud de los sentidos o haber estado siempre allí, bajo esa careta de indiferencia que otorga el simple vegetar día tras día, como aquellos cinco tipos, ancianos en vida, que deambu1an como zombies a lo largo de "Los actores", siempre apáticos, negando la vida a esa bestia incontrolable que todos llevamos dentro

Dentro de ese marco de la degradación de sus personajes, los cuentos reunidos en Los días de otoño tocan una multifacética cantidad de temas que muestran las diversas formas de ser vencido por la vida, por los años o, al contrario, de saber derrotar el aplastante paso del tiempo con el sabio ostracismo o la ironía. En uno de los cuentos más breves, pero no por ello más simple, "Las lentejuelas", se hace una detallada descripción de lo que fuera el antro de vicio más famoso de Xalapa hasta hace algunos años: El Camachín. Dentro de ese aparente ambiente festivo lleno de las delicias que proporcionan los excesos eróticos, destaca sobremanera la cadavérica faz de los homosexuales ofreciendo sus servicios, la resignada autocompasión de las desnudistas humilladas noche tras noche, la animalización muy al estilo de Valle-Inclán de toda la caterva de simiescos hombres ávidos de sexo que colman las mesas del lugar y, especialmente, la decadente figura de Rafael Montoya, ese patético maestro de ceremonias, quien con su traje barato retacado de lentejuelas pide a gritos un poco de atención y cuyo sueño dorado sería ser falsamente admirado por los hombres que llenan el cabaret, desnudándose ante ellos como esas mujeres colmadas de carne que despiertan la lujuria más bestial, para finalmente, derrotado por la verdad de su mezquina existencia, apretar "con sus manos el micrófono, al darse cuenta que el salón se encontraba completamente vacío".

El tema del erotismo es una constante en los cuentos que conforman este volumen, aunque esta pulsión rara vez llega a ofrecer una verdadera felicidad a sus personajes. El sexo se encuentra bastante alejado de los linderos del amor, y por lo general sólo representa un desahogo, un escape de la realidad circundante. Por ejemplo, en el cuento que da nombre a todo el libro, "Los días de otoño", nuestro protagonista es un boxeador retirado que se niega a olvidar sus glorias de antaño y, ante la decrepitud de su cuerpo, busca en el alcohol y en las relaciones sexuales un medio para revivir "las hazañas del tigre del Guadalquivir", no importando si se acuesta con una u otra mujer, ya sean las dos inglesitas lesbianas que se le ofrecen una noche de juerga, o la esposa del hombre que lo sacó de la miseria, o cualquier otra que se le atraviese en el camino. En "El coleccionista" tenemos un caso similar: ante la imposibilidad del joven protagonista de resolver sus fantasías sexuales con la estrella de la película "Danzón" en persona, se conforma con saciar sus instintos con su patrona, una mujer mayor quien, a pesar de su edad, todavía aguanta para "hacerle su tarea"; este torbellino de erotismo barato desemboca en tragedia, cuando el enardecido muchacho, loco de celos, decide asesinar al joven que cree su rival en los favores de la patrona, tanto sexuales como económicos; lejos de sentir remordimientos cuando comprende la magnitud de sus acciones, continúa tranquilamente su vida al lado de la mujer, quien ignora que su hijo es quien ha caído por la daga criminal de su amante.

Uno de los más sorprendentes cuentos de la colección es sin duda "El placer de la insaciabilidad", donde se conjuga de manera genial el tema del erotismo, con la violencia y la fantasía; pero no del modo en que los manuales de teoría literaria nos definen este concepto, sino nuevamente a la manera borgiana, con lo que él llamó "fantasías de la conducta", abordándose el tema fantástico como parte de la cotidianeidad, es decir, la irrupción de lo inesperado no se da por medio de recursos mágicos o metafísicos, sino por las actitudes extrañas o increíbles de los personajes. En este relato, un venerable hombre de la tercera edad rememora sus experiencias como antropófago, monomanía que comenzó en su familia desde hace varias generaciones y que desemboca en el alma enferma del sujeto que se complace en devorar gatas preñadas, cerdos, niños y cualquier tipo de ser humano. Este es uno de los casos donde la vejez es vista como un paso natural en la escala de la vida, pues el alienado protagonista se encuentra plenamente satisfecho con su sangrienta existencia, donde ha habido cabida hasta para disfrutar del amor de una niña de doce años que se entregó a él, presa de sus cualidades cuasi hipnóticas; uno de los pocos seres felices de la galería de desamparados de Raúl Hernández Viveros, nuestro caníbal asegura satisfecho que "a los sesenta años, puedo decir que la vida tiene sus bondades, amargas decepciones y agradables sorpresas".

Una de las características más notables de los cuentos que conforman Los días de otoño es su variedad en la experimentación de recursos literarios. En estos relatos, no sólo es importante la anécdota sino también cómo se cuenta esa historia, por lo que podemos encontrar los clásicos cuentos de corte realista junto con la utilización del elemento fantástico

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


y hasta del realismo mágico al estilo de Gabriel García Márquez. En uno de los mejores cuentos del libro, "Los fugitivos", todo comienza por aparecer como perfectamente cotidiano y hasta regionalista, pues los naturales del lugar enseguida reconocemos las calles de Xalapa y el trayecto que recorren sus personajes en la peregrinación de cada noche hasta la cercana población de Coatepec, para escuchar el monótono repiqueteo de las campanas de los relojes de la Catedral y del Ayuntamiento. Los cinco jóvenes que forman la hermandad dedicada a parrandear noche tras noche, pueden muy bien, por los allegados, ser reconocidos como los verdaderos compañeros de juventud de su autor, y hasta podría aventurarse que el relato tiene mucho de autobiográfico. No obstante, estas sutilezas, el cuento no desmerece en nada por estos detalles que lo enmarcan dentro de una sociedad bien definida, sino que logra esa característica muy de la postmodemidad: la universalización de lo regional. Cualquiera puede leer el texto y comprenderlo en su totalidad sin que haya conocido jamás, no sólo a su autor, sino a la misma Xalapa, pues los extraños acontecimientos pueden llegar a suceder en cualquier lugar. Poco a poco, dentro de esta cofradía juvenil comienza a introducirse un elemento ominoso que influirá en la vida de todos sus miembros: en una alegoría de la búsqueda de las raíces y del regreso al pasado, los personajes van siendo acosados por las fantasmales figuras de sus ancestros. Para el joven protagonista, lo que comienza como una broma toma la magnitud de darle sentido a su vida entera, cuando en los albores de la caída recuerda con nostalgia, dentro de su soledad, cómo las intemporales figuras de sus abuelos lograron aparecer en las fotografías de su boda.

En "La ciudad de las flores" es el realismo mágico el que irrumpe con fuerza dentro del relato. Se cuenta cómo, allá por los años de la Colonia, Xalapa era famosa por los dulces que elaboraban las monjas de un convento que ahora ya no existe, postres de esencia casi divina que llegaron a causar estragos en todo el mundo, deseoso de alcanzar a paladearlos. La receta de tan extraordinarios manjares, era celosamente guardada por los sellados labios de las religiosas, quienes se negaron incluso a transmitirles su fórmula al mismo santísimo Papa. Esta negativa enfureció a los altos dignatarios eclesiásticos, quienes en un alarde de poder, condenaron a las monjas, calumniándolas de sacrilegio, a ser enterradas en vida al tapiar puertas y ventanas del convento. Sin embargo, en el momento de tan cobarde acto, un terremoto asoló a la ciudad, destruyendo todo excepto el convento. Y aquí comienza la irrupción de la magia dentro de la realidad: una lluvia de flores inundó la ciudad, y cada una de las monjas, conforme tomaban la sagrada hostia, se iban convirtiendo en magníficas flores que llenaron todos los rincones. Hermosura al lado de la violencia más abyecta, es tan sólo una más de las cualidades de un escritor polifacético que sabe explotar todas las ramas de su arte sin perder un ápice de grandeza.

Otro de los recursos de experimentación literaria que salta a la vista en los cuentos de Raúl Hernández Viveros es la creación de un espacio mítico dónde desarrollar su historia, a la manera de Juan Carlos Onetti con su Santa María o Rulfo con Comala. En Los días de otoño este lugar es Santa Rosa, región que representa la esencia de muchos poblados pequeños perdidos en la geografia mexicana, donde se conjugan las banalidades de una sociedad entregada sólo al vicio del chisme y del falso recato, inmersa en una pobreza tanto económica como moral que elimina cualquier intento de escape. En "El cortejo", Santa Rosa representa un pueblo dominado por el fanatismo religioso que resulta muy discordante con la verdadera situación, epígono de aquel sabio refrán que sentencia "a Dios rogando y con el mazo dando". Evaristo es un vejete neurótico que maltrata a su mujer, humillándola cada vez que puede; el día que ella se atreve a enfrentarse, es recibida con una golpiza que no impide nadie, ni sus hijas presentes, ni el nieto que observa la escena impasible; destrozada, es llevada a rastras hacia el centro de Santa Rosa, para no perder la misa que el ahijado de Evaristo va a dirigir, y de la cual se han atrasado por las impertinencias de la anciana, la cual, aún en esos momentos, se da el tiempo de "arrodillada, agradecer a Dios que no le hubiera quitado la vida".

En "Las mezquinas ilusiones", Santa Rosa se convierte en la representación de esos pueblos dominados por la ignorancia, donde es capaz un carnicero analfabeto de alcanzar la presidencia municipal. Sin embargo, al igual que casi todos los personajes que desfilan por las páginas de Los días de otoño, el ingenuo Tenorio, cegado sólo por un breve tiempo por los efluvios del poder, cae estrepitosamente de su pedestal para terminar sus días, viejo y manco, como mozo de la prostituta que antes dominaba. Santa Rosa es, como el mismo tiempo que devora a los desvalidos seres que pueblan sus calles, una voraz destructora de almas.

El muchas veces ingrato oficio de escritor no podría ser olvidado en una producción que ha llegado al punto álgido de sus cualidades. En dos de sus cuentos, Raúl Hernández Viveros nos muestra a los más frecuentes tipos de escritor: en "La pasión por la escritura", tenemos al sujeto pedante que se cree excelente en el manejo de la pluma, despreciando a todos aquellos que no comprenden la magnitud de su arte; cuando su aparentemente ignorante esposa gana un importante concurso literario y se convierte en una productora en masa de best-sellers, nuestro fracasado escritor se derrumba. En "Las buenas maneras", nuevamente se critica con acritud esa postura corrupta que muchas veces priva en los certámenes literarios, que buscan sólo una figura comercial sin importar la verdadera calidad de la escritura; pero a diferencia del primer ejemplo, el protagonista de este cuento puede lograr al fin la fama y darse el lujo de despreciar, ahora él, a todos aquellos empleadillos públicos que rechazaron su arte en un principio.

Los días de otoño es en definitiva una obra que muestra, principalmente, la calidad que otorga la experiencia de largos años inmerso en la creación literaria. Tragedia, dolor, soledad, vejez, decadencia, religiosidad, sexo, violencia, canibalismo, muerte, son sólo algunos de los aspectos tratados a lo largo de los diecisiete relatos que conforman esta obra de magnitudes colosales en cuanto a su alcance. Es, sobre todo, una sesuda reflexión sobre el paso del tiempo, sobre la vida misma, sobre la lenta putrefacción del espíritu, que puede estar presente en el individuo desde el momento de su nacimiento, siendo su existencia tan sólo un proceso de descomposición hasta llegar a la soledad final. Raúl Hernández Viveros nos brinda, a la par que una muestra más de perfección literaria que llega a la cima, una colección de trozos de vidas denigradas que pueden, por medio de su cruda exposición a la melancolía, arrojarnos también a ese negro pozo de la decrepitud sino logramos antes escapar de sus garras de muerte.




* Xalapa, Editora del Gobierno del Estado de Veracruz-Llave, México, 1999, pp. 179.


sábado, 10 de enero de 2026

CAOS

 https://www.youtube.com/watch?v=XeDupvD6sos

CAOS

RAUL HERNANDEZ VIVEROS



https://www.youtube.com/watch?v=uLIs0j2WnlM


Viajé como quien atraviesa un sueño agrietado: Paraguay, Brasil, Argentina. Cada frontera era una herida que se cerraba al cruzarla. Después abordé el barco rumbo a Montevideo, y el río —ese animal inmenso— me aceptó en su lomo. Allí ocurrió el milagro: descubrí a una hija que ya es madre de tres muchachas. Su esposo había muerto durante el Covid; la muerte pasó por su casa como un huésped sin modales. Nos abrazamos largamente, como si el tiempo, avergonzado, se retirara unos pasos.
—Pensé que no volvería a verte —me dijo, con la voz rota.
—Yo tampoco —respondí—. Pero los ríos siempre regresan al mar.
Ella sobrevive manejando un taxi, persiguiendo horas entre semáforos y pasajeros mudos. Sueña con volver algún día a vivir conmigo, cuando el caos se canse de nosotros. Yo asentí, guardando esa promesa como se guarda una moneda antigua en el bolsillo.
Regresé en el ferry hacia el Puerto de Madero. Atravesar el río más ancho de América Latina es cruzar una respiración profunda del continente. Las olas del océano se mezclan con las corrientes de ríos vecinos; el agua no decide, se confunde, se vuelve múltiple. Así viajamos.
Pero dentro del ferry reinaba otro río: un caos de cuerpos, multitudes apretadas en laberintos estrechos. La gente se aplastaba buscando la salida, como si el aire estuviera por acabarse.
—Avancen —gritó alguien.
—No empujen —suplicó una mujer con un niño dormido en el hombro.
—Todos queremos llegar —murmuró un anciano, aferrado a su maleta como a un recuerdo.
Tras las revisiones burocráticas, las miradas policiacas, los documentos examinados una y otra vez, salimos a la avenida Atlántica. Éramos un rebaño liberado por un instante. Agradecí seguir con vida.
Entonces lo sentí: la presencia de Felisberto Hernández, silenciosa y obstinada, caminando a mi lado. Me senté a dialogar con él en medio del ruido.
—Los objetos y el cuerpo humano guardan secretos que no sabemos —me dijo, como si hablara desde una mesa vieja o un piano abandonado.
—Ahora y siempre —le respondí— continuamos en este torbellino, en el aplastamiento de corrientes animales.
El caos adquirió forma de metáfora: estratos sociales organizando la estampida hacia el abismo. Borregos conducidos con paciencia cruel, destinados al sacrificio: vender la lana, devorar la carne, borrar el rastro. Nadie se defiende de la desaparición cuando el orden se disfraza de destino.
—¿Y la conciencia? —preguntó Felisberto.
—Distraída —contesté—, inmersa en proyectos inútiles que sólo anhelan el control total de nuestras reflexiones.
El ferry ya estaba vacío. El río seguía ahí, respirando. Yo también. Y en medio del caos, como un conjuro mínimo, esa certeza me sostuvo.

sábado, 6 de diciembre de 2025

REVISTA Cultura de VeracruZ, 151

















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Sandra A.   Torres Herrera



 Somos cuerpo, mente, alma, espíritu, arrojados a este mundo. En “Chaxiraxi”, la novela de Raúl Hernández Viveros, el personaje principal recién estrena sus ochentas años y no está listo para dejar de buscar respuestas, y en ese cuestionamiento socrático, intenta abrirse al conocimiento total, pese a lo que bien dice Sor Juana Inés de la Cruz, y es el epígrafe de la obra: “Soñé que quería conocerlo todo y sabía que era imposible”. De lo que entonces está convencido el personaje, es que él existe y quiere en su plan de evasión, narrar lo vivido, teniendo como testigos a la ciudad y montañas circundantes de Bogotá, que le brindan un sentido de pertenencia.

El protagonista de “Chaxiraxi” no es un afamado escritor, como Gustavo Aschenbach, en “La muerte en Venecia”, que reflexiona sobre su vida y deseos. Es originario de Santa Martha, Departamento de Magdalena, en Colombia, y es un exfutbolista que gozó de fama entre los sesentas y setentas del siglo pasado en distintos equipos europeos —en los tiempos dorados de las escuadras italianas, polacas y colombianas—. Entregó su cuerpo al deporte de manera total, exprimiendo su pasión como un guerrero que es enviado a numerosos combates y sometido a contratos de esclavitud por parte de los clubes.

En su recuento de los años: la fama, aparejada con fiestas, drogas, derroche, amoríos que no llevan a nada, o que a ellos no se ata emocionalmente, no le produce al deportista sino vacío. Tras el paso del tiempo, y a tanto golpe recibido, su cuerpo comienza a fallar, y se somete a múltiples cirugías. Cuando sus piernas ya no le sirven, es arrojado sin miramientos al cruel olvido. Ver apagarse su estrella futbolística cuando las de otros emergen es una herida abierta que lleva consigo el exjugador. Porque un jugador nato lo que busca siempre es cancha, ese espacio donde explorar y explayar con otros sus habilidades y técnicas, establecer un lenguaje propio, complicidades, trazando líneas, leyendo con anticipación jugadas, y de ser preciso, sometiendo el cuerpo al máximo para lograr ejecutar, como meta común, —de manera armoniosa, hasta poética, como diría Pasolini sobre el pase de Pelé a Carlos Alberto, en el Mundial del 70; sería lo deseable—una ofensiva llevada a buen fin.

En la novela “Chaxiraxi”, de Raúl Hernández Viveros, el juego y la vida son lo mismo. Cuando el protagonista se ve obligado a abandonar para siempre la cancha de fútbol y saltar a la cancha de la vida, primero siente que se quedó en la banca, luego, busca estar activo en otras tareas nada legales, y sale mal librado, y con sus ahorros robados.

Después, permanece en las gradas mirando cómo juegan los demás, y de pronto, no sabe cómo, se ve hundido en la inmundicia, y se torna invisible.

Es aquí donde el héroe caído se redime al confesar que “vivir en forma apasionada es lo único que realmente ejercitó”, y que “quizá el misterio de la eterna juventud no estaba en el cuerpo sino en la búsqueda de nuestras raíces”. En este presente, el exfutbolista es un sobreviviente que en la soledad de su departamento enfrenta al vacío y a la melancolía con rituales: habla con su gallo disecado, toma puntualmente sus pastillas para aliviar sus males, y acude por las tardes a un bar, a escuchar boleros.

Y no es sino con la mirada interior puesta en sus orígenes, y sobre todo con la ayuda de la negra Chaxiraxi de ojos azules,  nombre de la mitología guanche, de Tenerife la madre del Sol;  aquella quien lo acompaña en el bar  y es mujer de carne y hueso, y  a la vez quizá un pensamiento o alucinación del protagonista, que éste siente esa energía vital para emprender la búsqueda del paraíso perdido, de la infancia y la adolescencia, de revivir las emociones y sensaciones que lo sobrecogieron en otros tiempos, en otras estancias. Se propone, entonces, como en el poema de Cavafis “Recuerda, cuerpo”, a que el suyo recuerde el pasado, casi como si fuera el presente, a través de la memoria de los sentidos externos, y no es sino con los sentidos internos, esos que escuchan, sienten, tocan lo invisible, que el personaje principal logra expandir su espíritu hacia territorios insospechados. De este modo, Raúl Hernández Viveros, tiene la destreza narrativa para sembrar semillas a lo largo de su novela, y que en el lector germinen.

En “Confesiones”, San Agustín señala que el presente mirando al pasado es la memoria, y el presente mirando al presente es la percepción, son dos de las 3 dimensiones del tiempo como existentes en el alma. Y el protagonista de “Chaxiraxi”, al ejercitar su memoria desde el presente, recobra el territorio imaginado ya, pues lo revivido no es lo que fue en sí, sino ficcionado, pues como lo advierte San Agustín:

 “Cuando se narran hechos pasados verdaderos, no se sacan de la memoria los mismos acontecimientos que pasaron, sino palabras concebidas a partir de las imágenes de aquellos, las que fijaron en el espíritu a modo de huella al pasar a través de los sentidos. Y así mi niñez, que ya no existe, está en el tiempo pasado porque ya no existe. Ahora bien, su imagen, cuando yo la reavivo y la narro, la observo en tiempo presente, porque todavía existe en mi memoria”.

 Con una prosa ejecutada de manera pulcra, llevada a profundidad, y en sus puntos altos, poética, el material narrativo de Raúl Hernández Viveros es fragmentario, y la escritura fluye al ritmo del oleaje de los recuerdos del personaje, retando al lector a dejarse llevar por ese vaivén, ya sea del ejercicio de evocación, consistente en ese mirar con voluntad hacia adentro y rescatar algo del pasado, del soñar despierto, del fantasear, de divagar, de alucinar, de crear espejismos, aventuras oníricas con la materia de la vigilia, y el déjà vu, imágenes y sensaciones de vivencias en vigilia o en sueños que emergen sin control.

Y el autor va más allá. El protagonista, alentado por Chaxiraxi, ejercita el músculo de su memoria, y termina en un viaje regresivo al origen de su existencia, en el cual él se percibe como semilla en el vientre materno, y siente cómo se gesta en ese entorno, en donde escucha a su madre y a su padre, amarse y pelearse, y luego padecer la ausencia del padre. Recuerda y vive el momento exacto en que despertó su conciencia individual, de su apercibir y darse cuenta a través de los sentidos, de su cognición; así como, por otro lado, de su inconsciente y los sueños, donde los recuerdos, lo confiesa el protagonista, brotan sin aviso. También, en toda la novela, el personaje tiene conciencia colectiva, y a manera junguiana, es asaltado por voces, ecos de recuerdos lejanos, mitos, leyendas, que emergen del inconsciente colectivo. Sin contar, el carácter metaliterario, en su obsesión por la mejor expresión de su escritura.

Y hay misterios que hacen la vida soportable. El protagonista de “Chaxiraxi” puede estar solo dentro de cuatro paredes, sin embargo, señala: “En mis sueños, vuelvo a vivir junto a todos mis difuntos, en un mundo donde el tiempo se desvanece y los recuerdos respiran.”

Asimismo, puede estar solo, pero el viento trae a su presente ecos lejanos, voces muiscas, imágenes de ancestros en la región central andina, donde el agua, los bosques, los animales, las piedras son más que eso, son símbolos de una visión mítica de la naturaleza, y al coexistir en un mismo espacio y tiempo, lo percibe, lo vive como realidades sobrepuestas. Y así también, al soñar, imaginar, inventar, trasciende su realidad.

Por último, así como en el final de Primero Sueño, tras la batalla de las sombras de la noche con la luz del amanecer, Sor Juana da cuenta de una visión de la totalidad, y su yo despierta. Así, el personaje principal, de “Chaxiraxi”, de Raúl Hernández Viveros, quien tras su lucha contra el olvido y la nada, en ese afán de aprehender su origen, confiesa: “Es imposible rescatar los días. No se puede transformar el calendario ni torcer el rumbo del olvido. La nada habita en la mente y acecha en la grieta del tiempo, y al abrir los ojos, se derrama sobre la realidad”.  Y, sin embargo, aun cuando el horizonte del hombre se estreche cada vez más, su ánima espera

martes, 11 de noviembre de 2025

Chaxiraxi Novela

CHAXIRAXI
Raúl Hernández Viveros


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sábado, 5 de abril de 2025

REVISTA Cultura de VeracruZ, 150

 

                 REVISTA Cultura de VeracruZ, 150

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MURIEL, 

MI SOMBRA



Jorge Arturo Abascal Andrade

Las Sombras son hijas de Nicte (La Noche) y

de Horus niño (El Silencio)

Escrito en el muro izquierdo

de la gruta de Éfeso

 Y la Oscuridad se fragmentó y sus Partes

cubrieron amorosas el Mundo.

Florence Conry Espejo de piedad

 


Las sombras son femeninas, sólo femeninas. Cada sombra tiene el nombre de su madre quien a su vez lo obtuvo de su madre y así, hasta el principio de los tiempos, cuando el mundo todo estaba cubierto por una penumbra por poco infinita, antes de que la oscuridad pariera a la luz.

Mi sombra se llama Muriel, lo supe en un sueño, las seis letras emergían del agua de un arroyo y ella las tomaba y las bebía y pronunciaba el nombre; pero eso sólo fue en el sueño porque Muriel no habla; aunque esto no importa porque sé que si  la llamo acude flotando, suave, fugaz.

Cuando Muriel está serena, satisfecha, le gusta posar su cabeza en mi hombro y yo siento una brisa fresca, agradable, que sopla con delicadeza mi cabello; pero si algo la ha contrariado empieza a dar vueltas alrededor mío como cercándome, amenazadora, un silbido cortante surge de ella y se introduce a mi cuerpo por mis oídos y me perturba y un dolor infame me invade, un dolor mezclado con una insatisfacción malsana de tan profunda, de tan total; bastan unos instantes de este suplicio para que llegue a mí una migraña insoportable, como si una flama intensa deambulara libre por mi cabeza quemándome la vida; una vez, incluso, me desmayé. Muriel se asustó, desde ese día intentó controlarse… sin conseguirlo.

A pesar de sus temibles ataques de ira somos amigos. Muriel es mi confidente; cuando estamos solos me responde escribiendo en el aire con su pluma negra y sus palabras flotan un instante, quedan suspendidas un momento, sólo lo suficiente para que pueda leer lo que me dice. Está conmigo a lo largo del día y en la noche reposa junto a mí, sigilosa, invisible y oscura. Sé que está ahí, siempre.

Estuvimos juntos toda la vida, toda nuestra vida; yo crecía y ella también, caminaba y ella hacía lo mismo; en el inicio del día o en el invierno hostil me acompañaba silenciosa y leal; me enamoré de Alicia y Muriel interrumpió el romance con sus celos negros; el día que murió mi padre me consoló intentando abrazarme con sus brazos oscuros y besarme con sus besos fríos. Muriel me quiere y yo la quiero, aunque también le temo.

Nuestra relación fue cálida– en la infancia, en la adolescencia-, cercana en el cariño, distante en lo físico, convivíamos, nuestras vidas existían en dos planos diferentes.

Cuando cumplí 21 años todo cambió. Fue una noche de octubre, una luna enorme y azul iluminaba la calle solitaria por la que caminábamos. Llegamos al Jardín de las Once Estatuas. Era un escenario ominoso, los cuerpos de piedra y bronce parecían tener vida, recordé que sus miradas en noches de luna –dice la gente- siguen mustias a aquellos que transitan por el lugar. Nadie sabía quiénes fueron en vida, ni cuándo llegaron.

Empezamos a cruzar el centro del jardín, Muriel corría juguetona, se adelantaba unos metros, subía o se ocultaba entre las figuras, las traspasaba y su silueta grácil emanaba de alguna de ellas; al llegar al umbral del pasillo izquierdo regresó conmigo amorosa y fatua para abrazarme, su cuerpo, como siempre antes, atravesó el mío o el mío atravesó el suyo y yo salí de ella como si emergiera de una niebla tenuemente negra y fresca. Hice por tomarla como muchas otras veces. Fue en ese momento, Muriel me miró. Los rayos azules de la luna eran agua de luz. No sé si fue la luna o la noche o el deseo vehemente resguardado por años o la suma de todo esto, pero por un instante logré ver –con nitidez- los ojos luminosos y verdes de Muriel.

Pensaba en la amenaza hermosa y latente de esos ojos, aún sentía, estupefacto, la impresión rotunda que me habían provocado, cuando percibí que una corriente pétrea empezaba a entrar en mí: la dureza de mi cuerpo empezó en los pies y fue subiendo, lenta como tristeza, por las piernas, por el tronco, hasta llegar a la cabeza; así, descifré el misterio del origen de las, ahora, doce estatuas. Muriel me besó, sentí por fin sus labios de noche virgen, me miró nuevamente, compasiva; acarició mi rostro con delicadeza, se introdujo en mi cuerpo de piedra y se hizo una conmigo.



martes, 25 de febrero de 2025

REVISTA Cultura de VeracruZ, 149

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RAFAEL ANTUNEZ

FERNANDO DENIS

CARTOGRAFO DEL AGUA


En una tierra de grandes poetas como José Asunción Silva, Aurelio Arturo, Jorge Zalamea, María Mercedes Carranza, Raúl Gómez Jattin, Juan Gustavo Cobo Borda, Nicolás Suescún y William Ospina por sólo citar a unos cuantos, Fernando Denis ha sabido hacerse de un lugar destacado para su voz.

Denis no un poeta de ideas, su manera de ver el mundo es la de un pintor, prefiere las formas y las formas de nombrar de nuevo a las cosas; a la construcción de una historia; al desarrollo de una tesis, opone el placer de concebir un paisaje que no existe, ya porque sus geografías son imaginarias, ya porque radican en el pasado, un pasado que el poeta ha convertido en un espacio místico.  Un espacio donde el mito actúa como piedra de toque para el canto, para la celebración del mundo, rara vez para su crítica. Para Denis el mito parece ser un refugio al cual huir del presente, un tiempo en el que, a todas luces, no siente como suyo. Poeta adánico, es, aun tiempo, el que celebra y nombra la belleza, pero también el que huye del presente

hacia el pasado, hacía las provincias del sueño, es decir hacia el futuro.

El de su poesía es un territorio por donde leves mariposas y deslumbrantes aves cruzan el ciclo por las sendas que sólo a ellas les es dado transitar. Paisajes compuestos con mármoles y doradas arenas, fuentes maravillosas y torrentes cristalinos a cuyas orillas crecen las grandes hojas de malanga y las pequeñas y delicadas flores rojas y amarillas que pueblan sus poemas. Delicadas arquitecturas que parecen sacadas ele un cuadro de Remedios Varo, jóvenes que han escapado de las mil y una noches, de la Odisea y de su Ciénega natal, pasean leves y misteriosas por estos poemas que, con la paciencia de un artesano, va labrando Denis de un verano a otro verano, del incendio de un otoño a la pulcra nieve de un albo  invierno.

Cartógrafo del agua, también lo es de la luz y de los sueños, Denis es un ímagista (un ferviente lector H.D. y de Edna St.  Vincent Millay y del primer Pound) que camina dormido por el Caribe, uno de esos raros poetas a los que nos les sería posible imaginar el infierno o el purgatorio y se contentan con regalarnos vislumbres del paraíso.

Fernando Denis es un poeta aurático que no transita por las sendas de la moda. Es, a un tiempo, un poeta anacrónico (y esta es una de sus virtudes), un clásico y un extemporáneo. No busca, ni le interesa la modernidad, busca y le interesa penetrar en los misterios del lenguaje, extraer el oro, la luz que hay  contenida en  las palabras.

Cantar la belleza del mundo es un oficio que requiere humildad y (paradójicamente) cierta altivez.  Por un lado implica ponerse a la altura de un ave, igualar su sencillez y su profundidad; por otro, una tentativa casi divina: cantar el mundo como es, o como se cree que es, brindar una imagen verbal ele las maravillas del mundo. Para tal empresa no sirve el lenguaje de la moda, lenguaje de la política, el lenguaje del odio, el paupérrimo lenguaje de los académicos. Es necesario un lenguaje templado por el fuego, quintaesenciando, un lenguaje que sea a un tiempo celebración e imagen del mundo.

He dicho líneas arriba que Denis es un poeta anacrónico y que esta postura es una virtud, una forma de ser y de vivir en el mundo. Siempre ha resultado (y resultará) muy fácil nadar a favor de la corriente, caminar en medio del pelotón, apostar por la inmediatez.  Separarse, implica no sólo un rompimiento, también ser señalado por el grupo que, cómodamente avanza sin saberlo hacia el precipicio.

Denis ha elegido ser un solitario en  el concierto de la poesía colombiana, ha  elegido, en  vez ele sumarse al coro, construir su propio  espacio, fundar  su tradición, su geografía, su linaje que va de Virgilio a James Joyce, pasando, sí, por las novelas de García  Márquez, las Vidas imaginarias de Shwob, el Sallinger  de El guardián oculto en el centeno, los  prerrafaelistas y los  presocráticos. Es, a todas luces, una criatura extraña, un poeta que, no importa que el mundo parezca derrumbarse, continúa cantando como  si hoy fuera el primer día,  como si él fuera el primer hombre.