EDGAR AGUILAR
―¿Y con quién pasarás la Navidad?
―Con nadie
―respondió Blas. Y después de un momento ironizó―: ¿Por qué habría de pasar la
Navidad con alguien? Yo la paso mejor solo.
Lo miré un
segundo. Su aspecto era el de un monje tibetano, de mejillas sonrosadas. Era
medio calvo. Y era francés.
Tenía poco tiempo
de conocerlo. Algunas charlas esporádicas. Habíamos coincidido esa mañana en un
café del centro.
―¿Y qué haces
entonces? ―pregunté.
―Medito
―respondió.
―¿Meditas?
―Sí, no veo por
qué te sorprende ―dijo con su aún marcado acento francés.
―Y qué meditas en
Navidad ―quise saber.
―Sobre muchas
cosas. Medito sobre mí, sobre el ego, sobre mis actos.
―Pensé que
meditar era poner la mente en blanco ―empezaba a divertirme.
Blas hizo una
especie de puchero, que era su manera de mostrar su desagrado. Tomaba las cosas
demasiado en serio.
―Yo practico
meditación tibetana ―puntualizó―, que tiene tres grados de concentración. El
primer grado es la respiración y relajación del cuerpo, el segundo es el
análisis de mis actos, el tercero es la contemplación.
―Vaya ―alcancé a
decir.
Blas sonrió con
esa sonrisa encantadora que suelen tener algunos franceses. Mas pronto se le
desdibujó.
―¿Qué quiere
decir ese “vaya”?
―Que, en mi opinión, dudo mucho que alguien pueda alcanzar ese tercer grado si antes tiene que hacer un análisis de sus actos.
―No me estás
escuchando ―dijo en un tono grave que casi era una reprimenda―. Es un proceso,
de lo sutil a lo complejo, para llegar al autoconocimiento. Pero, a todo esto,
¿qué entiendes tú por contemplación?
Dudé un segundo.
Mi mente parecía estar siempre activa, procesando información a mil por hora,
incluso al momento de dormir.
―Detenerse en
algo.
―¿Y?
―Eso. Detenerse
un instante en algo.
―Contemplar es
interiorizar en tu yo ―dijo tajante―. Ver hacia adentro. Recuerda que la
contemplación es el último grado de la meditación.
―Pensé que
contemplar era ver algo hacia afuera, no hacia adentro. Y detenerse en ello
―insistí―. No le veo sentido…
―Para la
meditación tibetana todo transcurre en el interior. Nada es permanente.
Empezaba a
fastidiarme la plática. Nunca había sido partidario de ninguna forma de
espiritualidad. Quise cambiar de tema.
―¿Y cómo pasas
entonces la Navidad en Francia? Quiero decir, cómo la pasabas antes de venir a
México.
Blas pareció poco
entusiasmado en explicar qué hacía en esas fechas, tan especiales para la
mayoría de las personas en Occidente, en su país de origen. Aun así respondió:
―En Francia adornan muy bonito los negocios,
no como aquí. A cualquier lugar que vayas hay chalets con venta de queso
y vino caliente. No comparto eso del niño Jesús, pero allá, sobre todo en
París, el ambiente en las calles es muy festivo y colorido. Eso sí que me gusta
de la Navidad en Francia. Las familias se reúnen en sus casas como en cualquier
parte, pero igual la paso solo, meditando.
No sé por qué
recordé, quizá como una reacción natural a su perorata, algunos relatos de
Maupassant que había leído hacía poco. En ellos, el genial escritor francés
mostraba una cara sombría, supersticiosa y hasta inquietante de la Navidad de
la Francia rural del siglo XIX, sobre todo de Nochebuena.
No se lo dije a
Blas. Se notaba malhumorado y ya habíamos terminado nuestros cafés. Aunque
tampoco me consideraba muy afecto a esta época decembrina, pensé que finalmente
cada quien era libre de pasar la Navidad como mejor le placiera, en compañía o
sin ella. Meditando, contemplando al niño Jesús, o con una gran jarra de
cerveza.
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