jueves, 12 de marzo de 2026

REVISTA No. 154

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EDGAR AGUILAR

―¿Y con quién pasarás la Navidad?

―Con nadie ―respondió Blas. Y después de un momento ironizó―: ¿Por qué habría de pasar la Navidad con alguien? Yo la paso mejor solo.

Lo miré un segundo. Su aspecto era el de un monje tibetano, de mejillas sonrosadas. Era medio calvo. Y era francés.

Tenía poco tiempo de conocerlo. Algunas charlas esporádicas. Habíamos coincidido esa mañana en un café del centro. 

―¿Y qué haces entonces? ―pregunté.

―Medito ―respondió.

―¿Meditas?

―Sí, no veo por qué te sorprende ―dijo con su aún marcado acento francés.

―Y qué meditas en Navidad ―quise saber.

―Sobre muchas cosas. Medito sobre mí, sobre el ego, sobre mis actos.

―Pensé que meditar era poner la mente en blanco ―empezaba a divertirme.

Blas hizo una especie de puchero, que era su manera de mostrar su desagrado. Tomaba las cosas demasiado en serio.

―Yo practico meditación tibetana ―puntualizó―, que tiene tres grados de concentración. El primer grado es la respiración y relajación del cuerpo, el segundo es el análisis de mis actos, el tercero es la contemplación.

―Vaya ―alcancé a decir.

Blas sonrió con esa sonrisa encantadora que suelen tener algunos franceses. Mas pronto se le desdibujó.

―¿Qué quiere decir ese “vaya”?

 

―Que, en mi opinión, dudo mucho que alguien pueda alcanzar ese tercer grado si antes tiene que hacer un análisis de sus actos.

―No me estás escuchando ―dijo en un tono grave que casi era una reprimenda―. Es un proceso, de lo sutil a lo complejo, para llegar al autoconocimiento. Pero, a todo esto, ¿qué entiendes tú por contemplación?

Dudé un segundo. Mi mente parecía estar siempre activa, procesando información a mil por hora, incluso al momento de dormir.

―Detenerse en algo.

―¿Y?

―Eso. Detenerse un instante en algo.

―Contemplar es interiorizar en tu yo ―dijo tajante―. Ver hacia adentro. Recuerda que la contemplación es el último grado de la meditación.

―Pensé que contemplar era ver algo hacia afuera, no hacia adentro. Y detenerse en ello ―insistí―. No le veo sentido…

―Para la meditación tibetana todo transcurre en el interior. Nada es permanente.

Empezaba a fastidiarme la plática. Nunca había sido partidario de ninguna forma de espiritualidad. Quise cambiar de tema.

―¿Y cómo pasas entonces la Navidad en Francia? Quiero decir, cómo la pasabas antes de venir a México.

Blas pareció poco entusiasmado en explicar qué hacía en esas fechas, tan especiales para la mayoría de las personas en Occidente, en su país de origen. Aun así respondió:

 ―En Francia adornan muy bonito los negocios, no como aquí. A cualquier lugar que vayas hay chalets con venta de queso y vino caliente. No comparto eso del niño Jesús, pero allá, sobre todo en París, el ambiente en las calles es muy festivo y colorido. Eso sí que me gusta de la Navidad en Francia. Las familias se reúnen en sus casas como en cualquier parte, pero igual la paso solo, meditando.

No sé por qué recordé, quizá como una reacción natural a su perorata, algunos relatos de Maupassant que había leído hacía poco. En ellos, el genial escritor francés mostraba una cara sombría, supersticiosa y hasta inquietante de la Navidad de la Francia rural del siglo XIX, sobre todo de Nochebuena.

No se lo dije a Blas. Se notaba malhumorado y ya habíamos terminado nuestros cafés. Aunque tampoco me consideraba muy afecto a esta época decembrina, pensé que finalmente cada quien era libre de pasar la Navidad como mejor le placiera, en compañía o sin ella. Meditando, contemplando al niño Jesús, o con una gran jarra de cerveza. 


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