martes, 20 de enero de 2026

REVISTA 152 JULIO AGOSTO 2025

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Lenina M. Méndez

 Raúl Hernández Viveros:

EL IRREMISIBLE PASO DEL TIEMPO

 

Hay momentos en la vida en los que es necesario detenernos a hacer una reflexión, cuando el peso de los años se nos viene encima y se comienza a sentir una honda nostalgia por el pasado. La madurez, que siempre llega demasiado pronto, muchas veces tiende a ser rechazada por creerse que es un primer paso hacia la decrepitud; sin embargo, hay algunos pocos seres privilegiados que saben convertir la experiencia del tiempo en la cumbre de su existencia y no en su descenso. Eso es lo que pasa con Raúl Hernández Viveros y su libro de cuentos, Los días de otoño*, donde al igual que Borges en sus últimas producciones cuentísticas, como El informe de Brodie o El libro de arena, alcanza el punto máximo de su creación literaria; pues como diría el argentino, a propósito de su inspiración en los relatos breves y directos que Rudyard Kipling escribió en su primera juventud, "lo que ha concebido y ejecutado un muchacho genial puede ser imitado sin inmodestia por un hombre en los lindes de la vejez, que conoce el oficio". Aunque cronológicamente Raúl Hernández Viveros se encuentre aún muy lejos del momento vital en que Borges escribió esta sentencia, su carrera literaria ha logrado acceder ya a esa hora en que la experiencia de múltiples viajes, vivencias, oficios y recuerdos se entremezcla con una capacidad creativa de primer orden, que le permite llenar las páginas de su libro, con narraciones de tremenda fuerza emotiva escritas con la perfección que otorga el trabajo de más de veinte años dentro de los senderos de la literatura.

Los días de otoño reúnen diecisiete cuentos que tienen como fondo común la decadencia de los personajes. Ya sea que el narrador sea una voz impersonal ajena al relato, que mira las debilidades de los raquíticos seres que pueblan sus páginas desde la superioridad del que se encuentra por encima de esas situaciones deleznables, o que sea un narrador protagonista que recuerda, en el marco de su degradación, los momentos juveniles que le hicieron estremecerse, los cuentos que conforman este volumen tienen la particularidad de recordamos que en cualquier momento, y no sólo cuando físicamente empiezan a aparecer los rastros de los años, puede llegarse a la decrepitud. Tan viejo es el miserable anciano de "El negocio redondo y perfecto" tratando de revivir sus hazañas sexuales en la figura de su vecina la desnudista, como la joven recién graduada de "Las memorias de Corín", cuya parsimonia ante la vida y estupefacción ante la muerte, la hacen envejecer espiritualmente en pocas horas lo que cualquiera en varios lustros. La caída puede llegar, entonces, en cualquier momento, en la infancia, en la plenitud de los sentidos o haber estado siempre allí, bajo esa careta de indiferencia que otorga el simple vegetar día tras día, como aquellos cinco tipos, ancianos en vida, que deambu1an como zombies a lo largo de "Los actores", siempre apáticos, negando la vida a esa bestia incontrolable que todos llevamos dentro

Dentro de ese marco de la degradación de sus personajes, los cuentos reunidos en Los días de otoño tocan una multifacética cantidad de temas que muestran las diversas formas de ser vencido por la vida, por los años o, al contrario, de saber derrotar el aplastante paso del tiempo con el sabio ostracismo o la ironía. En uno de los cuentos más breves, pero no por ello más simple, "Las lentejuelas", se hace una detallada descripción de lo que fuera el antro de vicio más famoso de Xalapa hasta hace algunos años: El Camachín. Dentro de ese aparente ambiente festivo lleno de las delicias que proporcionan los excesos eróticos, destaca sobremanera la cadavérica faz de los homosexuales ofreciendo sus servicios, la resignada autocompasión de las desnudistas humilladas noche tras noche, la animalización muy al estilo de Valle-Inclán de toda la caterva de simiescos hombres ávidos de sexo que colman las mesas del lugar y, especialmente, la decadente figura de Rafael Montoya, ese patético maestro de ceremonias, quien con su traje barato retacado de lentejuelas pide a gritos un poco de atención y cuyo sueño dorado sería ser falsamente admirado por los hombres que llenan el cabaret, desnudándose ante ellos como esas mujeres colmadas de carne que despiertan la lujuria más bestial, para finalmente, derrotado por la verdad de su mezquina existencia, apretar "con sus manos el micrófono, al darse cuenta que el salón se encontraba completamente vacío".

El tema del erotismo es una constante en los cuentos que conforman este volumen, aunque esta pulsión rara vez llega a ofrecer una verdadera felicidad a sus personajes. El sexo se encuentra bastante alejado de los linderos del amor, y por lo general sólo representa un desahogo, un escape de la realidad circundante. Por ejemplo, en el cuento que da nombre a todo el libro, "Los días de otoño", nuestro protagonista es un boxeador retirado que se niega a olvidar sus glorias de antaño y, ante la decrepitud de su cuerpo, busca en el alcohol y en las relaciones sexuales un medio para revivir "las hazañas del tigre del Guadalquivir", no importando si se acuesta con una u otra mujer, ya sean las dos inglesitas lesbianas que se le ofrecen una noche de juerga, o la esposa del hombre que lo sacó de la miseria, o cualquier otra que se le atraviese en el camino. En "El coleccionista" tenemos un caso similar: ante la imposibilidad del joven protagonista de resolver sus fantasías sexuales con la estrella de la película "Danzón" en persona, se conforma con saciar sus instintos con su patrona, una mujer mayor quien, a pesar de su edad, todavía aguanta para "hacerle su tarea"; este torbellino de erotismo barato desemboca en tragedia, cuando el enardecido muchacho, loco de celos, decide asesinar al joven que cree su rival en los favores de la patrona, tanto sexuales como económicos; lejos de sentir remordimientos cuando comprende la magnitud de sus acciones, continúa tranquilamente su vida al lado de la mujer, quien ignora que su hijo es quien ha caído por la daga criminal de su amante.

Uno de los más sorprendentes cuentos de la colección es sin duda "El placer de la insaciabilidad", donde se conjuga de manera genial el tema del erotismo, con la violencia y la fantasía; pero no del modo en que los manuales de teoría literaria nos definen este concepto, sino nuevamente a la manera borgiana, con lo que él llamó "fantasías de la conducta", abordándose el tema fantástico como parte de la cotidianeidad, es decir, la irrupción de lo inesperado no se da por medio de recursos mágicos o metafísicos, sino por las actitudes extrañas o increíbles de los personajes. En este relato, un venerable hombre de la tercera edad rememora sus experiencias como antropófago, monomanía que comenzó en su familia desde hace varias generaciones y que desemboca en el alma enferma del sujeto que se complace en devorar gatas preñadas, cerdos, niños y cualquier tipo de ser humano. Este es uno de los casos donde la vejez es vista como un paso natural en la escala de la vida, pues el alienado protagonista se encuentra plenamente satisfecho con su sangrienta existencia, donde ha habido cabida hasta para disfrutar del amor de una niña de doce años que se entregó a él, presa de sus cualidades cuasi hipnóticas; uno de los pocos seres felices de la galería de desamparados de Raúl Hernández Viveros, nuestro caníbal asegura satisfecho que "a los sesenta años, puedo decir que la vida tiene sus bondades, amargas decepciones y agradables sorpresas".

Una de las características más notables de los cuentos que conforman Los días de otoño es su variedad en la experimentación de recursos literarios. En estos relatos, no sólo es importante la anécdota sino también cómo se cuenta esa historia, por lo que podemos encontrar los clásicos cuentos de corte realista junto con la utilización del elemento fantástico

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


y hasta del realismo mágico al estilo de Gabriel García Márquez. En uno de los mejores cuentos del libro, "Los fugitivos", todo comienza por aparecer como perfectamente cotidiano y hasta regionalista, pues los naturales del lugar enseguida reconocemos las calles de Xalapa y el trayecto que recorren sus personajes en la peregrinación de cada noche hasta la cercana población de Coatepec, para escuchar el monótono repiqueteo de las campanas de los relojes de la Catedral y del Ayuntamiento. Los cinco jóvenes que forman la hermandad dedicada a parrandear noche tras noche, pueden muy bien, por los allegados, ser reconocidos como los verdaderos compañeros de juventud de su autor, y hasta podría aventurarse que el relato tiene mucho de autobiográfico. No obstante, estas sutilezas, el cuento no desmerece en nada por estos detalles que lo enmarcan dentro de una sociedad bien definida, sino que logra esa característica muy de la postmodemidad: la universalización de lo regional. Cualquiera puede leer el texto y comprenderlo en su totalidad sin que haya conocido jamás, no sólo a su autor, sino a la misma Xalapa, pues los extraños acontecimientos pueden llegar a suceder en cualquier lugar. Poco a poco, dentro de esta cofradía juvenil comienza a introducirse un elemento ominoso que influirá en la vida de todos sus miembros: en una alegoría de la búsqueda de las raíces y del regreso al pasado, los personajes van siendo acosados por las fantasmales figuras de sus ancestros. Para el joven protagonista, lo que comienza como una broma toma la magnitud de darle sentido a su vida entera, cuando en los albores de la caída recuerda con nostalgia, dentro de su soledad, cómo las intemporales figuras de sus abuelos lograron aparecer en las fotografías de su boda.

En "La ciudad de las flores" es el realismo mágico el que irrumpe con fuerza dentro del relato. Se cuenta cómo, allá por los años de la Colonia, Xalapa era famosa por los dulces que elaboraban las monjas de un convento que ahora ya no existe, postres de esencia casi divina que llegaron a causar estragos en todo el mundo, deseoso de alcanzar a paladearlos. La receta de tan extraordinarios manjares, era celosamente guardada por los sellados labios de las religiosas, quienes se negaron incluso a transmitirles su fórmula al mismo santísimo Papa. Esta negativa enfureció a los altos dignatarios eclesiásticos, quienes en un alarde de poder, condenaron a las monjas, calumniándolas de sacrilegio, a ser enterradas en vida al tapiar puertas y ventanas del convento. Sin embargo, en el momento de tan cobarde acto, un terremoto asoló a la ciudad, destruyendo todo excepto el convento. Y aquí comienza la irrupción de la magia dentro de la realidad: una lluvia de flores inundó la ciudad, y cada una de las monjas, conforme tomaban la sagrada hostia, se iban convirtiendo en magníficas flores que llenaron todos los rincones. Hermosura al lado de la violencia más abyecta, es tan sólo una más de las cualidades de un escritor polifacético que sabe explotar todas las ramas de su arte sin perder un ápice de grandeza.

Otro de los recursos de experimentación literaria que salta a la vista en los cuentos de Raúl Hernández Viveros es la creación de un espacio mítico dónde desarrollar su historia, a la manera de Juan Carlos Onetti con su Santa María o Rulfo con Comala. En Los días de otoño este lugar es Santa Rosa, región que representa la esencia de muchos poblados pequeños perdidos en la geografia mexicana, donde se conjugan las banalidades de una sociedad entregada sólo al vicio del chisme y del falso recato, inmersa en una pobreza tanto económica como moral que elimina cualquier intento de escape. En "El cortejo", Santa Rosa representa un pueblo dominado por el fanatismo religioso que resulta muy discordante con la verdadera situación, epígono de aquel sabio refrán que sentencia "a Dios rogando y con el mazo dando". Evaristo es un vejete neurótico que maltrata a su mujer, humillándola cada vez que puede; el día que ella se atreve a enfrentarse, es recibida con una golpiza que no impide nadie, ni sus hijas presentes, ni el nieto que observa la escena impasible; destrozada, es llevada a rastras hacia el centro de Santa Rosa, para no perder la misa que el ahijado de Evaristo va a dirigir, y de la cual se han atrasado por las impertinencias de la anciana, la cual, aún en esos momentos, se da el tiempo de "arrodillada, agradecer a Dios que no le hubiera quitado la vida".

En "Las mezquinas ilusiones", Santa Rosa se convierte en la representación de esos pueblos dominados por la ignorancia, donde es capaz un carnicero analfabeto de alcanzar la presidencia municipal. Sin embargo, al igual que casi todos los personajes que desfilan por las páginas de Los días de otoño, el ingenuo Tenorio, cegado sólo por un breve tiempo por los efluvios del poder, cae estrepitosamente de su pedestal para terminar sus días, viejo y manco, como mozo de la prostituta que antes dominaba. Santa Rosa es, como el mismo tiempo que devora a los desvalidos seres que pueblan sus calles, una voraz destructora de almas.

El muchas veces ingrato oficio de escritor no podría ser olvidado en una producción que ha llegado al punto álgido de sus cualidades. En dos de sus cuentos, Raúl Hernández Viveros nos muestra a los más frecuentes tipos de escritor: en "La pasión por la escritura", tenemos al sujeto pedante que se cree excelente en el manejo de la pluma, despreciando a todos aquellos que no comprenden la magnitud de su arte; cuando su aparentemente ignorante esposa gana un importante concurso literario y se convierte en una productora en masa de best-sellers, nuestro fracasado escritor se derrumba. En "Las buenas maneras", nuevamente se critica con acritud esa postura corrupta que muchas veces priva en los certámenes literarios, que buscan sólo una figura comercial sin importar la verdadera calidad de la escritura; pero a diferencia del primer ejemplo, el protagonista de este cuento puede lograr al fin la fama y darse el lujo de despreciar, ahora él, a todos aquellos empleadillos públicos que rechazaron su arte en un principio.

Los días de otoño es en definitiva una obra que muestra, principalmente, la calidad que otorga la experiencia de largos años inmerso en la creación literaria. Tragedia, dolor, soledad, vejez, decadencia, religiosidad, sexo, violencia, canibalismo, muerte, son sólo algunos de los aspectos tratados a lo largo de los diecisiete relatos que conforman esta obra de magnitudes colosales en cuanto a su alcance. Es, sobre todo, una sesuda reflexión sobre el paso del tiempo, sobre la vida misma, sobre la lenta putrefacción del espíritu, que puede estar presente en el individuo desde el momento de su nacimiento, siendo su existencia tan sólo un proceso de descomposición hasta llegar a la soledad final. Raúl Hernández Viveros nos brinda, a la par que una muestra más de perfección literaria que llega a la cima, una colección de trozos de vidas denigradas que pueden, por medio de su cruda exposición a la melancolía, arrojarnos también a ese negro pozo de la decrepitud sino logramos antes escapar de sus garras de muerte.




* Xalapa, Editora del Gobierno del Estado de Veracruz-Llave, México, 1999, pp. 179.


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