https://youtu.be/NHGt1v491ng?si=l9BwrFsnAwlSNM_v
Lenina M. Méndez
Raúl Hernández Viveros:
EL IRREMISIBLE PASO DEL TIEMPO
Hay momentos en la vida en los que
es necesario detenernos a hacer una reflexión, cuando el peso de los años se
nos viene encima y se comienza a sentir una honda nostalgia por el pasado. La
madurez, que siempre llega demasiado pronto, muchas veces tiende a ser
rechazada por creerse que es un primer paso hacia la decrepitud; sin embargo,
hay algunos pocos seres privilegiados que saben convertir la experiencia del
tiempo en la cumbre de su existencia y no en su descenso. Eso es lo que pasa
con Raúl Hernández Viveros y su libro de cuentos, Los días de otoño*, donde al igual que Borges en sus últimas
producciones cuentísticas, como El informe de Brodie o El libro de arena,
alcanza el punto máximo de su creación literaria; pues como diría el argentino,
a propósito de su inspiración en los relatos breves y directos que Rudyard
Kipling escribió en su primera juventud, "lo que ha concebido y ejecutado
un muchacho genial puede ser imitado sin inmodestia por un hombre en los lindes
de la vejez, que conoce el oficio". Aunque cronológicamente Raúl Hernández
Viveros se encuentre aún muy lejos del momento vital en que Borges escribió
esta sentencia, su carrera literaria ha logrado acceder ya a esa hora en que la
experiencia de múltiples viajes, vivencias, oficios y recuerdos se entremezcla
con una capacidad creativa de primer orden, que le permite llenar las páginas
de su libro, con narraciones de tremenda fuerza emotiva escritas con la
perfección que otorga el trabajo de más de veinte años dentro de los senderos
de la literatura.
Los días
de otoño reúnen diecisiete cuentos que tienen como fondo común la decadencia de
los personajes. Ya sea que el narrador sea una voz impersonal ajena al relato,
que mira las debilidades de los raquíticos seres que pueblan sus páginas desde
la superioridad del que se encuentra por encima de esas situaciones
deleznables, o que sea un narrador protagonista que recuerda, en el marco de su
degradación, los momentos juveniles que le hicieron estremecerse, los cuentos
que conforman este volumen tienen la particularidad de recordamos que en
cualquier momento, y no sólo cuando físicamente empiezan a aparecer los rastros
de los años, puede llegarse a la decrepitud. Tan viejo es el miserable anciano
de "El negocio redondo y perfecto" tratando de revivir sus hazañas
sexuales en la figura de su vecina la desnudista, como la joven recién graduada
de "Las memorias de Corín", cuya parsimonia ante la vida y
estupefacción ante la muerte, la hacen envejecer espiritualmente en pocas horas
lo que cualquiera en varios lustros. La caída puede llegar, entonces, en cualquier
momento, en la infancia, en la plenitud de los sentidos o haber estado siempre
allí, bajo esa careta de indiferencia que otorga el simple vegetar día tras
día, como aquellos cinco tipos, ancianos en vida, que deambu1an como zombies a
lo largo de "Los actores", siempre apáticos, negando la vida a esa
bestia incontrolable que todos llevamos dentro
Dentro de ese
marco de la degradación de sus personajes, los cuentos reunidos en Los días de
otoño tocan una multifacética cantidad de temas que muestran las diversas
formas de ser vencido por la vida, por los años o, al contrario, de saber
derrotar el aplastante paso del tiempo con el sabio ostracismo o la ironía. En
uno de los cuentos más breves, pero no por ello más simple, "Las
lentejuelas", se hace una detallada descripción de lo que fuera el antro
de vicio más famoso de Xalapa hasta hace algunos años: El Camachín. Dentro de
ese aparente ambiente festivo lleno de las delicias que proporcionan los
excesos eróticos, destaca sobremanera la cadavérica faz de los homosexuales
ofreciendo sus servicios, la resignada autocompasión de las desnudistas
humilladas noche tras noche, la animalización muy al estilo de Valle-Inclán de
toda la caterva de simiescos hombres ávidos de sexo que colman las mesas del
lugar y, especialmente, la decadente figura de Rafael Montoya, ese patético
maestro de ceremonias, quien con su traje barato retacado de lentejuelas pide a
gritos un poco de atención y cuyo sueño dorado sería ser falsamente admirado
por los hombres que llenan el cabaret,
desnudándose ante ellos como esas mujeres colmadas de carne que despiertan la
lujuria más bestial, para finalmente, derrotado por la verdad de su mezquina
existencia, apretar "con sus manos el micrófono, al darse cuenta que el
salón se encontraba completamente vacío".
El tema del
erotismo es una constante en los cuentos que conforman este volumen, aunque
esta pulsión rara vez llega a ofrecer una verdadera felicidad a sus personajes.
El sexo se encuentra bastante alejado de los linderos del amor, y por lo
general sólo representa un desahogo, un escape de la realidad circundante. Por
ejemplo, en el cuento que da nombre a todo el libro, "Los días de
otoño", nuestro protagonista es un boxeador retirado que se niega a
olvidar sus glorias de antaño y, ante la decrepitud de su cuerpo, busca en el
alcohol y en las relaciones sexuales un medio para revivir "las hazañas
del tigre del Guadalquivir", no importando si se acuesta con una u otra
mujer, ya sean las dos inglesitas lesbianas que se le ofrecen una noche de
juerga, o la esposa del hombre que lo sacó de la miseria, o cualquier otra que
se le atraviese en el camino. En "El coleccionista" tenemos un caso
similar: ante la imposibilidad del joven protagonista de resolver sus fantasías
sexuales con la estrella de la película "Danzón" en persona, se
conforma con saciar sus instintos con su patrona, una mujer mayor quien, a
pesar de su edad, todavía aguanta para "hacerle su tarea"; este
torbellino de erotismo barato desemboca en tragedia, cuando el enardecido
muchacho, loco de celos, decide asesinar al joven que cree su rival en los
favores de la patrona, tanto sexuales como económicos; lejos de sentir
remordimientos cuando comprende la magnitud de sus acciones, continúa
tranquilamente su vida al lado de la mujer, quien ignora que su hijo es quien
ha caído por la daga criminal de su amante.
Uno de los más
sorprendentes cuentos de la colección es sin duda "El placer de la
insaciabilidad", donde se conjuga de manera genial el tema del erotismo,
con la violencia y la fantasía;
pero no del modo en que los manuales de teoría literaria nos definen este
concepto, sino nuevamente a la manera borgiana, con lo que él llamó "fantasías de la conducta", abordándose
el tema fantástico como parte de la cotidianeidad, es decir, la irrupción de lo
inesperado no se da por medio de recursos mágicos o metafísicos, sino por las
actitudes extrañas o increíbles de los personajes. En este relato, un venerable
hombre de la tercera edad rememora sus experiencias como antropófago, monomanía
que comenzó en su familia desde hace varias generaciones y que desemboca en el
alma enferma del sujeto que se complace en devorar gatas preñadas, cerdos,
niños y cualquier tipo de ser humano. Este es uno de los casos donde la vejez
es vista como un paso natural en la escala de la vida, pues el alienado
protagonista se encuentra plenamente satisfecho con su sangrienta existencia,
donde ha habido cabida hasta para disfrutar del amor de una niña de doce años
que se entregó a él, presa de sus cualidades cuasi hipnóticas; uno de los pocos
seres felices de la galería de desamparados de Raúl Hernández Viveros, nuestro
caníbal asegura satisfecho que "a los sesenta años, puedo decir que la
vida tiene sus bondades, amargas decepciones y agradables sorpresas".
Una de
las características más notables de los cuentos que conforman Los días de otoño
es su variedad en la experimentación de recursos literarios. En estos relatos,
no sólo es importante la anécdota sino también cómo se cuenta esa historia, por
lo que podemos encontrar los clásicos cuentos de corte realista junto con la
utilización del elemento fantástico
y hasta del
realismo mágico al estilo de Gabriel García Márquez. En uno de los mejores
cuentos del libro, "Los fugitivos", todo comienza por aparecer como
perfectamente cotidiano y hasta regionalista, pues los naturales del lugar
enseguida reconocemos las calles de Xalapa y el trayecto que recorren sus
personajes en la peregrinación de cada noche hasta la cercana población de
Coatepec, para escuchar el monótono repiqueteo de las campanas de los relojes
de
En
"La ciudad de las flores" es el realismo mágico el que irrumpe con
fuerza dentro del relato. Se cuenta cómo, allá por los años de
Otro de
los recursos de experimentación literaria que salta a la vista en los cuentos
de Raúl Hernández Viveros es la creación de un espacio mítico dónde desarrollar
su historia, a la manera de Juan Carlos Onetti con su Santa María o Rulfo con
Comala. En Los días de otoño este lugar es Santa Rosa, región que representa la
esencia de muchos poblados pequeños perdidos en la geografia mexicana, donde se
conjugan las banalidades de una sociedad entregada sólo al vicio del chisme y
del falso recato, inmersa en una pobreza tanto económica como moral que elimina
cualquier intento de escape. En "El cortejo", Santa Rosa representa
un pueblo dominado por el fanatismo religioso que resulta muy discordante con
la verdadera situación, epígono de aquel sabio refrán que sentencia "a
Dios rogando y con el mazo dando". Evaristo es un vejete neurótico que
maltrata a su mujer, humillándola cada vez que puede; el día que ella se atreve
a enfrentarse, es recibida con una golpiza que no impide nadie, ni sus hijas
presentes, ni el nieto que observa la escena impasible; destrozada, es llevada
a rastras hacia el centro de Santa Rosa, para no perder la misa que el ahijado
de Evaristo va a dirigir, y de la cual se han atrasado por las impertinencias
de la anciana, la cual, aún en esos momentos, se da el tiempo de
"arrodillada, agradecer a Dios que no le hubiera quitado la vida".
En
"Las mezquinas ilusiones", Santa Rosa se convierte en la
representación de esos pueblos dominados por la ignorancia, donde es capaz un
carnicero analfabeto de alcanzar la presidencia municipal. Sin embargo, al
igual que casi todos los personajes que desfilan por las páginas de Los días de
otoño, el ingenuo Tenorio, cegado sólo por un breve tiempo por los efluvios del
poder, cae estrepitosamente de su pedestal para terminar sus días, viejo y
manco, como mozo de la prostituta que antes dominaba. Santa Rosa es, como el
mismo tiempo que devora a los desvalidos seres que pueblan sus calles, una
voraz destructora de almas.
El
muchas veces ingrato oficio de escritor no podría ser olvidado en una
producción que ha llegado al punto álgido de sus cualidades. En dos de sus
cuentos, Raúl Hernández Viveros nos muestra a los más frecuentes tipos de
escritor: en "La pasión por la escritura", tenemos al sujeto pedante
que se cree excelente en el manejo de la pluma, despreciando a todos aquellos
que no comprenden la magnitud de su arte; cuando su aparentemente ignorante
esposa gana un importante concurso literario y se convierte en una productora
en masa de best-sellers, nuestro fracasado escritor se derrumba. En "Las
buenas maneras", nuevamente se critica con acritud esa postura corrupta
que muchas veces priva en los certámenes literarios, que buscan sólo una figura
comercial sin importar la verdadera calidad de la escritura; pero a diferencia
del primer ejemplo, el protagonista de este cuento puede lograr al fin la fama
y darse el lujo de despreciar, ahora él, a todos aquellos empleadillos públicos
que rechazaron su arte en un principio.
Los días
de otoño es en definitiva una obra que muestra, principalmente, la calidad que
otorga la experiencia de largos años inmerso en la creación literaria.
Tragedia, dolor, soledad, vejez, decadencia, religiosidad, sexo, violencia,
canibalismo, muerte, son sólo algunos de los aspectos tratados a lo largo de
los diecisiete relatos que conforman esta obra de magnitudes colosales en
cuanto a su alcance. Es, sobre todo, una sesuda reflexión sobre el paso del
tiempo, sobre la vida misma, sobre la lenta putrefacción del espíritu, que
puede estar presente en el individuo desde el momento de su nacimiento, siendo
su existencia tan sólo un proceso de descomposición hasta llegar a la soledad
final. Raúl Hernández Viveros nos brinda, a la par que una muestra más de
perfección literaria que llega a la cima, una colección de trozos de vidas
denigradas que pueden, por medio de su cruda exposición a la melancolía,
arrojarnos también a ese negro pozo de la decrepitud sino logramos antes
escapar de sus garras de muerte.

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