https://www.youtube.com/watch?v=XeDupvD6sos
CAOS
RAUL HERNANDEZ VIVEROS
https://www.youtube.com/watch?v=uLIs0j2WnlM
Viajé como quien atraviesa un sueño agrietado: Paraguay, Brasil, Argentina. Cada frontera era una herida que se cerraba al cruzarla. Después abordé el barco rumbo a Montevideo, y el río —ese animal inmenso— me aceptó en su lomo. Allí ocurrió el milagro: descubrí a una hija que ya es madre de tres muchachas. Su esposo había muerto durante el Covid; la muerte pasó por su casa como un huésped sin modales. Nos abrazamos largamente, como si el tiempo, avergonzado, se retirara unos pasos.
—Pensé que no volvería a verte —me dijo, con la voz rota.
—Yo tampoco —respondí—. Pero los ríos siempre regresan al mar.
Ella sobrevive manejando un taxi, persiguiendo horas entre semáforos y pasajeros mudos. Sueña con volver algún día a vivir conmigo, cuando el caos se canse de nosotros. Yo asentí, guardando esa promesa como se guarda una moneda antigua en el bolsillo.
Regresé en el ferry hacia el Puerto de Madero. Atravesar el río más ancho de América Latina es cruzar una respiración profunda del continente. Las olas del océano se mezclan con las corrientes de ríos vecinos; el agua no decide, se confunde, se vuelve múltiple. Así viajamos.
Pero dentro del ferry reinaba otro río: un caos de cuerpos, multitudes apretadas en laberintos estrechos. La gente se aplastaba buscando la salida, como si el aire estuviera por acabarse.
—Avancen —gritó alguien.
—No empujen —suplicó una mujer con un niño dormido en el hombro.
—Todos queremos llegar —murmuró un anciano, aferrado a su maleta como a un recuerdo.
Tras las revisiones burocráticas, las miradas policiacas, los documentos examinados una y otra vez, salimos a la avenida Atlántica. Éramos un rebaño liberado por un instante. Agradecí seguir con vida.
Entonces lo sentí: la presencia de Felisberto Hernández, silenciosa y obstinada, caminando a mi lado. Me senté a dialogar con él en medio del ruido.
—Los objetos y el cuerpo humano guardan secretos que no sabemos —me dijo, como si hablara desde una mesa vieja o un piano abandonado.
—Ahora y siempre —le respondí— continuamos en este torbellino, en el aplastamiento de corrientes animales.
El caos adquirió forma de metáfora: estratos sociales organizando la estampida hacia el abismo. Borregos conducidos con paciencia cruel, destinados al sacrificio: vender la lana, devorar la carne, borrar el rastro. Nadie se defiende de la desaparición cuando el orden se disfraza de destino.
—¿Y la conciencia? —preguntó Felisberto.
—Distraída —contesté—, inmersa en proyectos inútiles que sólo anhelan el control total de nuestras reflexiones.
El ferry ya estaba vacío. El río seguía ahí, respirando. Yo también. Y en medio del caos, como un conjuro mínimo, esa certeza me sostuvo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario