CHAXIRAXI
Raúl Hernández Viveros
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Raúl Hernández Viveros: escritor y editor. Autor de relatos, novela, poesía, y ensayos. En este blog pueden ubicarse algunos textos narrativos, crítica de libros, fragmentos de su experiencia literaria. Colaboraciones periodísticas, e información sobre las ediciones y de la revista Cultura de VeracruZ. Pueden ubicarse algunas fotografías, y entrevistas sobre el trabajo literario este autor veracruzano. Em@il: culturadeveracruz@gmail.com
MI SOMBRA
Jorge Arturo Abascal Andrade
de Horus niño (El Silencio)
Escrito en el muro izquierdo
de la gruta de Éfeso
Y la Oscuridad se fragmentó y sus Partes
cubrieron amorosas el Mundo.
Florence Conry Espejo de piedad
Las sombras son femeninas, sólo femeninas. Cada sombra tiene el nombre de su madre quien a su vez lo obtuvo de su madre y así, hasta el principio de los tiempos, cuando el mundo todo estaba cubierto por una penumbra por poco infinita, antes de que la oscuridad pariera a la luz.
Mi sombra se llama Muriel, lo supe en un sueño, las seis letras emergían del agua de un arroyo y ella las tomaba y las bebía y pronunciaba el nombre; pero eso sólo fue en el sueño porque Muriel no habla; aunque esto no importa porque sé que si la llamo acude flotando, suave, fugaz.
Cuando Muriel está serena, satisfecha, le gusta posar su cabeza en mi hombro y yo siento una brisa fresca, agradable, que sopla con delicadeza mi cabello; pero si algo la ha contrariado empieza a dar vueltas alrededor mío como cercándome, amenazadora, un silbido cortante surge de ella y se introduce a mi cuerpo por mis oídos y me perturba y un dolor infame me invade, un dolor mezclado con una insatisfacción malsana de tan profunda, de tan total; bastan unos instantes de este suplicio para que llegue a mí una migraña insoportable, como si una flama intensa deambulara libre por mi cabeza quemándome la vida; una vez, incluso, me desmayé. Muriel se asustó, desde ese día intentó controlarse… sin conseguirlo.
A pesar de sus temibles ataques de ira somos amigos. Muriel es mi confidente; cuando estamos solos me responde escribiendo en el aire con su pluma negra y sus palabras flotan un instante, quedan suspendidas un momento, sólo lo suficiente para que pueda leer lo que me dice. Está conmigo a lo largo del día y en la noche reposa junto a mí, sigilosa, invisible y oscura. Sé que está ahí, siempre.
Estuvimos juntos toda la vida, toda nuestra vida; yo crecía y ella también, caminaba y ella hacía lo mismo; en el inicio del día o en el invierno hostil me acompañaba silenciosa y leal; me enamoré de Alicia y Muriel interrumpió el romance con sus celos negros; el día que murió mi padre me consoló intentando abrazarme con sus brazos oscuros y besarme con sus besos fríos. Muriel me quiere y yo la quiero, aunque también le temo.
Nuestra relación fue cálida– en la infancia, en la adolescencia-, cercana en el cariño, distante en lo físico, convivíamos, nuestras vidas existían en dos planos diferentes.
Cuando cumplí 21 años todo cambió. Fue una noche de octubre, una luna enorme y azul iluminaba la calle solitaria por la que caminábamos. Llegamos al Jardín de las Once Estatuas. Era un escenario ominoso, los cuerpos de piedra y bronce parecían tener vida, recordé que sus miradas en noches de luna –dice la gente- siguen mustias a aquellos que transitan por el lugar. Nadie sabía quiénes fueron en vida, ni cuándo llegaron.
Empezamos a cruzar el centro del jardín, Muriel corría juguetona, se adelantaba unos metros, subía o se ocultaba entre las figuras, las traspasaba y su silueta grácil emanaba de alguna de ellas; al llegar al umbral del pasillo izquierdo regresó conmigo amorosa y fatua para abrazarme, su cuerpo, como siempre antes, atravesó el mío o el mío atravesó el suyo y yo salí de ella como si emergiera de una niebla tenuemente negra y fresca. Hice por tomarla como muchas otras veces. Fue en ese momento, Muriel me miró. Los rayos azules de la luna eran agua de luz. No sé si fue la luna o la noche o el deseo vehemente resguardado por años o la suma de todo esto, pero por un instante logré ver –con nitidez- los ojos luminosos y verdes de Muriel.
Pensaba en la amenaza hermosa y latente de esos ojos, aún sentía, estupefacto, la impresión rotunda que me habían provocado, cuando percibí que una corriente pétrea empezaba a entrar en mí: la dureza de mi cuerpo empezó en los pies y fue subiendo, lenta como tristeza, por las piernas, por el tronco, hasta llegar a la cabeza; así, descifré el misterio del origen de las, ahora, doce estatuas. Muriel me besó, sentí por fin sus labios de noche virgen, me miró nuevamente, compasiva; acarició mi rostro con delicadeza, se introdujo en mi cuerpo de piedra y se hizo una conmigo.
RAFAEL ANTUNEZ
CARTOGRAFO DEL AGUA
En una tierra de
grandes poetas como José Asunción
Silva, Aurelio Arturo,
Jorge Zalamea, María Mercedes Carranza, Raúl Gómez Jattin, Juan Gustavo Cobo Borda, Nicolás Suescún y
William Ospina por sólo citar
a unos cuantos, Fernando
Denis ha sabido hacerse
de un lugar destacado para su voz.
Denis no un poeta de
ideas, su manera de
ver el mundo es la de un pintor, prefiere las formas y las formas de nombrar de nuevo a las cosas; a
la construcción de una historia; al desarrollo de una tesis, opone el placer de concebir un paisaje que
no existe, ya porque sus geografías son imaginarias, ya
porque radican en el pasado, un
pasado que el poeta ha convertido en un espacio místico.
Un espacio donde el mito actúa como piedra de toque para el canto, para la celebración del mundo, rara vez para su
crítica. Para Denis el mito parece ser un
refugio al cual huir del presente, un
tiempo en el que, a todas luces, no siente como suyo. Poeta adánico, es, aun tiempo, el que celebra y nombra la
belleza, pero también el que huye del presente
hacia el pasado, hacía las provincias del sueño, es decir hacia el futuro.
El de su poesía es un territorio por donde leves mariposas y
deslumbrantes aves cruzan el ciclo por las sendas que
sólo a ellas les es dado transitar. Paisajes compuestos con mármoles y doradas arenas,
fuentes maravillosas y torrentes cristalinos a cuyas orillas crecen las grandes hojas
de malanga y las pequeñas y delicadas flores rojas y amarillas que
pueblan sus poemas. Delicadas arquitecturas que parecen sacadas
ele un cuadro de Remedios Varo, jóvenes que han escapado de las mil y una
noches,
de la Odisea y de su Ciénega natal, pasean leves y misteriosas por estos poemas que, con la paciencia de
un artesano,
va labrando Denis de un verano a otro verano, del incendio de
un otoño a la pulcra nieve
de
un albo invierno.
Cartógrafo del agua, también lo es de la luz y de los sueños, Denis es un ímagista (un ferviente lector H.D. y de Edna St. Vincent Millay
y del
primer Pound)
que camina dormido por el Caribe, uno de esos raros poetas a los que nos
les sería posible imaginar el
infierno o
el purgatorio y se contentan con regalarnos vislumbres del paraíso.
Fernando Denis es un poeta aurático que no transita por las sendas
de la moda. Es, a un tiempo, un
poeta anacrónico (y esta es una de sus virtudes), un clásico y un extemporáneo. No busca,
ni le interesa la modernidad, busca y le interesa penetrar en los misterios del lenguaje, extraer el oro, la luz que hay contenida en las palabras.
Cantar la belleza del mundo es un oficio que requiere humildad y (paradójicamente) cierta altivez. Por un lado implica ponerse
a la altura de
un ave, igualar su sencillez y su profundidad; por otro,
una tentativa
casi divina: cantar el mundo como es, o como se cree que es,
brindar una
imagen verbal ele las maravillas del
mundo.
Para tal empresa no
sirve el lenguaje de la moda,
lenguaje de la política, el lenguaje del odio,
el paupérrimo lenguaje de los académicos. Es necesario un lenguaje templado
por el fuego, quintaesenciando, un lenguaje que
sea a un tiempo celebración e imagen del mundo.
He dicho líneas arriba que Denis
es un poeta anacrónico y que esta postura es una virtud, una forma de ser y de vivir en el mundo. Siempre ha resultado
(y resultará) muy fácil nadar a favor de la corriente, caminar en medio
del pelotón, apostar por la inmediatez. Separarse, implica no sólo un rompimiento, también ser señalado por el grupo que, cómodamente
avanza sin saberlo hacia el precipicio.
Denis ha elegido ser un solitario en el concierto de la poesía colombiana, ha elegido, en vez
ele sumarse al coro, construir su propio espacio, fundar su tradición, su geografía,
su linaje que va de Virgilio
a James Joyce, pasando, sí, por las novelas de García
Márquez, las Vidas imaginarias de Shwob, el Sallinger de El guardián oculto en el centeno, los prerrafaelistas y los presocráticos. Es,
a todas luces, una criatura extraña, un
poeta que, no importa que
el
mundo parezca derrumbarse, continúa cantando
como si hoy fuera el primer día,
como si él fuera el primer hombre.
LETRAS DE COLOMBIA
Raúl Hernández Viveros
Raúl Hernández Viveros y Greole Group: Da click en la fotografía
Juan
Gómez Macías
y los valores del
el Humanismo
|
Cantavieja (Teruel) el 17
de diciembre de 1950, vive en el Campo de Gibraltar desde muy
temprana edad. Reside en San Roque (Cádiz) de la que fue nombrado Hijo
Adoptivo en el año 2002. Realizó estudios de Magisterio e inició los de
Filosofía y Letras en la Universidad de Sevilla. El Campo de Gibraltar no es un verso suelto sino un poema contundente. Hasta con mala prensa ha logrado consideraciones excepcionales, por ejemplo, sentirse como la novena provincia andaluza. En cualquier caso, resuelto mi vínculo con el territorio, muestro también mi admiración por su bagaje creativo. Desde la gestión cultural (entre muchos otros quehaceres) encarnada con magisterio en la figura de Juan José Téllez hasta la perfección acuarelista (entre muchos otros quehaceres) del artista Juan Gómez Macías, pasando por la poesía (entre muchos otros quehaceres) de Paloma Fernández Gomá. No digamos ya los dibujantes y pensadores Carlos Pacheco, Andrés Vázquez Sola, José Orihuela y nuestro añorado Carlos Castilla del Pino, o el sonido más puro del jazz en piano de Juan Galiardo. No digamos el legado de la interpretación de Juan Luis Galiardo o de la magia del fútbol en Adolfo Aldana. No digamos los Sánchez Espinel, los Trino Cruz, los Ismael Cabezas, César Aldana y mi querido Domingo Faílde. Tierra de creatividad y solidaridad, omitiendo centenares de nombres. En ese abanico, me fijo en Juan Gómez Macías, ya preparando una nueva exposición colectiva de la que he tenido la fortuna de conocer la obra “Arcoíris”. Sencillamente, una obra plena, sugerente, sensual y envolvente. Paralelamente, constataremos que su obra pictórica corre paralela a su propuesta literaria. Muy seriamente, entiendo que Juan Gómez Macías es el poeta más pictórico y a la vez el pintor más lírico de nuestro panorama. Son diversas las series dedicadas a la literatura, especialmente a nuestro Premio Nobel Juan Ramón, del que es no solo una extraordinario lector y especialista sino también un apasionado admirador. Esa honestidad, pasión |
Agradecemos a nuestro amigo Juan Gómez Macías por su amistad, y la trascendencia de su obra en las Artes Plásticas y la Literatura. |