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El eco de las hojas muertas, el tiempo no es una línea, sino una imagen de brumas. Hay hombres que no habitan los años, sino las grietas que quedan entre ellos, allí donde la tinta aún puede leerse en el papel se haya vuelto amarillo. Samuel Walter Medina fue uno de esos seres. Quienes cruzamos su sombra en los pasillos de una época que se desvanecía, intuíamos que sus manos no sostenían libros, sino fragmentos de un espejo roto que reflejaba mundos paralelos.
Rescatar su obra no es un ejercicio de arqueología; es un acto de nigromancia urbana. La revista Cultura de VeracruZ ha asumido la tarea de abrir los cofres de la memoria, desenterrando algunos textos de Samuel Walter Medina que dejó caer en las páginas de la mítica revista Cosmos a mediados de la década de los setenta. Volver a leerlo es encender una linterna en un sótano inundado: el agua tiembla, y las palabras cobran una vida secreta y maravillosa.
“Ojos de Papel Volando” surgen de la escritura. El papel tiene memoria de árbol y, por lo tanto, memoria de viento. Samuel Walter Medina lo sabía. Escribía en los márgenes de los billetes de tranvía, en las envolturas de las cajetillas de tabaco, en el reverso de las recetas médicas que nunca surtía.
—Si el soporte es eterno —solía decirme, mientras el humo de su cigarro dibujaba espirales que parecían caligrafías sagradas—, la palabra se vuelve perezosa. Hay que escribir sobre lo que está a punto de arder.
Yo lo observaba desde mi escritorio. El aire entre nosotros parecía volverse más denso, poblado por las criaturas invisibles que él invocaba con solo nombrarlas. Tenía esa aureola de los que han visto el reverso del cielo y ya no pueden conformarse con la luz del día. Reconoció que a los veinte años asistía a una clínica psiquiátrica, y que su I Q era 140 puntaje que se clasifica formalmente como "Inteligencia Muy Superior" o "Genio / Casi Genio", dependiendo de la escala específica que se use. Es el umbral donde tradicionalmente se empieza a considerar a una persona como superdotada intelectualmente, altas capacidades.
Dentro del Rescate de las sombras, En el número 154 de nuestra bitácora —esta nave que llamamos Cultura de VeracruZ— hubimos de invocar sus primeros fantasmas de 1973. Regresó entonces su mirada sobre Octaedro, el cristal de ocho caras donde Julio Cortázar encerró los pasadizos de la vigilia. Y junto a la crítica, el eco de Elvire, ese relato que no era un texto, sino una mujer hecha de tinta y llovizna que aparecía en las habitaciones de los hoteles baratos si uno leía su nombre al revés.
Ahora, el almanaque marca un nuevo punto de convergencia. Es el número 157. Mayo y junio de 2026 se visten con el ropaje de la penumbra y traemos de vuelta los restos del naufragio más ambicioso de Samuel: Ojos de Papel Volando. Apareció por primera y única vez en el número 8 de Cosmos, en marzo de 1974. No era una novela. Era un proyecto de arquitectura mágica. Una catedral de naipes donde cada capítulo dependía del viento que soplara en la habitación del lector.
Los encuentros con Samuel Walter Medina nunca fueron casuales; eran colisiones astronómicas en miniatura. La última vez que lo vi, caminaba por una callejuela donde las farolas sobre la sombra que recorría las calles y avenidas de la ciudad.
—¿Por qué insistes en buscar lo que ya se ha escrito, Alberto? —su voz llegó antes que su cuerpo, suspendida en la humedad de la noche.
—Porque alguien debe cuidar que los nombres no se borren —respondí, alcanzando su paso—. Tu caligrafía está perdiendo nitidez en los archivos.
Él sonrió, y supe que su sonrisa era una tregua con el olvido.
—El olvido es un gran sastre —murmuró, deteniéndose ante un aparador vacío—. Sabe tomar la medida exacta de nuestras ausencias. Además, la poesía no se busca. Te encuentra cuando estás lo suficientemente roto.
—¿Y Sastrerías? —pregunté, recordando el libro que le otorgaría la trascendencia, ese volumen que los jóvenes de ahora leen como si fuera un grimorio de rebeldía y fuego—. ¿Fue también una rotura?
—Sastrerías fue el traje con el que decidí enterrar a mi juventud —dijo él, y sus ojos brillaron como dos lunas de papel flotando en un charco de tinta.
A medio siglo de aquellas noches en que la revista Cosmos era el centro de nuestro universo portátil, la literatura de Samuel Walter Medina permanece. No como un monumento de mármol, sino como una hiedra salvaje que de pronto brota entre las páginas de Cultura de VeracruZ. Su escritura, provocativa, rebelde y cargada de una belleza fragmentaria, sigue buscando su propio estilo en el más allá de las letras. Quizá porque nunca quiso ser un autor vivo; prefirió ser un rumor fascinante, una corriente de aire que pasa entre las hojas de un libro abierto, recordándonos que los ojos de papel, cuando son verdaderos, nunca dejan de volar.
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