REVISTA Cultura de VeracruZ, 150
MI SOMBRA
Jorge Arturo Abascal Andrade
Las Sombras son hijas de Nicte (La Noche) y
de Horus niño (El Silencio)
Escrito en el muro izquierdo
de la gruta de Éfeso
Y la Oscuridad se fragmentó y sus Partes
cubrieron amorosas el Mundo.
Florence Conry Espejo de piedad
Las sombras son femeninas, sólo femeninas. Cada sombra tiene el nombre de su madre quien a su vez lo obtuvo de su madre y así, hasta el principio de los tiempos, cuando el mundo todo estaba cubierto por una penumbra por poco infinita, antes de que la oscuridad pariera a la luz.
Mi sombra se llama Muriel, lo supe en un sueño, las seis letras emergían del agua de un arroyo y ella las tomaba y las bebía y pronunciaba el nombre; pero eso sólo fue en el sueño porque Muriel no habla; aunque esto no importa porque sé que si la llamo acude flotando, suave, fugaz.
Cuando Muriel está serena, satisfecha, le gusta posar su cabeza en mi hombro y yo siento una brisa fresca, agradable, que sopla con delicadeza mi cabello; pero si algo la ha contrariado empieza a dar vueltas alrededor mío como cercándome, amenazadora, un silbido cortante surge de ella y se introduce a mi cuerpo por mis oídos y me perturba y un dolor infame me invade, un dolor mezclado con una insatisfacción malsana de tan profunda, de tan total; bastan unos instantes de este suplicio para que llegue a mí una migraña insoportable, como si una flama intensa deambulara libre por mi cabeza quemándome la vida; una vez, incluso, me desmayé. Muriel se asustó, desde ese día intentó controlarse… sin conseguirlo.
A pesar de sus temibles ataques de ira somos amigos. Muriel es mi confidente; cuando estamos solos me responde escribiendo en el aire con su pluma negra y sus palabras flotan un instante, quedan suspendidas un momento, sólo lo suficiente para que pueda leer lo que me dice. Está conmigo a lo largo del día y en la noche reposa junto a mí, sigilosa, invisible y oscura. Sé que está ahí, siempre.
Estuvimos juntos toda la vida, toda nuestra vida; yo crecía y ella también, caminaba y ella hacía lo mismo; en el inicio del día o en el invierno hostil me acompañaba silenciosa y leal; me enamoré de Alicia y Muriel interrumpió el romance con sus celos negros; el día que murió mi padre me consoló intentando abrazarme con sus brazos oscuros y besarme con sus besos fríos. Muriel me quiere y yo la quiero, aunque también le temo.
Nuestra relación fue cálida– en la infancia, en la adolescencia-, cercana en el cariño, distante en lo físico, convivíamos, nuestras vidas existían en dos planos diferentes.
Cuando cumplí 21 años todo cambió. Fue una noche de octubre, una luna enorme y azul iluminaba la calle solitaria por la que caminábamos. Llegamos al Jardín de las Once Estatuas. Era un escenario ominoso, los cuerpos de piedra y bronce parecían tener vida, recordé que sus miradas en noches de luna –dice la gente- siguen mustias a aquellos que transitan por el lugar. Nadie sabía quiénes fueron en vida, ni cuándo llegaron.
Empezamos a cruzar el centro del jardín, Muriel corría juguetona, se adelantaba unos metros, subía o se ocultaba entre las figuras, las traspasaba y su silueta grácil emanaba de alguna de ellas; al llegar al umbral del pasillo izquierdo regresó conmigo amorosa y fatua para abrazarme, su cuerpo, como siempre antes, atravesó el mío o el mío atravesó el suyo y yo salí de ella como si emergiera de una niebla tenuemente negra y fresca. Hice por tomarla como muchas otras veces. Fue en ese momento, Muriel me miró. Los rayos azules de la luna eran agua de luz. No sé si fue la luna o la noche o el deseo vehemente resguardado por años o la suma de todo esto, pero por un instante logré ver –con nitidez- los ojos luminosos y verdes de Muriel.
Pensaba en la amenaza hermosa y latente de esos ojos, aún sentía, estupefacto, la impresión rotunda que me habían provocado, cuando percibí que una corriente pétrea empezaba a entrar en mí: la dureza de mi cuerpo empezó en los pies y fue subiendo, lenta como tristeza, por las piernas, por el tronco, hasta llegar a la cabeza; así, descifré el misterio del origen de las, ahora, doce estatuas. Muriel me besó, sentí por fin sus labios de noche virgen, me miró nuevamente, compasiva; acarició mi rostro con delicadeza, se introdujo en mi cuerpo de piedra y se hizo una conmigo.